sábado, 29 de diciembre de 2012

Ahí están



Te despiertas. Sentiste frío en el pie y vuelves a taparlo. Luego una picazón cerca de la cintura. Te tapas la cara como si así se fueran las ganas de ir al baño, quieres volver a dormir y cruzas las piernas y te doblas para ver si así aguantas. Tu cuarto está oscuro. Soñabas con la escuela, con el recreo y los amigos y el salón y los maestros; en la escuela siempre hay sol, hasta cuando está nublado ahí está el sol con su luz y hace que todo se vea claro. Nunca has entendido por qué a los demás no les gusta ir a la escuela si hay mucha gente y ruido y puedes ver todo. Quieres volver a soñar hasta que tu mamá te llame y te diga que ya es hora, cuando la ventana esté llena de luz.
Pero tienes que ir al baño y el cuarto está oscuro. Aguantarte empieza a doler. Habrá que cruzar el cuarto. Primero abres mucho los ojos y parpadeas para ver más; la cortina se aclara un poco.
Te mueves a la orilla de la cama. No quieres bajar pero sabes que te vas a hacer en la pijama y tu mamá va a volver a enojarse y va a decir que ya creciste y que ya deberías ir al baño, en lugar de darle más trabajo. Te asusta tu mamá enojada y te asusta la oscuridad.
De un salto bajas, corres y prendes la luz. Ahora ves tu cama, tu clóset, tu televisión y los muñecos sobre las repisas. Vas a abrir la puerta. Esperas. Del otro podrían estar ellos esperándote. No hay luz en el pasillo. Estás a punto de hacerte.
Abres la puerta de un jalón para que la luz salga. Nadie. A la derecha, las escaleras; a la izquierda la puerta de tus papás y una puerta después, la del baño. Te calmas con los ronquidos de tu papá. Sales rápido con un paso grande y uno más chico, tomas el picaporte de la segunda puerta, lo giras y la puerta está entreabierta.
Pero la luz de tu cuarto se apaga. No te puedes mover en la oscuridad, no te responden las piernas. Como el otro día. Sabes que va a volver a pasar y no quieres.
Empujas la puerta del baño pero escuchas que se mueve la cortina de la regadera. Alguien está ahí dentro.
¿Regresar al cuarto? ¿Entrar de golpe al baño y prender la luz? ¿Y si lo que está en el baño te está esperando y no te deja encenderla? Cada vez aguantas menos. Quieres que haya luz. Un poquito más allá está el apagador para alumbrar el pasillo. Sueltas el picaporte y vas hacia él.
Dejas de caminar. Ya llegaron. Otra vez, como el otro día. El apagador es un puntito de luz verde que brilla en la oscuridad, pero a veces lo ves, a veces no. La sombra de uno de ellos lo tapa. Te imaginas que éste es como un señor muy alto.
No se mueve. Caminas para atrás, te quieres regresar al cuarto. Oyes rechinar la puerta del baño. Ahora de seguro también te está viendo el que estaba ahí dentro. No te mueves.
Los oyes respirar. No hacen ruidos con la boca ni se quejan, ni arrastran cadenas ni se ríen. Nada más respiran. Y tu papá ronca del otro lado de la puerta. Tú le quieres gritar, pero tienes la garganta seca y cerrada. Intentas toser pero es como si ellos no dejaran salir ningún ruido, como si no quisieran que nada estorbe su calma. Ellos tan callados, tan serios, tan grandes.
Das un paso a tu cuarto, muy despacio das el otro. Vas a tu cuarto y ellos no hacen nada, respiran. Llegas a la puerta pero no entras. Te acuerdas que alguien apagó la luz y puede estar en la cama.
Hay uno en tu cuarto y dos atrás de ti. Otro respira desde las escaleras. Luego desde el techo y desde el suelo. Son de varios tamaños y todos te ven. No sabes para qué o cómo. Ahí están y siempre han estado. No te gustan porque les gusta salir de noche pero te ven cuando vas al baño, cuando comes, cuando duermes, cuando te cambias, cuando haces tarea, cuando juegas, cuando ves televisión, cuando lloras; te ven siempre y tú no los puedes ver.
No aguantaste y un chorro tibio te escurre por las piernas. Ellos respiran y te siguen viendo. Quieres estar en la escuela donde hay luz y ruido y gente. ¿En cuánto tiempo sale el sol? ¿Cuándo va a sonar el reloj de tu papá y se va a levantar para ir al baño?
Respiran muy fuerte y parece que tu papá roncara más lento y que tú te mueves más despacio y que el reloj de la sala va a dejar de sonar. Un día, a lo mejor, tu papá deja de roncar y tú y el reloj se dejan de mover. A lo mejor, un día, te quedas parado ahí más de una noche y ya no vuelve a salir el sol nunca y te ven por siempre.
Te quieren molestar, te odian y por eso te despiertan en la noche para que los oigas respirar porque ellos te oyen respirar a ti. Ellos te ven, te dan frío y no puedes dormir, a veces duermes en el día cuando hay sol y te quedas despierto en la noche cuando ellos están ahí.
El reloj suena más lento. Sientes el cansancio y no sabes cuánto tiempo vas a estar ahí sobre tu charco frío esperando que te encuentren tus papás y te vuelvan a regañar. Y te enojas y quieres gritarle a todos los que ahí están, quieres decirles que se vayan, que no los soportas, que no quieres tenerles miedo, que te las van a pagar.
Pero no te mueves. En lugar de volver a tu cama o de ponerte a gritar esperas. Respiras con todo tu rencor y miras la oscuridad e ignoras a todos ellos del mismo modo que ellos te ignoran a ti. Se odian muy callados, sólo con respirar.
Entonces alguien enciende la luz del cuarto, alguien se despertó con una picazón en el vientre. Alguien que se quejó por la noche y no quería levantarse y que tomó fuerzas para salir de la cama y encender la luz.
Te pones a pensar que podrías ser tú quien salga de ese cuarto y te quedas inmóvil. Esperas con los demás. Respiras.


Mario Conde
Julio 2011

jueves, 27 de diciembre de 2012

En potencia



La señora Robles tuvo que vencer el asco para limpiar la mancha en el piso antes de que su hijo despertara. No pensaba exponer al niño a la pena de ver muerta a su mascota, no otra vez. Era el tercer pescado que ésa semana daba un salto desde su pecera para ir a estrellarse contra la loza de la cocina, sólo que ahora no lo había visto a tiempo. Después de resbalar con el pequeño y húmedo cadáver, un escalofrío le recorrió la pantorrilla, liberándolo con varias convulsiones en los hombros.
Mientras dejaba caer unas servilletas sobre el bultito de escamas doradas, la señora Robles pensaba en cómo darle la noticia a su hijo del modo más amable. No quería verlo llorar en silencio como con los peces anteriores, con la mirada fija en el animalito y preguntando todo el tiempo “¿no lo cuidé bien?”.
Echó la mortaja de papel al retrete y pensó que lo mejor sería aprovechar que el niño dormía para comprar otro pez en el mercado. No perdió tiempo pensando en el desayuno. Tortillas de harina, jamón, quesos. Escala en las verduras para comprar salsa. En la tarde compraría la comida. Visitó el acuario y trató de encontrar uno similar, si es que podía advertirse alguna diferencia de una escama dorada a otra. “Todos son iguales”, pensó de regreso. Justo a tiempo, diez minutos después de llegar, con el olor de las sincronizadas sobre la plancha, su hijo despertó y entró en la cocina tallándose los ojos.
Intercambiaron un “buenos días” y de inmediato ambos se volvieron hacia la pecera. La señora Robles disimuló mientras sacaba la leche del refrigerador. Vio a su hijo acercarse a la nueva mascota mientras parpadeaba con modorra. No se sintió tranquila hasta que el niño sonrió y empezó a darle golpecitos al cristal, como una especie de saludo al inquilino.
Para la señora Robles hubiera sido un incidente que no llegaría a más, una mentirilla blanca de esas que calman conciencias y ánimos y que son lo más sano; pero mientras comían, su hijo dejó escapar un detalle inquietante. “Yo pensé que estaba muerto.” La señora Robles guardó silencio mientras masticaba, y en cuanto pudo le sonrió a su hijo con inocencia. “¿De verdad?” “Sí. Soñé que lo mataban.” “¿Por qué sueñas esas cosas? ¿Quieres más chocolate?”
El asunto no la dejó estar en paz. Veía al niño salir de su cuarto y luego contemplar de lejos al pez, sin tocar la pecera, sin hablarle, sólo miraba muy serio y después volvía a sus juegos. Así varias veces a lo largo de la tarde.
Era claro que su hijo había notado la diferencia. De un momento a otro le preguntaría si su pez murió igual que en su sueño e imaginó su molestia si se daba cuenta del engaño. Necesitaba un plan de emergencia, algo que la salvara en caso de ser descubierta o que distrajera la atención del niño. Tomó el teléfono y llamó a su marido al trabajo. “¿Puedo pedirte un favor? Necesito que traigas algo de camino a la casa.” “Sí, ¿qué cosa?” “Un hámster.”
Efectivamente, lo que su padre llevó hizo que el niño desplazara la atención. Jugó con el hámster hasta bien entrada la noche: lo vio correr en su rueda, apretó el tanque cuando tomaba agua e hizo una parodia de pescador con las semillas de girasol. Y la señora Robles explicó a su marido por qué la nueva mascota los mantendría más tranquilos. Al menos, por lo que quedaba de la noche, hasta que un grito le interrumpió el sueño. Un grito de su hijo.
Ella y su marido encontraron al niño envuelto entre las cobijas, boca abajo y aferrado a la almohada. La señora Robles se sentó en la orilla de la cama y lo abrazó. “¿Qué tienes, hijo?” le preguntaba meciéndolo en sus brazos. “Está muerto” dijo el niño llorando. “¿Tuviste una pesadilla?” le preguntó su padre con la voz colmada por el sueño. Pero su hijo sólo repetía que estaba muerto. “¿Quién?” preguntó irritado el padre y su hijo señaló la puerta del cuarto. Ya más atento, el padre salió mientras la señora Robles trataba de convencer a su hijo de que todo había sido solamente una pesadilla. Cuando su marido volvió al cuarto, la expresión en su cara contagió de azoro a la mujer.
“¿Qué soñaste?” le preguntó el señor Robles a su hijo. El niño temblaba y el padre tuvo que repetir la pregunta a modo de orden. “Un amigo, un amigo mío… entró y… le dio vueltas… a la, a la cabeza…” y volvió a refugiarse en el seno de su madre. Ella buscó la respuesta en los ojos de su marido. Éste le asintió levemente y la señora Robles durmió esa noche con el niño, para tranquilizarlo, mientras el padre ponía dentro de una maceta el pequeño cadáver del hámster.
Así por dos noches la señora Robles esperaba a que su hijo se durmiera para ir a su propia cama. No le preguntó más por el “amigo” de su sueño para evitarle una recaída y se mantuvo atenta a cualquier ruido o movimiento extraño en la casa. Su marido, por el contrario, aseguraba que era algo que el mismo hámster se había hecho al quedarse atorado en su rueda o que había muerto de frío y realmente no tenía el cuello tan torcido como él lo creyó. Y aunque la explicación resultaba más inverosímil que el hecho en sí, ésta lo tranquilizaba. De cualquier modo, el asunto se olvidó pronto, tanto que el niño pidió una nueva mascota.
“Pero tienes a tu pez” le dijo su madre. Él contempló la pecera con seriedad, “¿mi pez?” preguntó poco convencido y miró a su madre a los ojos. Para la señora Robles fue una advertencia, tal vez el niño sabía del engaño. “Quiero algo más grande” fue lo único que dijo con voz inocente. Ahí la madre le hubiera recordado lo que le pasó al hámster, pero su hijo ya había logrado dormir solo y tranquilo.
Así pues, ignorando las negativas del marido, la señora Robles buscó en el mercado a un vendedor de aves y le pareció que podían aprovechar la jaula del hámster para guardar un canario.
Y del mismo modo, el niño se fascinó con su nueva mascota y miró por mucho tiempo cómo el canario volaba de un lado a otro y cantaba y se bañaba en su jícara. La señora Robles se sentía contenta y satisfecha a pesar de las reprimendas de su marido, quien opinaba que lo mejor sería que su hijo no tuviera mascotas por un rato. El argumento flaqueó al día siguiente, cuando la señora Robles encontró al niño enfrascado en su libro de Ciencias Naturales de la escuela. Contentísima por el nuevo interés, compró en la papelería una monografía sobre las aves y llamó a su marido pidiéndole que comprara algún libro sobre animales.
“Por eso quiere mascotas, ¿no te das cuenta? Le interesan los animales.” “No sé si los animales quieren estar con él”, dijo el señor Robles, mientras el niño levantaba su nuevo libro para comparar al canario de la foto con el suyo.
Pero el incidente se repitió. El matrimonio Robles se despertó con el estruendo del pájaro aleteando desesperado contra las barras metálicas. Cuando llegaron a la sala el escándalo cesó. Su hijo lloriqueaba a poca distancia del lugar donde había caído la jaula, y ésta, doblada como si la hubieran golpeado, guardaba aún al canario que aleteaba con desesperación y piando en molestos agudos.
“¿Qué hiciste?” le preguntó molesto el padre y fue a ver al canario. “¿Para eso lo querías?”, la señora Robles se indignó. “¡No fui yo!” se defendía su hijo entre lágrimas. “¿Entonces quién?” “¡Fue el otro niño!” “¿Cuál otro niño? ¡Aquí no hay nadie!” “¡Se fue!” “¿Qué le estabas haciendo?” “Quise quitarle la jaula, le estaba haciendo daño.” “¿Cómo que le hacía daño? ¿Qué le estaba haciendo?” “No le preguntes eso. No hay ningún otro niño.” “¡Sí, sí hay! ¡Mamá, él fue!” “¿Él fue qué, hijo? ¿Qué hizo?” “Le quitó ésta.” Su hijo sostenía entre los dedos una de las patas del canario. Con un golpe rápido en la mano, la señora Robles hizo que la soltara. El padre, horrorizado, levantó la jaula y vio al pájaro agonizar, bañado en su propia sangre.
“No te volvemos a comprar nada” fue la última sentencia del señor Robles.
Aunque su hijo lloró los días siguientes, acordaron que no debían comprar otra mascota. Estaba claro, no había ningún otro niño (“¡qué ocurrencia más tonta!” pensaron, pues por un momento la habían concebido como real); y su hijo lo usaba de excusa para sus crueles experimentos. Después de una semana de súplicas y llanto, el niño dejó de pedir otra mascota, no sin recordarles a cada oportunidad que era una injusticia, que él no había hecho nada.
Tuvo que contentarse con el nuevo pez dorado (el cual no le simpatizaba) y con los animales de sus libros. Y aunque el ambiente tenso duró un par de días, la situación se volvió de veras preocupante una semana después.
De nuevo temprano, antes de que el niño despertara, la señora Robles subió a la azotea a tender la ropa. Tuvo que contener el aliento y volverse hacia la ropa limpia para no vomitar. Era un saco, un cuajo de sangre y pelos negros cubierto de moscas, con varios listones inflados y sanguinolentos que salían de él y que habían sido cuidadosamente acomodados, como una flor grotesca. De ningún modo podía pensarse que ése gato había llegado ahí por accidente y menos aún de ese modo. Y lo más horrendo para la señora Robles fue encontrar cerca de éste uno de sus cuchillos de cocina.
Despertó a gritos a su hijo y lo regañó por algo que él, ahogado en llanto, negaba haber hecho, pero que sabía que ocurrió. Decía que vio al niño llamar al gato en la azotea y que él quería detenerlo, pero cuando lo vio con el cuchillo en la mano regresó a su cama y no había vuelto a salir. Por supuesto que ni el señor ni la señora Robles le creyeron y cuando el padre volvió del trabajo, enterado del asunto del gato, sólo atinó a castigar a su hijo con el cinturón, como él sabía que debían erradicarse los problemas de conducta; el niño gritaba y lloraba abogando por su inocencia mientras la señora Robles recogía el cadáver en la azotea y trataba de lavar la sangre y su olor con thinner.
“Mañana llevas a este niño al doctor” le dijo su marido a la señora Robles. Ella, terriblemente dolida por lo que había hecho su hijo, asintió con gesto de indignación. Esa noche, mientras luchaba con el insomnio que le causaba la conducta del niño, escuchó un ruido a través de la puerta; unos pasos y luego la vocecita de su hijo.
“Ya no hagas nada; me van a pegar. Te pega porque eres tonto. Me lastima. Porque eres tonto. Él es tonto; ¿qué haces? Ven, ven, ven, ven ven ven ven.” Agua salpicando. “Sh, sh, sh; míralo. Se ahoga. Ya sé. Éste no me gusta, me engañó. Porque eres tonto. Pero no me dijo nada. Porque eres tonto; ¿dónde está…? Lo tiraron, estaba muy sucio, agarra otro. ¿De dónde? Ah, al lado de las cucharas.” La madera al frotarse cuando un cajón se abre. Tintineos metálicos. “¿Éste? No, no, uno más… más grande. ¿Éste? Éste. ¿Ya se ahogó? El libro dice que también…” El metal contra el azulejo. “No… no es… es poquita. Ya vámonos. Espérate, quiero ver. Vámonos. Pero… ya, vámonos; déjalo ahí, en el lavadero. Está sucio. Recoge eso. No quiero, me da asco. Vámonos.” Pasos. Y una puerta se cerró.
Al día siguiente, el matrimonio encontró lo que la señora Robles ya adivinaba, al pez dorado cortado en rodajas.
Nada pudo calmar a la mujer ese día, la visita al doctor de nada había servido. El psicólogo iba de salida y sólo pudieron confirmar una cita para la semana siguiente. Cuando la señora Robles preguntó si no podían hacerle una revisión rápida a su hijo en ese momento, el doctor preguntó “¿cuál es el problema?” La señora Robles dudó. “Es largo de contar.” “Entonces me lo contará todo con calma en la cita de la próxima semana.”
De regreso a casa, la señora Robles iba intranquila mientras su hijo lloraba con pena. Él negaba haber hecho lo del pez. Le decía a su madre que no era cierto, que el otro niño había salido de su cuarto y era él, el otro, el que había acabado con su última mascota. La señora Robles ya no sabía qué pensar y cuando llegaron a casa sólo se sentaron a esperar al padre del niño, quien volvió a tomar el cinturón en su contra.
La señora Robles recordó las palabras de su hijo la noche anterior y le pidió que dejara el castigo, que podrían cerrar la casa, así el niño no subiría a la azotea. Guardarían los cuchillos en un lugar alto y ya no tendrían de qué preocuparse. El niño lloraba en el suelo y su marido accedió.
Esa noche todo empezó en silencio. La señora Robles revisó varias veces la puerta y las ventanas y se aseguró de que estuvieran bien cerradas. Guardó todos los cuchillos de la casa arriba de las alacenas y besó a su hijo en la frente antes de dormir. Era difícil imaginar esa cara inocente con el gesto retorcido del sadismo.
¿Y si, efectivamente no era él, sino otro niño? ¿Era posible que él también fuera una víctima? Ese pensamiento rondó por la cabeza de la señora Robles toda la noche. Si era otra entidad, algo fuera de lo común, ¿valdrían contra él sus precauciones terrenales? ¿No podría abrir las puertas o alcanzar los cuchillos y salir a la calle en busca de algún perro u otra víctima?
La sola idea de que algo ajeno a su familia, algo maligno, estuviera afectando directamente a su hijo la hizo revolverse varias veces en la cama. No supo cuánto tiempo estuvo así, atenta a las sombras del techo y aferrada a las cobijas (pudieron ser horas). Pero lo más tortuoso fue cuando volvió a escuchar la puerta de su hijo. Puso mucha atención.
“Me castigan. Porque eres tonto. Me castigan. Pero esto me gusta; ¿no te acuerdas, cómo se retuercen?, se ven raros, ¿no? Mucho. Graciosos. Pero unos en chiquito. Quiero ver más. ¿Cuáles?” Un silencio largo. Se oyó el cajón de la cocina abrirse. “No hay nada. No, están guardados. No los alcanzo. Vámonos. No, quiero ver cómo se retuercen. Pero están allá arriba. ¿Entonces? No sé. Hay que ver algo, quiero verlos diferente; rojos. ¿Como a los otros? Agarra ésa. ¿Ésta?, no, no me dejan; dicen que hace daño. Agárrala. Está pesada. Huele chistoso. Pero dicen que hace daño. Y ahí, en el cajón, hay una cajita, de esas con un trenecito. Ya, aquí están, ¿ahora? Ahora vamos a verlos.”
Durante todo el monólogo, la señora Robles no había movido ni un músculo y todas las ideas se le revolvieron. Pensó que debía levantarse, pero le dolían los dedos sólo por intentar moverlos. Entonces se dio cuenta de que tenía la frente empapada en sudor frío que resbalaba hasta la almohada.
Escuchó que su puerta se abría y que alguien se movía entre las sombras. Luego el golpe de algo plástico lleno de líquido que caía al suelo. El olor a thinner inundó la habitación. La señora Robles, entre la oscuridad, la confusión y el pánico, pudo mover un brazo para llamar la atención de su marido, pero éste sólo se revolvió con un gruñido. Se sintió abandonada. Menos de un segundo después, escuchó el fósforo frotarse contra la lija.
Y la llama iluminó la carita sonriente de su hijo.

Mario Conde
Agosto 2011

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Moscarda



Cerca de los cuatro años, le ocurrió que una mosca se le quedó parada en la nariz por largo rato y a partir de ahí quedó fascinada por ellas. Tanto, que la niñita de cabello negro y enmarañado poco a poco empezó a comportarse como uno de esos bichos, para preocupación de su mamá.
Como mosca podía vivir en la basura sin molestias, podía volar y correr descontrolada sin peligro de tirar algún jarrón y podía estrellarse a voluntad en las ventanas, podía hacer planes siniestros y huir un segundo antes de recibir cualquier castigo y, sobre todo, podía lamer sin remilgos el caramelo que se le pegaba a las manos; motivos más que suficientes para gritar a menudo y llena de euforia “¡soy una mosca!, ¡bzzz!, ¡soy una mosca!”
Por más esfuerzos que hizo la madre para ordenar el cuarto de la niña, ésta rabiaba y zumbaba por todos lados, defendiendo que una mosca respetable vivía en la basura.
En un principio la situación fue desesperante. La falta de higiene y los golpes de su hija contra la ventana la obligaron a pasar los ratos libres enfrascada en libros de psicología infantil; intentaba alejar sus pensamientos de lo que le habían advertido en el momento que la niña nació, y por temor a que le recordaran la propuesta de la medicación, prefirió no acudir con el pediatra.
Después de todo, siempre cabía la posibilidad de que estuviera exagerando. Mejor ceder. “Un juego así no puede llegar tan lejos”, pensaba sonriente; “¿qué importa que una niña de cuatro años no se bañe? ¿Qué importa que no limpie su cuarto? ¿Qué daño puede hacer un juego tan infantil?” Y suplantó sus preocupaciones con el orgullo de tener una hija con una imaginación tan fuerte.
Consintió en llamarla por el único nombre al que la niña respondía: Moscarda. Le decía Moscarda como quien dice “Chaparra”, “Corazón”, “Gorda”. La diferencia es que dejó de ser un apelativo cariñoso para volverse su nombre; la madre lo decía con tal naturalidad que ya no se sorprendía cuando gritaba “¡Moscarda!” para llamarla a comer. Y entonces le servía la comida del único modo en que su hija la aceptaba: revuelta, un bolo que la niña comía golosamente sorbiendo la plasta de sus manos.
En momentos como ése, la madre agradecía la ausencia de un padre que discutiera la alegría del juego con su regordeta Moscarda.
A fin de cuentas, la afición de la niña no parecía estar afectando en absoluto su desarrollo, era vivaz y muy atenta, mostraba interés en todo a su alrededor, cuando salían a la calle giraba la cabeza en todas direcciones mientras sonreía ampliamente con ojos desorbitados. Para la madre, era como cualquier curiosidad infantil, incluso veía con orgullo que para algunas cosas la niña podía valerse sola: pasado un tiempo, Moscarda se arropaba en la cama ella misma, después de relamer sus manos y pasárselas por la cara.
La verdad era que debía ser así, pues la madre ya no podía entrar en el oscuro basurero de su hija. Desistió en tratar de limpiarlo para que su pequeña Moscarda no volviera a armarle berrinches en los que se golpeaba contra la pared, zumbando con furia. Además, la niñita desarrolló una repulsión a todos los limpiadores. El simple olor a pino bastaba para que huyera a un cuarto menos fresco.
Lo último que hizo la madre en el cuarto fue quitar el foco para evitar que Moscarda siguiera dando vueltas sin control alrededor de él.
La última vez que la madre fue asaltada por un arranque de preocupación fue al ser consciente del modo en que su hija vivía: pilas de ropa y dulces junto a peluches abarrotados y pegostiosos de sustancias desconocidas y con olor agrio. Y cuando vio las manitas trepadoras de Moscarda marcadas en la pared y de manera incomprensible en el techo, intentó persuadir a Moscarda de ser mejor una limpia, preciosa y brillante mariposa.
Moscarda negó con un zumbido molesto y cerró la puerta que sólo se abría por voluntad de la niña.
—Quién sabe qué vivirá ahí —la madre imaginaba con desagrado que alguna alimaña pudiera encontrar habitable el basurero.
La niñita fue cada vez menos niñita. Pasaban días enteros en que no salía de su cuarto y la madre hacía cuanto estaba en su poder para conservar la poca calma que le quedaba; se volvió costumbre que, al llevar el plato con el bolo de cada día, pegaba la oreja a la puerta para escuchar el delirante zumbido que la tranquilizaba.
Hasta que una noche no escuchó nada.
Ahora anciana, la mujer limpia frenéticamente su casa. Dicen que siempre ha vivido sola. Pero ella asegura que alguna vez tuvo una hija. Que una noche dejó de escucharla y que al entrar a su cuarto, vio a su tesoro envuelto en algo similar a una sábana traslúcida y brillante, con los brazos torcidos dentro de su apretada mortaja. Y que halló a su Moscarda seca como la tierra yerma.
No era la misma casa, dicen. Se mudó hace treinta años y dice que jamás dejará que otro cuarto de su casa vuelva a estar tan sucio como aquél en el que cuenta haber visto, una noche, que algo empujaba el ropero de su hija. Y dice que vio cómo se escondía detrás de él una pata cubierta de miles de pelos negros y brillantes, como aguijones sombríos.



Mario Conde
Mayo 2011

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Un amigo


A mi papá no le gusta que tenga miedo; la semana pasada se enojó cuando salí llorando del cuarto, le preguntó a todos mis primos que a qué jugábamos y cuando vio la tabla de Quique nos mandó al comedor. Mi mamá me abrazó pero él estaba enojado. “¿Para qué andas ahí si vas a chillar?” Por mi culpa ya no seguimos, castigaron a mis primos y lo peor es que ya no pudieron quedarse a dormir. Tuve pesadillas en la noche y cuando le pedí a mi mamá dormir en su cama papá se volvió a enojar, dijo que ya estaba grande, que parecía vieja y que no me iba a pasar nada. Me tapé con las cobijas hasta la cabeza, pero no podía respirar bien. Luego se me quitó el miedo y me quedé dormido.
Él dice que me cuida desde ese día y que por eso no tuve miedo, pero a mí no me gusta que esté cerca, siempre está contento y me pone nervioso. Ya le dije que mejor no me cuide pero Él dice que no sea malo, que lo hace porque quiere tener con quién jugar. Yo no quiero un amigo que nadie más vea y menos si ya está muerto. Cree que no me di cuenta, pero le vi el hoyo en la espalda, como el del niño fantasma de una película. Pero ése me daba más miedo.

Se enojó porque no quería ser su amigo y desde ayer no me hablaba, pero tampoco se fue. Se quedó sentado en el bote de ropa sucia; cuando yo entraba al cuarto Él me veía y luego seguía viendo al piso. Como me ponía más nervioso mejor platiqué con Él, como en las películas. Aproveché que mi mamá fue al mercado y le conté de la escuela, que jugué fútbol en el recreo y después me senté con Karina, y Él volvió a sonreír. Me preguntó si me gustaba y yo le dije que es muy bonita y se pone un perfume que huele a mango. Cuando llegó mi mamá le dije que iba a comer, Él no dijo nada ni dejaba de verme con su sonrisa rara. Ahorita no sé si tengo ganas de regresar al cuarto, ha de seguir sonriendo.

Ayer me preguntó si se podía dormir en mi cama, yo le dije que estaba muy chica y que no íbamos a caber. Él se quedó parado y me insistía, ya me quería dormir y le dije que a lo mejor hoy. La verdad no quería, me da asco el hoyo de su espalda y a veces siento como que huele a baño sucio. Lo malo es que creo que supo que le estaba mintiendo porque cuando apagué la lámpara me asustó, tiró las películas de mi mueble y yo salté con todo el ruido. Mi papá gritó que qué estaba haciendo, entonces prendí la lámpara y me paré a acomodar, mi papá entró y me vio con las películas en la mano. “¡No, nada de películas, te dije que te durmieras!” Y cuando le dije que no iba a ver ninguna se enojó más porque la tele estaba prendida. Yo no fui, pero no le dije porque no me iba a creer. Me volvió a regañar y me hizo acomodar todas las películas antes de irse.
“¿Me puedo dormir contigo?” me dijo otra vez mientras se reía desde el bote de la ropa. De eso a que me vuelvan a regañar, me da más miedo mi papá. Cuando se acostó me dio mucho frío, y cuando me separaba para calentarme Él se acercaba más. Entre el frío y el olor a baño no me dejó dormir muy bien. Por eso hoy me voy a esperar, a ver si me quedo dormido viendo la tele con mi mamá y ella me lleva a la cama.

Tengo frío. No sé qué hora es y no quiero ver el reloj, cuando la pantalla del teléfono se prenda va a alumbrar y de seguro lo voy a ver aquí al lado,  mirándome como la otra vez. ¿Por qué está contento todo el tiempo? No tiene papás ni otros amigos, no le hablo mucho y sabe que no me cae bien, nada más lo hago porque con alguien tengo que hablar de Karina y Él es el único que ni se burla ni me dice que está dientona. Esas cosas no se hablan con las mamás, menos con los papás.

Si quiera lo de hoy no tuvo que ver con Él. A César también le gusta Karina, lo vi queriéndola abrazar. Lo empujé y él me aventó una patada. Karina decía que nos soltáramos y cuando la maestra llegó estábamos en el suelo, yo le rompí el suéter porque él me rompió el mío. Le di varios rodillazos en el estómago y él me alcanzó a arañar la cara, como gata. Nos tuvieron un rato en la dirección y nos mandaron un citatorio para mañana. Le dije a mi mamá que no le dijera nada a mi papá, pero le dijo y no le gustó lo del suéter roto y menos los rasguños. Mañana va a ir mi mamá para hablar con la de César y la directora, yo voy a tener que usar roto el suéter. Tanto se enojó mi papá que ni siquiera me regañó, se sentó en la sala y namás me dijo “cuando quieras golpes mejor dime a mí. Ya vete a dormir” y se puso a ver el fútbol.
Entré al cuarto y Él estaba sentado en la cama; dejó de sonreír y me preguntó que qué me había pasado en la cara. Le conté que me peleé con César y también me regañó, me dijo que me cuidara la cara, que me iba a ver feo para Karina. Yo le dije que por eso nos habíamos peleado y se puso de mi lado. “Entonces fue su culpa” dijo.
La verdad hoy no me está molestando tanto que Él se duerma aquí. La cara me arde menos con el frío y antes de apagar la lámpara me felicitó por los rodillazos.

César se echó la culpa de todo. Su mamá no sabía qué hacer y se la pasó pidiéndole disculpas a la mía. La directora nos pidió perdón y no dijeron más. A César le pusieron reporte, su mamá le pegó y le dijo que se disculpara conmigo. Cuando ya nos íbamos al salón, César me agarró del brazo y me dijo muy espantado “ahí muere, ¿no?”, yo le dije que sí pero no me soltó y luego me dijo más bajito “¿el niño me va a dejar dormir?, ¿no le va a pasar nada a mí mamá?”
Hablé con Él cuando regresé a mi casa. Le dio mucha risa. Dijo que César era un llorón, que no aguantaba nada y que eso se gana por acercarse a Karina. Le pregunté que por qué lo había hecho y dijo que tenía que quedar bien con mi mamá, que ella me quería mucho y que no había que hacerla enojar. Dijo que era muy buena.
Hoy creo que otra vez voy a dormir bien, mi mamá le dijo a mi papá que no había sido mi culpa y él dijo que estaba bien. Cenamos rico y me senté con él a ver el fútbol. Ni siquiera el olor a baño me molesta tanto ahorita.

¡Hay mucho ruido! ¿Se están rompiendo los platos? Quiero abrir… los ojos… No veo nada. Tengo miedo. No respiro bien. ¿Mamá? Hay que gritarle a mamá. No puedo hablar. ¡Quiero abrir la boca! Cálmate, párate, párate… ¡Mamá, no me puedo mover! ¡Hay mucho ruido! ¿Quién grita tanto? Tengo miedo, ¿por qué no me muevo? Es una pesadilla… ¡no quiero, no quiero soñar esto! Mamá. Tú, tú, ayúdame, no me muevo, no respiro. Quiero llorar, mamá. ¡Me quiero mover, tengo miedo! ¡Me quiero mover!

Me despierto y ya estoy en el salón de la escuela. ¿Estoy soñando otra vez? No, estoy aquí sentado y hago multiplicaciones con Karina. Pregunta qué me pasa y no sé qué decirle. Estoy vestido y peinado, como son matemáticas ya pasó el recreo. Pero yo me acabo de despertar.

Todo el día estuve quedándome dormido, pero seguía haciendo cosas. Me desperté cuando dejaban la tarea, me dormí cuando hablé con Karina. Desperté otra vez en mi casa y corrí al cuarto. Cuando vi que Él no estaba me empecé a reír. Me reí pero no me reía. Le pregunté “¿dónde estás?” muchas veces y namás me reía. Me volví a dormir a la hora de la comida y desperté frente a la tele con mi mamá. Hice la tarea pero yo no la hice.
Me quiere ganar el sueño otra vez. ¡No! Mamá, ayúdame, no dejes que me duerma. Quiero llorar pero también me río, mi mamá se asusta, no sé qué pasa, le digo que estoy asustado pero le digo que no tengo nada. Él no quiere que hable y me pega, me caigo y le digo que me deje. Mi mamá llora y me quiere levantar, yo digo que no pasa nada y digo que me deje y digo que me ayude y digo que me quite y digo que estoy jugando y grito de dolor y digo que me calle. Me pego en la cabeza.

No me gustan los hospitales, ojalá el doctor lo pueda sacar de mi cuerpo. Ahora sí les tengo que decir. Frente a mis papás le cuento al doctor sobre el niño, le digo que vivía en mi cuarto, que dormía conmigo y que estaba muerto. Le digo que está adentro de mí, que lo saque con un cuchillo o algo.
Están asustados. Dicen que les grité. Mi papá quiere acostarme, ya no está enojado, está raro. El doctor me revisa los rasguños de la cara y escucho que Él dice “no nos van a creer” y no sé cuál de los dos se ríe.

No he salido desde ayer y me pasan a varios cuartos. Me metieron a una máquina de las que sacan radiografías y luego de un rato nos enseñaron varios cuadritos negros con mi cabeza en blanco. No se parecía a mi cabeza. Mi mamá me vio después de eso y me dijo “yo también te quiero, hijo”, pero yo no le dije que la quería. Él dice que la quiere.
Luego otro doctor me hizo muchas preguntas. Qué me gustaba hacer y qué me daba miedo y qué me enojaba y le conté de Karina, de mi papá cuando regaña y de César. Luego hablamos de Él y le dije que olía a baño sucio. Me empezó a entrar sueño y le pedí al doctor que no me dejara dormir y sentí que Él se sentaba en mis piernas, que otra vez no me dejaba moverme y yo quise quitármelo a patadas. El doctor dijo que me calmara y Él decía que estaba calmado y yo decía que me lo quitara.
Nos peleamos tantito, le quise dar rodillazos como a César pero no sabía cómo pegar. Me cansé mucho y mejor me agarré las manos, creo que Él también está cansado. El doctor salió y acaba de regresar con mis papás. Quiero saber de qué hablan pero Él se la pasa riéndose. Le digo que se calle pero no me gusta que mis papás me vean asustados. A ver si pellizcándome los brazos se calla.
El doctor dice que me acueste en el sillón. Mi mamá me acaricia la cabeza. Tengo sueño pero no quiero dormir porque dicen que digo cosas y yo no me acuerdo de nada. Todos se sientan cerca y Él se sigue riendo y creo que yo también me río porque mi papá dice que me calme. El doctor tiene una piedra morada en un hilo, es como un mago, mueve la piedra frente a mí. Me quiere dormir y yo no quiero pero mis papás dicen que descanse, que me deje. Él se deja de reír, también tiene sueño.
Entonces veo a César en el patio de la escuela con un agujero en la espalda. Dice que vayamos a jugar y yo me meto a mi cuarto y están mis primos y Quique saca su tabla, yo quiero salir para buscar a Karina pero dicen que si me ve llorando no le voy a gustar. Luego llega alguien y me pega en la espalda, le digo que me deje porque me está dando frío y le grito a mi papá; escucho que él me habla pero mis primos no le dicen dónde estoy y se ponen a jugar con la tabla y a mí me siguen pegando mientras Karina abraza a César, pero esa no es Karina, Karina huele a mango y ésta huele como a los baños de la escuela o más feo y quiero gritar pero me empiezo a reír porque ahora me están haciendo cosquillas. Me acuerdo de mi mamá, ella está cerca. Mejor voy con ella, mi mamá no va a dejar que me pase nada.
Cuando despierto todos están contentos. Le pregunto a Él dónde está pero no me contesta, me quedo callado y ya no lo oigo reírse, me río porque ya no está. También estoy contento; mi papá le da la mano al doctor y habla con él y veo a mi mamá que me está abrazando.
Pero no me está abrazando.
Los estoy viendo, como si viera en un espejo cómo abrazo a mi mamá y ella me da besos o le da besos al niño que es como yo. Le digo que lo deje, que no lo bese a él, que quiero un abrazo pero se voltea con el doctor. Les grito a todos que quiero un abrazo, que ya estoy mejor, pero ni ella ni mi papá me ven. Yo… más bien Él se sienta en el sillón.
Tengo miedo. No sé dónde estoy, no sé cómo llegué y no me acuerdo de cómo regresar. Me pongo a llorar y salto y les digo que aquí estoy. Me acerco a ellos pero me da miedo tocarlos, ellos dan miedo, no me puedo acercar. Están como muy calientes. Él también, ahora no está frío y sigue con su sonrisa que da miedo. No puedo pero quiero estar cerca de mis papás. Le digo que me lleven, le digo que quiero subirme al coche con ellos para regresar porque no sé dónde estoy. Le digo que quiero estar cerca de mi mamá.
“No” me dice muy bajito. “Hueles a baño sucio.”

Mario Conde
Octubre 2011