miércoles, 26 de diciembre de 2012

Moscarda



Cerca de los cuatro años, le ocurrió que una mosca se le quedó parada en la nariz por largo rato y a partir de ahí quedó fascinada por ellas. Tanto, que la niñita de cabello negro y enmarañado poco a poco empezó a comportarse como uno de esos bichos, para preocupación de su mamá.
Como mosca podía vivir en la basura sin molestias, podía volar y correr descontrolada sin peligro de tirar algún jarrón y podía estrellarse a voluntad en las ventanas, podía hacer planes siniestros y huir un segundo antes de recibir cualquier castigo y, sobre todo, podía lamer sin remilgos el caramelo que se le pegaba a las manos; motivos más que suficientes para gritar a menudo y llena de euforia “¡soy una mosca!, ¡bzzz!, ¡soy una mosca!”
Por más esfuerzos que hizo la madre para ordenar el cuarto de la niña, ésta rabiaba y zumbaba por todos lados, defendiendo que una mosca respetable vivía en la basura.
En un principio la situación fue desesperante. La falta de higiene y los golpes de su hija contra la ventana la obligaron a pasar los ratos libres enfrascada en libros de psicología infantil; intentaba alejar sus pensamientos de lo que le habían advertido en el momento que la niña nació, y por temor a que le recordaran la propuesta de la medicación, prefirió no acudir con el pediatra.
Después de todo, siempre cabía la posibilidad de que estuviera exagerando. Mejor ceder. “Un juego así no puede llegar tan lejos”, pensaba sonriente; “¿qué importa que una niña de cuatro años no se bañe? ¿Qué importa que no limpie su cuarto? ¿Qué daño puede hacer un juego tan infantil?” Y suplantó sus preocupaciones con el orgullo de tener una hija con una imaginación tan fuerte.
Consintió en llamarla por el único nombre al que la niña respondía: Moscarda. Le decía Moscarda como quien dice “Chaparra”, “Corazón”, “Gorda”. La diferencia es que dejó de ser un apelativo cariñoso para volverse su nombre; la madre lo decía con tal naturalidad que ya no se sorprendía cuando gritaba “¡Moscarda!” para llamarla a comer. Y entonces le servía la comida del único modo en que su hija la aceptaba: revuelta, un bolo que la niña comía golosamente sorbiendo la plasta de sus manos.
En momentos como ése, la madre agradecía la ausencia de un padre que discutiera la alegría del juego con su regordeta Moscarda.
A fin de cuentas, la afición de la niña no parecía estar afectando en absoluto su desarrollo, era vivaz y muy atenta, mostraba interés en todo a su alrededor, cuando salían a la calle giraba la cabeza en todas direcciones mientras sonreía ampliamente con ojos desorbitados. Para la madre, era como cualquier curiosidad infantil, incluso veía con orgullo que para algunas cosas la niña podía valerse sola: pasado un tiempo, Moscarda se arropaba en la cama ella misma, después de relamer sus manos y pasárselas por la cara.
La verdad era que debía ser así, pues la madre ya no podía entrar en el oscuro basurero de su hija. Desistió en tratar de limpiarlo para que su pequeña Moscarda no volviera a armarle berrinches en los que se golpeaba contra la pared, zumbando con furia. Además, la niñita desarrolló una repulsión a todos los limpiadores. El simple olor a pino bastaba para que huyera a un cuarto menos fresco.
Lo último que hizo la madre en el cuarto fue quitar el foco para evitar que Moscarda siguiera dando vueltas sin control alrededor de él.
La última vez que la madre fue asaltada por un arranque de preocupación fue al ser consciente del modo en que su hija vivía: pilas de ropa y dulces junto a peluches abarrotados y pegostiosos de sustancias desconocidas y con olor agrio. Y cuando vio las manitas trepadoras de Moscarda marcadas en la pared y de manera incomprensible en el techo, intentó persuadir a Moscarda de ser mejor una limpia, preciosa y brillante mariposa.
Moscarda negó con un zumbido molesto y cerró la puerta que sólo se abría por voluntad de la niña.
—Quién sabe qué vivirá ahí —la madre imaginaba con desagrado que alguna alimaña pudiera encontrar habitable el basurero.
La niñita fue cada vez menos niñita. Pasaban días enteros en que no salía de su cuarto y la madre hacía cuanto estaba en su poder para conservar la poca calma que le quedaba; se volvió costumbre que, al llevar el plato con el bolo de cada día, pegaba la oreja a la puerta para escuchar el delirante zumbido que la tranquilizaba.
Hasta que una noche no escuchó nada.
Ahora anciana, la mujer limpia frenéticamente su casa. Dicen que siempre ha vivido sola. Pero ella asegura que alguna vez tuvo una hija. Que una noche dejó de escucharla y que al entrar a su cuarto, vio a su tesoro envuelto en algo similar a una sábana traslúcida y brillante, con los brazos torcidos dentro de su apretada mortaja. Y que halló a su Moscarda seca como la tierra yerma.
No era la misma casa, dicen. Se mudó hace treinta años y dice que jamás dejará que otro cuarto de su casa vuelva a estar tan sucio como aquél en el que cuenta haber visto, una noche, que algo empujaba el ropero de su hija. Y dice que vio cómo se escondía detrás de él una pata cubierta de miles de pelos negros y brillantes, como aguijones sombríos.



Mario Conde
Mayo 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario