jueves, 19 de septiembre de 2013

El hombre largo


Julio 4
Nuevo archivo: VM292, Victoria Martínez; edad, ocho; vive con ambos padres, sin más familiares en casa; estudios normales. Origen del miedo: desconocido.
No debo hacer juicios rápidos, pero me sorprendió. Cuando llegó estaba inconsolable, no noté señales de enojo en la madre que pudieran apuntar a un regaño reciente. Vicky negó sufrir algún tipo de violencia en casa o la escuela; la madre dijo que lleva cerca de una semana llorando cada vez que salen a la calle, lo que imposibilita la relación de la niña con cualquier persona ajena a su casa.
Se calmó después de unos minutos con los juguetes y le pregunté por qué lloraba. Opuso la resistencia normal del primer acercamiento, pero a diferencia de otros estados de negación, Vicky dio argumentos: “para que ya no pase nada”. Por lo demás, es una niña abierta al diálogo y con un vivo interés por todo. No insistí. Cuando la sesión terminó se presentó otro caso de histeria y Vicky se rehusaba a salir.
Confesó que tenía miedo pero no indagué más. Estoy convencida que su agorafobia tiene un foco en específico. No le tiene miedo al exterior, sino a algo en el exterior.

Julio 7
Archivo VM292. La agorafobia de Vicky es degenerativa, su madre dice que presenta delirio de persecución desde ayer.
No hablaba menos, pero sí en voz baja. Estuvo muy nerviosa y miró todo el tiempo la ventana. Cuando abrí las persianas para enseñarle que estábamos en un tercer piso y que nadie podía vernos empezó a negar con la cabeza y a decirme que me quitara.
Le pregunté si alguien había entrado por la ventana para hacerle daño, negó de inmediato y dijo que no ya no abría su ventana para nada. La sola mención de que alguien pudiera entrar la aterró. (Mem., preguntar de los vecinos.)
Aunque seguía interesada en los libros y los Legos, le costó concentrarse y esta vez no dejó de estar nerviosa. No quiso representar su miedo ni en plastilina ni en dibujo. Su madre tampoco había conseguido información, pero es seguro que la presionó. Tuve que portarme como su amiga, contarle de mis pasatiempos y poco a poco llegué a hablar de los miedos. Entre las cosas que le asustaban, mencionó a un “hombre largo” y luego no quiso hablar más de él. (Mem., hablar del padre.)
No informaré a la madre de nada para evitar una falsa alarma. Pero la siguiente sesión conseguiré una declaración. Temo algún tipo de abuso.

Julio 8
Archivo DH139. Lamentable retroceso en la interacción social de Daniel.
Quizá había que alertar de un posible agresor de menores; de la sesión anterior a ésta, Daniel desarrolló síntomas de agorafobia similares a los del caso de Vicky. El nuevo temor agrava la ansiedad en el autismo del niño que no tuvo problemas en señalar a un agresor: “el hombre largo”, del que hizo dos dibujos; en ambos aparece con suéter y pantalón negro, sin cara. (Mem., ausencia de cara, quizá amnesia post-trauma.)
Daniel y Vicky asisten a la misma escuela, veré que los padres mantengan vigilados a los demás niños y alerten de cualquier sospechoso a la hora de entrar y salir.
Consulté con la madre de Daniel, negó haber visto al niño en contacto con ningún hombre vestido de negro. Por lo demás, su reacción fue la esperada en una madre que mira impotente el daño que se le está haciendo a su hijo.
Me inquieta que el aviso a la escuela deba esperar, pero ya inicia el fin de semana y es un tipo de alivio. Voy a necesitar una pastilla para dormir con calma. (Mem., tres semanas sin usarlas, *sólo hoy*.)

Julio 11
Archivo VM292 con copia al CB175.
A la una de la mañana recibí una llamada de la mamá de Vicky porque ésta tenía una especie de ataque de pánico, pude oír a la niña llorar. Me pidió hacer la consulta en su casa. Es lo mejor. Le repetí que era necesario avisar en la escuela de la posible amenaza. Fue lo mejor, en la tarde tuve otra pista del agresor.
La consulta de César no tuvo otro contratiempo. El divorcio de sus padres ya no es más un problema y parece haberle dejado cierta madurez que no es rar en un niño de doce, pero sorprende.
Mientras César me contaba su día, caminaba por el consultorio como siempre y encontró debajo del librero uno de los dibujos de Daniel. Olvidé guardarlo, pero César dijo reconocer al “hombre largo”. Así lo llamó. Le pregunté si lo conocía, dijo que no y que no quería. Dijo que los niños hablaban mucho de él, una especie de rumor que se contaban por internet. (Mem., buscar.) Como supuse, “el hombre largo” busca niños como víctimas, a algunos los asusta por mucho tiempo y dijo que ha matado a algunos. Le pregunté por el suéter negro, respondió que no es un suéter sino un traje, a veces con corbata.
Y que no tiene cara.
César tiene un modo cruel de decir algunas cosas, y en su voz la historia impresiona, da miedo; hasta cuesta separar lo inventado de lo real. Ahora sé que todos niños lo reconocen, pero no se lo cuentan a ninguna autoridad, padres o maestros.
Todavía no entiendo muchas cosas, ¿cómo fue un rumor?, ¿lo habrá empezado un niño que fue atacado por él? ¿Qué quiere decir con que “los asusta por mucho tiempo”?, ¿desde hace cuánto que este hombre ronda por la escuela? Y lo que es más raro, ¿cómo lo conoce César, que no va a la misma escuela que Daniel y Vicky?, ¿por qué dicen que no tiene cara? (Mem., copia de todo al pizarrón.)
Más tarde fui a casa de Vicky. Cerraron todas las ventanas y cortinas y dejan las luces prendidas. La niña estaba aferrada a su madre y no quiso separarse de ella en ningún momento. Pobre de la madre, tenía dolor de cabeza y mareos, seguramente por la preocupación.
Entre las dos trataron de contarme lo que pasó en la madrugada. La señora Martínez dijo que fue una pesadilla; Vicky aseguró que vio cómo “él estaba parado en la ventana”. La niña tiene su dormitorio en el segundo piso y no hay balcón o algo parecido, ni siquiera un árbol cerca de la ventana que pudiera hacer algún tipo de sombra. (Si soy sincera, me asusté.) Tuve que preguntarle por “el hombre largo”. No reaccionó bien, me confirmó que todos los casos están conectados. No pude contarle nada a la madre sobre el rumor de ese hombre porque Vicky se opuso, se esforzó en que ella no escuchara. No quiere que sepa.
Dejé una nota con instrucciones a la señora Martínez para hacer la denuncia del “hombre largo”, incluida una descripción del individuo.. Ahora que lo pienso, tal vez use alguna máscara o una media en la cabeza, de ahí la supuesta falta de cara.
Mañana me dedicaré a investigar en internet los rumores de los que habla César, hoy me siento demasiado cansada. (Mem., tomaste otra pastilla, ya no más en al menos tres semanas.)

Julio 12
Archivo VM292 con copia al DH139 y al CB175.
Posible caso de histeria colectiva infantil. (Mem., ¿registros similares?) Hay conexión entre el primer caso y el segundo. Buscar relación al tercero. Averiguar si los síntomas se han propagado entre la comunidad.
La investigación me deja intranquila. Como “el hombre largo” es un rumor de internet, empecé por ahí. Esperaba tener que buscar en páginas escondidas, preguntar a gente en lo profundo de la red, pero el buscador arrojó muchas respuestas y todas bien documentadas.
“El hombre largo” es una entidad que fue descubierta en los ochenta dentro de una fotografía donde varios niños juegan en un parque, con un fondo de árboles. En un punto de la fotografía, camuflado con el entorno, se ve a un hombre muy alto (de verdad alto, algo más de dos metros) vestido de negro, sin cara y con tentáculos. Los niños no notan que él los está viendo. Supuestamente, todos los niños de la fotografía (catorce) desaparecieron uno a uno y también la fotógrafa que los retrató.
Dicen que esa foto fue descubierta hace un par de años en una casa que se incendió y desde ese momento empezaron a circular imágenes más recientes del “hombre largo”, siempre en la misma actitud de “mirar” al fotógrafo, con su cuerpo alargado que parece un árbol y que sólo se distingue por la cabeza blanca.
No tiene cara.
Encontré que basan estas leyendas en relatos muy antiguos, un supuesto “Grossman” alemán, la leyenda de Escocia “the black man”, e incluso el alû, un demonio que aparece en las mitologías acadias, sumerias y babilonias. Todos bajo la misma descripción de un hombre alto, tenebroso, que ataca siempre niños. En unos casos se los come, en otros los mata o los desaparece.
La verdad, creo que entré demasiado al juego.
Encaja con algunas cosas descritas por César o el dibujo de Daniel, pero en la página donde encontré esta información (la primer opción en el buscador) termina su artículo con la aclaración de que todo lo dicho es falso. La misma página asegura que “el hombre largo” no existe y desmiente su relación con todos los demás mitos.
Dudo que los niños se hayan detenido antes de leer esa aclaración, eso claro, si parto del supuesto de que la información la leyeron. Debe haber un niño que se haga el listo con los demás y les cuente la historia como cierta, lo que puede impresionar a algunos y hacerlos imaginar que “el hombre largo” los persigue realmente.
Puede ser una versión moderna de “el señor del costal”, “el robachicos”, “el cambalachero” o “el coco”, todas hechas para adoctrinar. Pero no he visto ningún caso de fobia al “señor del costal”. (Mem., quizá antes, buscar.) ¿Por qué “el hombre largo” los impresiona tanto?
Estoy casi segura que alguien está tomando ventaja de este miedo. Aunque no es tan grave como mi primer sospecha, no deja de ser indignante.
Puedo estar un poco más tranquila y me hacía falta. Entre el medicamento, el calor y los nervios, la nariz me sangró frente a la computadora un buen rato.

Julio 13
Archivo AD078
Angélica ha superado las dificultades para centrar su atención, excepto por la hiperactividad física. Necesita caminar para hablar. Nuevo caso del “hombre largo”.
Aunque ha podido bajar a una sesión quincenal, temo el efecto que la leyenda del “hombre largo” pueda tener en su ansiedad. Me contó de todo lo que había hecho desde la última vez que hablamos. Su padre siguió mi recomendación y la lleva a natación para aprovechar la energía; también baila mucho en su casa pero apenas ha podido leer, porque pocas cosas atrapan su atención como para mantenerla sentada. Lo único que leyó sin aburrirse fue, justamente, la historia del “hombre largo”. Me dijo, muy tranquila, que le había asustado la historia y que preguntó a todos sus compañeros de grupo si la conocían. Dudo que con la voz chillona de Angélica y su poca seriedad alguien se haya asustado (hasta a mí me pareció una historia simpática), pero hay que estar atentos, tal vez fue así como Vicky o Daniel se enteraron, de manera casual, sin que alguien quisiera asustarlos.
En la noche llamaré a Ramón para contarle. Me asusta y me emociona pensar que tal vez conozca algún caso con “el hombre largo”, aunque él no trate niños; si es cuestión de una historia en internet, dudo que tenga límite a una ciudad o edad.
Además, oír su voz otra vez me va a ayudar a dormir. (¡Dos días sin pastillas!)

Julio 14
Archivo VM292. Sesión cancelada por daños físicos a la paciente. Origen de la agresión: desconocido.
Vicky está en el hospital. Su mamá llamó, ambas están en choque emocional. Me contó que regresaban de la escuela cuando la niña empezó a ponerse nerviosa; luego echó a correr hacia la casa en un ataque de pánico. La señora intentó alcanzarla en el parque pero la perdió de vista. La encontró escondida en un juego, pálida y muda. Contó que cuando le tocó la espalda la niña gritó y ya ni siquiera lloraba, pero tenía sangre en la ropa. Está en el hospital por un corte que no sabe cómo se hizo. Pero dice que son cortes largos, como de un alambre.
Ya bastante intranquila estaba yo ayer por la noche para ahora tener esta noticia. Ramón me contó que, efectivamente, tiene un paciente que alucina con un hombre alto sin cara. El tipo parece que ha tenido esquizofrenia toda su vida; por los medicamentos ha podido lidiar con ella pero tiene pesadillas con el hombre sin cara.
No sé qué pensar. El paciente tiene más de treinta años. Un niño de los ochenta. Voy a seguir de cerca lo que le ha pasado a Vicky. Espero que sea sólo una de esas coincidencias que nos hacen exagerar las situaciones. Tal vez sus heridas ni siquiera sean tan graves y yo las imaginé como la madre las describió con su preocupación natural.
César estaba tranquilo, hablaba con calma como pocas veces, pero no dijo nada del “hombre largo” y supongo que no hubiera estado bien preguntarle. Hablar con él, que parece conocer el tema, de verdad me hubiera dejado más tranquila.
Quiero evitar la medicina pero es eso o mañana voy a estar dormida en las consultas.

Julio 15
Archivo DH139. Ansiedad. Interacción inusitada. De nuevo “el hombre largo”.
Esta vez Daniel llegó temprano, según su madre, porque él se lo pidió. Su madre se emocionó porque él estaba muy ansioso por verme. Sabía que Daniel aportaría algo a mi investigación y lo hice pasar un poco antes de tiempo.
Me enseñó varios dibujos, todos del “hombre largo”.
Uno me dejó sin habla y por más pastillas que tome, me va a mantener con la cabeza ocupada toda la noche. Era el hombre largo, grande como un árbol, parado a lado de una casita de colores con un columpio. Debajo de la casita había un niño con las manos en la cabeza. Del “hombre largo” salían muchos brazos y unos de ellos estaban sobre el niño. Cuando le pregunté a Daniel que quién era el niño, sólo me corrigió: “es niña”.
Todavía tengo la esperanza de que alguien haya tomado el mito del “hombre largo” para llevarlo a la realidad con el fin de asustar gente. Quizá sea una de esas histerias colectivas cíclicas que vuelven de tanto en tanto (como el temor al “fin del mundo”), una que quizá inició en los ochenta (lo que originó la esquizofrenia en el paciente de Ramón) y otra se está dando en este momento. Incluso deseo que se trate de algún sociópata que de verdad se cree “el hombre largo” para dañar personas. Eso me hace pensar que el culpable es real, existe y puede ser capturado.
Pero entonces, ¿cómo hizo Daniel este dibujo? Él debía estar en el parque, a la hora de la salida de la misma escuela de Vicky. La vio correr, la vio llegar al juego. Pero la madre de la niña no vio a nadie, un hombre de al menos dos metros de alto no saldría de la vista tan rápido. ¿Cómo pudo verlo Daniel y no la madre?
El “hombre largo” del dibujo tiene tentáculos y Vicky tenía cortes. ¿Será que no todos pueden verlo? ¿Sólo los niños y algunos esquizofrénicos?
(¿Podré verlo yo?)

Julio 16
(Investigar sobre los “Tulpas”.)
La madre de Vicky llamó para informar que la dieron de alta ayer por la noche. Pasó el día entero en peritajes e investigaciones. Como la mamá no supo explicar el origen de la herida, se sospechó de ella y su esposo. Qué horror. Voy a testificar que ellos tienen un historial limpio.
Llamé a Ramón para ver si podía darme más datos sobre su paciente. Tiene razón, no debería involucrarme tanto en esto, me dejé llevar por la superstición y me he obsesionado. El ataque a Vicky me deshizo los nervios. Pobrecita. Espero que encuentren a quien sea que le haya hecho daño, que lo encierren y que se pudra ahí.
Si me dejo llevar por la alucinación colectiva, voy a perder la objetividad y no podré ayudar a nadie. Fue un momento de debilidad.
Quería hablar con Ramón. Ojalá siguiera aquí. Evito los medicamentos para que él se sienta seguro, pero me da remordimiento saber que ayer fue una dosis doble. Hoy no lo sé. Le pedí que me dedicara un abrazo y lo hizo. Tal vez se anima a regresar.

Julio 17
De acuerdo al budismo tibetano, un Tulpa es una entidad espiritual creada con el pensamiento.
Copio aquí algunos párrafos que encontré en internet:
“El tulpa es una construcción mental que obtiene consistencia física gracias al poder de la voluntad y la imaginación. Son creados por monjes o iniciados después  de una larga y profunda meditación; su materialización va más allá de lo visible y lo palpable, también emite olores y sonidos, incluso puede generar su propia consciencia. Según el vajrayāna, el universo no es más que un flujo de conciencia; ningún fenómeno existe fuera de la conciencia. El tulpa puede tener la forma de un objeto, un edificio, un animal o un ser humano, aunque al ser un producto de la imaginación, podría deformarse en un número infinito de figuras.”
(Algo de lo dicho por Freud en El malestar en la cultura sobre la conciencia colectiva como un mar inmenso que conecta una mente con otra. Él se refería a la igualdad humana en un nivel inconsciente. ¿Podría tener esta relación?)
“Estas proyecciones mentales, en teoría, deben tener una vida corta. En poco tiempo se deterioran y desaparecen sin dejar vestigio alguno de su paso por el mundo terrenal. Sin embargo, la vida del tulpa podría prolongarse si ha surgido de algún pensamiento muy intenso, ocasionado por alguna pasión desmedida, una fe sin límites o un miedo muy profundo. Además, si se prolonga la meditación que le ha dado forma, su vida podría prolongarse de igual manera.”
¿No se dice del sueño que es el estado de mayor actividad para el cerebro? ¿Podría considerarse al sueño una especie de meditación? Una pesadilla nos hace despertar llorando, podemos enterrarnos las uñas a la piel sólo de la tensión que nos generan, los ojos se mueven a velocidad de vértigo; si huimos, despertamos cansados; si nos golpean, despertamos adoloridos; si caemos, despertamos en el impacto; si golpeamos, despertamos con el puño en el aire. Una pesadilla constante podría ser un tipo de meditación. Si nos impide dormir y permanecemos la noche entera pensando en ella, ¿es también una forma de meditar?
¿Una pesadilla colectiva será una meditación prolongada?
“Si la creencia es fuerte y duradera y la visualización del tulpa es difundida, el ente espiritual podría aumentar su poder a medida que más gente crea en él. Esta creencia es la pieza fundamental para la fuerza de las entidades malignas en varias novelas de Clive Barker y Stephen King.”
Podría ser cierto aquello de que “el hombre largo” existe desde las civilizaciones más antiguas, cuando la fe era más influyente en el pensamiento y el hombre le temía a aquello que no podía entender. Eso podría debilitar al tulpa por un período de tiempo, sin desaparecerlo, hasta que alguien vuelve a encontrar un relato o una imagen. La leyenda pasa de una persona a otra y el pensamiento reactiva al tulpa.
Si es cierto que el tulpa aumenta de poder mientras más gente crea en él, la red es nuestra peor enemiga. Cientos de miles de niños leyendo la historia del “hombre largo” se llenan de miedo y cuentan la historia a otros cien mil niños más. El ciclo se repite y el tulpa es alimentado por una inmensa red de pensamientos.
“Si un tulpa comenzara a existir por cuenta propia —sin que su creador decida su momento de aparición o desaparición— la entidad deja de ser imaginaria; pierde su liga con el pensamiento y es muy difícil volver a controlarlo o eliminarlo.”
Aunque cada persona que haya pensado en “el hombre largo” dejara de creer en él o deseara su desaparición, el pensamiento no le afectaría. Si está ligado aún a nuestras mentes, cada mención lo hace más grande y fuerte. Si se ha separado de nosotros, da lo mismo mencionarlo o no, existe y está ahí afuera sin que haya nada que podamos hacer. Los niños ya lo sabían y por eso no quieren hablar de eso.
Tal vez aún no exista como tal. La mamá de Vicky no vio a nadie a lado de ella en el juego. Quizá sólo puedan verlo los que saben de él. Ahora creo que si llega a aparecer, yo podría verlo.
Nada me hará dormir hoy; he pasado el día calmándome y no sé en qué momento se acabó el frasco. Podría poner algunas películas. Deben faltar cinco o cuatro horas para que amanezca.

Julio 18
Archivo VM292. Entrevista casera.
(Ramón dice que debería abrir mi propio archivo. De algún modo lo es, la bitácora se ha vuelto como un diario y yo aparezco tanto como los pacientes.)
Quiero salir de esto, quitarme del camino y regresar al punto en que no sabía nada del “hombre largo”. Siento que no paso un segundo sin pensar en él, y no debería, sólo lo hago más fuerte. (¿Hablar de él como si fuera real?)
Escribirlo me relaja. Es como contarlo pero sin víctimas. En este caso, una persona más que sepa del “hombre largo” sería perjudicial (en teoría). Y con los niños he tomado la resolución de no hablar al respecto. Hoy intenté distraer a Vicky, la terapia debe ser su momento de distención, su ambiente de comodidad. Me enseñó sus muñecos de peluche, sus películas, escuchamos algo de su música; también hablamos de sus heridas, que le habían dejado de doler, se movía despacito y yo le pedía que no se apresurara, pero ninguna de las dos dijo nada de Él. Creímos que eso ayudaría; luego terminó la sesión.
Me despedía de Vicky y su mamá en la puerta de la casa, me incliné para abrazar a la niña y la vi perder el color, le temblaba el labio, veía algo encima de mi hombro. Me asustó más su reacción que lo que podía estar detrás de mí. La pobrecita agarró la mano de su mamá y la apretó con tanta fuerza que la mujer protestó. Yo no vi cuando le dijo que le hacía daño, quise ver qué asustó a Vicky. Algo entre un poste de luz y los árboles, algo como un globo atrapado entre las ramas, blanco, amarrado con una cuerda muy gruesa, o un cable suelto. No vi muy bien; quise tranquilizar a la niña y le dije que todo estaba bien pero ni yo misma me oía convencida; cuando su madre me preguntó sobre mi palidez dije que había sido la misma preocupación por su hija.
Apenas cerraron la puerta miré el mismo árbol. Ni globo ni cable o cuerda o lo que fuera. Nada en el cielo. No sé si de verdad vi algo o estos días me han sugestionado, pero tengo la imagen de la cabeza calva y blanca, sin cara. Saqué el celular y tomé una fotografía del árbol y el poste. Tengo el aparato aquí a mi lado pero no quiero mirar la foto, ni siquiera cuando haya más luz. El día y la noche son indistintos para Él.
Archivo CB175. Demasiada distracción.
No me porté nada profesional con César. Apenas y le presté atención, de hecho no tendría nada más que escribir si no fuera porque él sacó el tema. Dijo que se me notaba el miedo. “Siempre va a estar ahí, atrás de algo” me dijo, “no le haga caso”. Estuvimos callados mucho tiempo después de eso, pero teníamos la misma idea: la ventana. En ella sólo se veía el cielo y algunos cables de luz que atraviesan la calle, nada más. Ni siquiera una rama o parte de un transformador o un poste, ni una lámpara. Empecé a imaginar qué haría yo si la cabeza blanca y calva empezara a surgir desde el marco, como un globo que sube y la imaginé tambaleándose. Sin querer, me quedé viendo la ventana como si eso fuera a evitarlo, luego noté que César también veía la ventana. Sonrió y yo me sentí enojada con él, fue como una burla, no lo sé; se levantó y caminó muy despacio a la ventana, yo lo iba a detener porque estaba segura de que pensaba asustarme, tal vez saltando de pronto hacia mí o iba gritar, la verdad habría reaccionado muy mal con cualquier broma. Nada más cerró las persianas. “Si le da de comer y lo tiene contento, no pasa nada.” Eso me dijo.
Después de esto hablamos de otras cosas de las que ya no me acuerdo. Luego se fue y me dejó la intranquilidad que ya tenía en el consultorio y que tengo en este momento, ¿por qué cerró las persianas? ¿Para calmarme o como prevención? No me animo a abrirlas y la cabeza me mata a punzadas, necesito otro frasco. (Mem., se acabó la prescripción, a usar la propia.)

Julio 19
Archivo AD078. Angélica sufrió un accidente. No sobrevivió.
Me siento culpable por dos razones. Uno: yo recomendé las clases de natación. La segunda no quiero pensarla, hasta parece una estupidez. La obsesión es sacar a colación el mismo tema en cada momento; en la obsesión pareciera que todo lo que a uno le rodea confabula para relacionarse con el tema. La obsesión es construida. No tengo idea, nada me puede confirmar qué es lo que tiene que ver, más bien tengo miedo de que él tenga que ver con el accidente. Su padre no me dio mucha información y antes de volverme grosera por todas las preguntas que se me ocurrieron, le di el pésame, le reiteré mi apoyo y colgué.
Aunque no quiero alimentar los pensamientos, busqué si él tiene por costumbre hacerle daño a las víctimas. Debe haber algún tipo de patrón (no sé por qué), pero la información es contradictoria o confusa.
Unos dicen que es un torturador psicológico, que sólo se entretiene si está inmerso en los pensamientos de la víctima. Otros (los que se apegan al origen antiguo) dicen que usa a los niños de alimento; otros, que daña por diversión al azar; otros que es un secuestrador y se queda con las víctimas para “jugar” con ellos; otros que es un asesino sanguinario.
Parte de la culpa es que quise convencerme de que sólo los niños eran sus víctimas. Encontré una cinta (nadie aclara si es falsa o no) de un hombre que hizo una declaración frente a alguien que parece ser un militar o algo así. La cinta termina con interferencia de algún tipo, los gritos de los dos hombres; el supuesto ataque de Él.

Julio 20
Otra llamada con peores noticias, pero quien las dio las desconoce.
Ramón investigó sobre Él después de consultar un poco con su paciente. Me dijo que busco la información de la leyenda en la red. Por supuesto, ha leído lo mismo que ahora sé. Yo me hice la desentendida y le dije que había dejado el tema de lado.
Estúpida de mí por haberle dado la idea. Por favor, que él esté pensando en otra cosa.

Julio 21
Archivo VM292. Sesión cancelada. Ataque de ansiedad. Descontentos con la madre.
Vicky se niega a salir de su cuarto y aún más de su cama. Quiere quedarse debajo de las cobijas con la luz y la televisión encendidas. La madre me ha llamado muy molesta con la queja de que, en lugar de mejorar, la niña se ha puesto peor desde que asiste a terapia y estuvo a punto de renunciar a ellas en nombre de su hija. La convencí de que no lo hiciera, que el proceso era lento y nos habíamos visto muy poco como para tomar una decisión así. La verdad es que la terapia me importaba poco (aunque esté mal pensarlo), quería saber de Vicky para saber más de Él. Luego la madre y yo nos calmamos. Todo es por los nervios, no sabemos qué hacer o por qué pasa todo esto, las dos queremos terminarlo.
Le recomendé a la mujer que cubriera las ventanas de Vicky, le dije que las visiones del exterior agudizarían la agorafobia, que no estaba mal aislar su cuarto. La verdad es que desde que César cerró mi ventana no la he abierto; me causa mucha ansiedad, pero verlas cerradas es mi única fuente de confianza.
Creo que haré lo mismo con las otras ventanas de la casa.

Julio 22
Archivo DH139. Los dibujos de Daniel.
De nuevo trajeron al niño temprano. Lo hice pasar. Se sentó en el cojín a lado del librero en el que siempre se acomoda, le pregunté cómo estaba y sólo sacó el papel que llevaba en la bolsa. El otro dibujo donde una niña está flotando en el agua; en una orilla hay varias personas y un camión con una cruz roja, en la otra un hombre sin cara vestido de negro.
Le di papeles y colores y los acomodé a lado de él. Esperé, empezó a columpiarse sentado haciendo ese chasquido con la garganta de cuando está nervioso; luego agarró un papel y los colores y sacó un dibujo tras otro. En el primero, Él estaba afuera de una casa, tan alto como ella; todas las ventanas estaban tapadas. El segundo era de varios niños en el parque, alrededor de Él, con pelotas y otros juguetes; todos estaban sonriendo o al menos su cara no era de tristeza. En el último, Él estaba entre un árbol y un poste, igual de grande que ellos, del otro lado de la hoja había una casa y otro camión con una cruz roja. En la ventana una niña con la cara roja.
No dejé de ver los dibujos, los entendía y estaba muy asustada, por eso dejé de ver a Daniel. Me di cuenta de que se estaba pegando hasta que se cayó uno de los libros; se abrió una herida en la cabeza y ya empezaba a sangrar, pero él no lloraba ni daba muestras de dolor. Estaba igual de pálido que yo.
Avisé a su mamá que lo esperaba fuera. Me gritó y se lo llevó muy enojada, yo le dije una verdad y una mentira: que no he dormido en días y que me venció el sueño, por eso lo descuidé. Sé que me va a denunciar o algo así, pero tengo otras cosas en qué pensar. Las cosas se aclaran, no dejan de ser terribles, pero las entiendo más. Es un presentimiento fuerte, estoy convencida de las cosas. Por ejemplo, los dibujos.
Pensé que el primero debía corresponder a Vicky; el segundo me remitió a César y me enojé aún más con él, casi odio al niño. No sabía qué pensar del último pero es claro que ese árbol y ese poste son los que están fuera de casa de Vicky donde creímos verlo la última vez que fui (no sé si sentirme en paz porque sé que va a vivir o desesperar porque ella va a ser su diversión). Entonces el primer dibujo es el de otra casa, una casa con las ventanas cerradas.
Estos dibujos son sólo de la gente que me rodea y que sabe algo sobre Él. Espero que Ramón no haya investigado nada más, por eso no le he contestado (llamó tres veces), porque no quiero que se hable más del tema entre nosotros. Yo lo voy a llamar, sólo para saber cómo está, pero antes voy a enfrentar todo esto. Estoy en el límite de la sugestión, no tengo más evidencia que lo que he visto en mis momentos de mayor tensión y el pánico que he sentido se agudiza con mi falta de sueño y medicamentos. Anoche caí en cuenta de la seguridad de César, ya sé cómo darle de comer y tenerlo contento. Yo he sido su comida.

Sólo hay una respuesta y según este dibujo, puede estar afuera de mi casa. Voy a guardar estas hojas en el diario para corroborar lo que sea que pase y voy a abrir las persianas y la ventana y voy a aventar todos estos apuntes. Van a ser un anzuelo y algo de comida van a atrapar.  Cuando abra la ventana sabré cuál es el destino que Él me prepara. Lo que sea que me espere en el vidrio va a ser la verdad, no me importa si algo me confirma mis alucinaciones o una realidad horrible. Voy a ver por la ventana y luego voy a llamar a Ramón.

Mario Conde
-Marzo 2013


miércoles, 19 de junio de 2013

Habrá algo

Piensa que podría ocurrir un día cualquiera. Esta noche, por ejemplo, que como todas las demás cenarás leche y pan con la tele prendida, luego tu mamá te dará un beso en la frente y te mandará a dormir. Piensa que, igual a cualquier otra noche, te acostarás sin esperar nada más que un descanso. No habría por qué esperar nada más, porque nunca pasa nada.
Imagina que esta noche despiertas y giras en tu cama, sin sobresaltos ni presentimientos. Te despiertas de la nada como tantas veces nos ocurre a cierta hora de la madrugada. Por lo negro de tus párpados sabrás que todavía no hay que levantarse y que faltará mucho para la escuela. Entonces oirás crujir la bolsa de plástico que tu mamá pone en el bote de basura y quizá te asustes un poco, apenas una cosquilla en el pecho que te hará sonreír. Pensarás que fue alguno de tus deshechos, la botella de jugo o la bolsa de frituras que ha cambiado de sitio.
Tu mente elegirá esta noche para darte una advertencia: hay al menos una pequeña posibilidad de que esa bolsa no se haya movido sola. Tal vez sea una mala sincronía por mirar en internet toda la tarde las supuestas fotografías de fantasmas o que viste esa película que tu madre no quería que vieras, tal vez oíste la historia de un familiar que estuvo de visita o leíste el librillo de leyendas de tu ciudad. O tal vez no viste nada de eso y entonces te preocupará pensar ¿de dónde pudo salir esa advertencia?
La bolsa va a repetir su sonido. Abrirás un ojo, el que tenga menos lagañas. Lo único visible será la cortina, apenas más clara que las sombras del cuarto. Tomarás el celular del buró y un botón al azar encenderá la pantalla, serán las tres de la mañana cuando apuntes el reloj hacia el bote de basura.
Te incorporarás un poco en la cama cuando oigas (jurarás oír) que algo se desliza rápido en el suelo, como una hoja contra los azulejos. Pensarás que puede ser tantas cosas: una rata, una cucaracha, alguien desde el pasillo, alguna respiración. Como ninguna te tranquilizará también pensarás que pueden ser tus sábanas. Alumbrarás el piso para no ver nada.
Querrás volver a dormir pero tus ojos no cerrarán, apenas toques la almohada te estarás preguntando si el bote ha cambiado de lugar, como una sensación de haberlo visto más cerca de la cama. Tratarás de hacer memoria pero uno nunca pone atención a esos detalles, creerás que sólo imaginas que se movió de lugar, pero aún tendrás el presentimiento y sabrás que debe ser por algo. Girarás de nuevo en la cama y te taparás con la cobija hasta la cabeza, con un huequito para respirar, a la espera de otro sonido.
Entonces, entre el silencio y las sombras, con todo el cuerpo en alerta sentirás que la cama se mueve, que el colchón tiembla, algo lo empuja. No te moverás y abrirás los ojos para ver si es un mareo o algo. Podría ser tu pecho que se pondrá a latir tan fuerte que golpeará los resortes del colchón y te sorprenderá la cantidad de miedo que puedes llegar a sentir en poco tiempo, porque casi no piensas en tus miedos o en las cosas que te rodean y que no se pueden explicar con facilidad.
Por un momento creerás que llamar a tu mamá es una buena idea, pero ¿qué le dirás cuando llegue, encienda la luz y vea que no hay nada que temer? Aunque tú sabrás que lo hay, de algún modo lo sabrás. Asomarás la cabeza desde tu refugio y la acompañará la mano que esgrime el celular, la pantalla recorrerá las paredes y el techo, tus afiches, muñecos o muebles se verán transformados por la noche, con formas que intimidan, ojos que desconciertan. De nuevo te incorporarás y alumbrarás el piso. La bolsa de basura crujirá otra vez y cuando la ilumines te convencerás de que el bote ha cambiado de lugar una vez más.
Moverás la luz por todos lados y te darás cuenta que tu habitación tiene ocho esquinas y que no puedes atender ver todas al mismo tiempo. Mirarás la ranura que separa el clóset del piso, tratarás de colar la luz debajo del escritorio, cada mueble tiene un espacio donde algo podría esconderse. De nuevo tu cabeza, por advertencia o por molestar, te recordará el único lugar que no alcanza la luz. Como cada noche, estarás dormido sobre el escondite perfecto.
Pero nunca te ha pasado nada, siempre duermes sobre la misma cama y despiertas sin daño alguno. Pensarás que esta noche no tiene que ser diferente, pero muchas cosas habrán sido diferentes para ese momento. Es probable, también, que no pase a más y por la mañana te rías y lo cuentes para que todos te vean con admiración y respeto o tu madre tendrá alguna explicación racional y se burle de ti por haber tenido miedo. Aún así, te taparás con las cobijas hasta la cabeza, hasta que el sueño caiga de nuevo.
Y aunque la tranquilidad llegue a pasos cortos, tu cabeza se entretendrá en el silencio. Porque todo va a ceder repentinamente. Sea lo que sea, estará callado. Tal vez la luz del celular lo asuste y así tendrás en el aparato un valioso aliado. O tal vez le advierta que acababas de despertar. Entonces creerás que Eso, sea lo que sea, esperará a que duermas para salir con calma y ser libre por toda tu habitación; tal vez se asome por el borde de la cama y te mire dormir, imagina que puede tener unos ojos muy grandes y muy blancos, o unas cuencas amplias con ojillos diminutos y hundidos. Tal vez sonría, tal vez te odie. Y aunque nunca te ha hecho nada, en ese momento te convencerás de que está ahí.
Tal vez él sepa que sabes y tal vez eso no le guste.
Iniciarás un duelo de silencio, esconderás la pantalla del celular y te taparás la boca. Los ojos se te humedecerán y nada deberá salir de tu garganta. Fingirás que duermes, que bajas la guardia. Luego sentirás el aire en tu coronilla y saberás que hay un punto vulnerable. Imaginarás, como ahora, que podría subir por la ranura entre tu cama y la cabecera y que juguetearía con tu cabello, que podría acariciarte. Muy despacio hundirás la cabeza y procurarás hacer el mínimo de ruido. Querrás salir de la cama de golpe, encender la luz, llamar a mamá. Pero tal vez él, que sabrá que has despertado, estará esperando justamente que hagas eso.
A veces sospechas de su existencia y por eso sientes miedo cuando tu mano cuelga por el borde de la cama, o cada que te sientas antes de dormir para dejar las pantuflas crees que algo te tomará de los tobillos. Puede hacer eso mismo esta noche. Mirar bajo la cama no será una opción y pensarás que es mejor estar con la mirada fija en el techo, con la atención a los cuatro costados del colchón.
Guardarás silencio por mucho tiempo. Tu mente divagará por lugares tenebrosos y tu cuerpo estará cansado de la inmovilidad. Perderás el duelo de silencio y la telilla blanca que es la cortina se perderá en un parpadeo.
Es tan sólo una posibilidad. Puede ser que, como cualquier otra mañana, tu madre te despierte y te diga que debes prepararte para ir a la escuela. En un principio te confundirás, querrás recordar un sueño, el que sea. Pero el sol puede disipar el miedo y los muebles habrán perdido su silueta amenazante. El día te pondrá a salvo. Aún así, te pararás sobre el colchón y saltarás lejos de él para bajar de la cama. A salvo desde la puerta, pegarás el cuerpo al piso y tratarás de ver si hay algo debajo.

Es tan posible que, como cualquier mañana, desayunes y luego vayas a la escuela sin volver a pensar en lo ocurrido durante esta noche como es posible que inicies el día con cierta intranquilidad porque quizá mañana despiertes y encuentres un rasguño en la cabecera de la cama.

-Mario Conde
Julio 2012


martes, 21 de mayo de 2013

Los niños del castillo



Con la campana llegaron los gritos de júbilo y se indicaba el fin de otro día de borrar pizarras, pasar lista, tomar dictados y rayar bancas. Seis de la tarde y la primaria Miguel Hidalgo despedía a los alumnos del turno vespertino con el sol enrojecido a medio asomar tras la barda que separaba la calle del patio de juegos. Excepto por alguna junta o revisión o una plática casual entre docentes, para cuando el cielo ennegrecía ya sólo quedaba el velador.
Don Juan, fiel a su costumbre, no salió hasta estar seguro que ningún niño quedaba en el terreno; sólo entonces iniciaba su ronda, armado de revólver y quinqué; tan viejo como era, poco sabía o quería saber de otros métodos de iluminación, después de todo le resultaba innecesaria, a veces podía recorrer cada pasillo en la completa oscuridad de la media noche; conocía la escuela como a su propio cuerpo, pues aún era un niño cuando su padre murió presa de los peligros a los que se enfrentaban los albañiles de su tiempo y el patrón de la obra consideró un gesto muy amable dejar que el niño Juan tomara el lugar de su padre cargando botes de mezcla.
Desde entonces le habían advertido que esos edificios no estarían en paz, porque la de su papá no era la única vida que había tomado la construcción. Y no eran pocas las historias sobre edificios cimentados con cadáveres, a veces de los mismos albañiles, a veces de niños cuyos huesos y alma darían protección a cientos de castillos y pilares a lo largo y ancho de la ciudad.
Los niños de la primaria tenían su propia historia: que la escuela había sido levantada sobre un panteón revolucionario; un cuento que se repetía en todas las escuelas de la zona por igual. Para Don Juan era un relato ingenuo, demasiado tibio para la realidad; lo pensaba cada noche que se sentía observado, que miraba sobre su hombro atento a alguna silueta y llevaba la mano al revólver deseando que aquello que lo seguía tuviera aún cuerpo para recibir el plomo.
Esa vez, de algún piso del edificio más cercano a la entrada, el ruido de una puerta que se forzaba bajó por las escaleras en un traqueteo sordo. Don Juan quedó inmóvil a mitad del patio, se frotó la pierna izquierda, la acalambrada, y miró por largo rato las aulas, o más bien, las manchas oscuras de las aulas contra un cielo negro tenuemente pintado por el amarillo de las luces callejeras. Esperó con los ojos muy abiertos hasta que en una de las ventanas vio pasar un brillo intermitente, débil, que cruzaba el aula.
A la hora del recreo, si los ánimos estaban para ese tipo de historias, los alumnos contaban que un niño había muerto durante el terremoto del 85, cuando una de las inmensas puertas de metal había perdido sus goznes y aplastó la vida del infante. Otros contaban que un maestro borracho lo encerró como castigo y perdido en su vicio se olvidó de abrir el salón, donde el niño pasó el fin de semana hasta que murió de frío; otra versión era que ese maestro no había matado a un niño, sino al conserje, que en una pelea lo había tirado del último piso. En un intento torcido por infundir conducta, los maestros contaban que sí había muerto un niño, por culpa de un compañero que lo derribó de un empujón y fue a desnucarse en una de las bancas, por eso no debían jugar pesado.
El viejo resopló con sorna al recordar la cantidad de invenciones estúpidas que hacían los niños, siempre tan simples, tan ilógicas, tan manipuladas. Él había visto huesos en el pilar de las escaleras que en ese momento subía, los albañiles los pusieron ahí y le ordenaron callar, por eso Don Juan no tenía miedo. O tal vez sí, pero era un miedo permanente que empezó el primer día que pisó ese terreno y estaba acostumbrado a él.
Llegó al pasillo del segundo piso, donde había visto la luz y apagó el quinqué. Cojeó hasta el segundo salón y miró el interior a través de la ventana: los pupitres se manchaban oblicuamente con el alumbrado público, carentes de la vida que les daban los alumnos. Forzó un poco la chapa y abrió la puerta de golpe, si eran ladrones esperaba asustarlos; si eran fantasmas al menos entrarían en una calma inmóvil como tanto le habían repetido los amigos de su padre cuando el patrón, en otro gesto de solidaridad, había conseguido que el niño Juan pudiera estudiar en la misma escuela que había construido.
Cuando dio un paso al centro de los pupitres, la puerta se cerró en un bramido metálico. Don Juan se volvió al instante pero no se movió, sólo oía que alguien jugueteaba con el candado de la puerta antes de ver al brillo intermitente correr por el pasillo.
—Pinches escuincles —dijo a media voz Don Juan con la certeza de que esa noche aquello que lo molestaba no era alma en pena, sino el cuerpo de un vivo. No sería la primera vez que los niños se metían a romper los cristales y los focos con tal de ver al día siguiente al conserje y al maestro perder tiempo de clase. Él nunca hizo cosas así, aunque lo hubiera querido. En su niñez, hablar de más o de manera inadecuada le costaba varios golpes en las manos con una regla de madera, algún jalón de patillas o un acto de humillación frente a sus compañeros y pensó que cualquiera superaría el miedo si al quedar huérfano fuera obligado a ostentar unas orejas de burro de cartón, a sabiendas de que sería maltratado por sus compañeros a la salida de la escuela.
Cojeó por el pasillo del segundo piso y se mantuvo alerta de cualquier ruido, de cualquier sombra o silueta. Pensaba que ojalá los espíritus sí salieran de los pilares, así asustarían al intruso de esa noche. Que ojalá fueran ciertas las historias de que una cabeza aparecía dentro del retrete del último baño de niños; o de las manos de cien muertos que salían de la tierra en la jardinera al fondo de la escuela, donde tiraban los pupitres inservibles; que existiera ese grupo de niños fantasma que por la noche hacían guardia en el patio y lloraban por aquella vez que murieron durante una excursión. Deseaba que todas esas leyendas infantiles y absurdas fueran ciertas, así nadie se atrevería a entrar a la primaria.
Entonces el aire se cortó por la vibración de una ventana en el piso superior. Don Juan subió lo más aprisa que su pierna coja le permitió. Los sonidos se repetían, algo arañaba una ventana, o lo golpeaba, como un dedo alargado que jugueteaba con ella. Era el último salón, en el piso más alto donde, contaban, un niño había dado muerte a otro enterrándole la regla de metal en el ojo. Pero cuando Don Juan estuvo adentro, no vio siluetas ni fantasmas ni luces intermitentes, sólo el golpe. El ahora inconfundible sonido de una piedra contra la ventana.
Don Juan encendió su quinqué, más molesto que antes y lentamente se acercó al cristal. Esperaba ver alguna pandilla de niños o algo similar; pero del otro lado de la calle, en la banqueta varios metros abajo de él, vio dos figuras luminosas, radiantes y blancas. Y Don Juan juraba que lo estaban viendo. Su cuerpo tembló y la cabeza no le respondía, los ojos fijos en los puntos de luz. El terror lo hubiera mantenido ahí toda la noche de no ser porque otra piedra más voló hasta la ventana y terminó por romperla. Don Juan dio un paso atrás y dejó escapar el miedo que cada noche se le acumulaba en la garganta, cuando repasaba una y otra vez la historia de su vida en ese lugar maldito, cuando se lamentaba de haber vuelto ahí, una vez terminados sus estudios, para trabajar como conserje y velador.
Dejó caer la lámpara y se tendió en el suelo, presa del pánico y lloró largamente sin consuelo alguno.

El sol volvió a salir y se reiniciaron las clases, ese salón fue el objeto de las pláticas del día, una leyenda más a la colección. El director de la primaria Miguel Hidalgo entró al salón con el conserje detrás de él e inspeccionaron el vidrio roto a la vista de los alumnos. Detrás de todo el grupo dos niños intercambiaban miradas culpables, pero no decían nada, ni siquiera por presumir. Eso habría hecho que todos supieran que ellos habían rondado la calle por la noche, guiados por las historias de fantasmas y aparecidos de la escuela. Una de ellas contaba que si se apedreaba la ventana del último salón del edificio más alto, verían aparecer una figura fantasmal.
Los niños guardaron silencio mientras el director maldecía en contra de los grupos de vandalismo y la inseguridad en las calles y preguntó al conserje si no había visto nada más durante su ronda nocturna. Este se guardó de no hablar en voz alta frente a los alumnos, pero le aclaró al director que la verdad ni siquiera se había atrevido a estar demasiado tiempo en los pasillos. Que desde el segundo piso había visto a un hombre muy viejo parado en mitad del patio y que le habían estado abriendo las puertas.
Y que desde su cuarto, a lado de la conserjería, había oído el cristal quebrarse pero le dio miedo salir, porque se escuchaban unos lamentos horribles, que erizaban la piel y bajaban por las escaleras.


Mario Conde
Agosto de 2012

sábado, 4 de mayo de 2013

El arlequín



“Si no te callas, le voy a hablar al arlequín” y el niño reprime su siguiente grito lloroso. Piensa un modo de seguir el berrinche en silencio, quiere que su madre entienda que merece “el hámster grandote” que ha visto en el mercado; aunque “no es cierto” porque “bajaste el promedio este mes” por “culpa de la maestra” y así prolongan la discusión. Pero cede a medio pensamiento, la madre usó la amenaza más certera de la colonia Aguazul, que ostenta un título invisible por tener los niños mejor portados del municipio. Cualquier intento de rebelión es reprimido al instante por la mención del arlequín.
Se considera que el niño, con su promedio de ocho y una sola llamada de atención en la escuela “tiene un serio problema de conducta”; cada paso que dan de la escuela a su casa va matizado de regaños, la mujer pregona a los desconocidos las faltas del niño que sigue el camino de su madre con una mueca de rencor y las mejillas rojas. Sin embargo, conforme avanzan la palidez gana terreno en su cara. Llegan a la esquina con el altar de la virgen, la madre se persigna y el niño la toma de la mano, pero no mira el altar, sino la casa a media calle con la puerta hundida en la banqueta, ahí donde “nunca abren las cortinas” y “siempre tienen los focos apagados”.
La madre siente el miedo del niño, le acaricia la mano y retoma el camino contenta. Ella y los vecinos han llenado la casa de mitos: “si juegas aquí de noche, te agarran y te encierran”, “no patees las piedras, porque son huesitos de niño”, “si gritas afuera de su ventana, él viene en la noche y grita afuera de la tuya” y la calle está siempre tranquila, los adultos se saludan en silencio, intercambian miradas cómplices mientras los infantes corren hasta la siguiente esquina. “Pobres de los que viven cerca de él”.
Pocos, muy pocos, saben que el interior de la casa luce muy normal, acaso un tanto desordenado. No existen las “montañas de zapatitos” ni las supuestas “caritas colgadas de la pared”, muebles roídos por el tiempo y marcos con pinturas de perritos en colores pastel reflejan la poca luz de las solitarias veladoras, una por cada habitación. El aire se llena de un aroma que se adivina delicioso, la señora Reina cocina algún caldo bien especiado para ella y su hijo que reposa en una pequeña alberca inflable dentro del baño. El agua le ayuda a evitar las llagas que deja la resequedad, “una enfermedad muy rara que tiene” le marcó piel y destino: todo su cuerpo “está rojo como si sangrara”, excepto por unas líneas pálidas que surcan su anatomía, “parecen caminitos” y le dan un aspecto “como la tierra seca cuando se agrieta”.
La silueta de payaso ardiente frota sus brazos a la soledad de la vela; una toalla remueve las pequeñas virutas grises originadas por el exceso de piel; al muchacho le brillan los ojos de lágrimas, pero respira con fuerza y se contiene, a fuerza de repetir la operación dos veces al día, alguna resistencia al dolor se ha logrado. A la mitad del suplicio cotidiano, la señora Reina lo llama a comer. Dos calles más allá el niño ha tenido que encerrarse en su cuarto y golpear la almohada para que su madre no note el berrinche. Ella también anuncia que “está servido”; con las encías adoloridas de tanto presionar los dientes, el niño debe obedecer de inmediato pues “se va a enfriar” y eso le valdría otro regaño. Lo mismo en la casa de los vecinos y al lado de los vecinos y así en toda la colonia. Madres e hijos se sientan a comer puntualmente y nadie dejará las verduras “porque no me gustan” o “no tengo hambre”, nadie ha comido en la calle y todo es “por favor” y “gracias”.
Cuando terminen de comer, ningún niño saldrá a la calle, hay tarea que hacer y nada debe dejarse para el último momento. Los maestros en las primarias de la zona envían notas de felicitación a los padres y no deben lidiar con ningún problema de actitud “porque una buena educación en casa se nota en la escuela”. Los maestros fingen no saber del arlequín, los niños se alían víctimas de la conspiración y tratan de hablar del tema con sus compañeros que viven más allá de la colonia Aguazul. Circulan rumores de que “es un monstruo que vive” “en la casa de una bruja”, “nunca prenden la luz porque” “dicen que le gusta matar niños en la oscuridad” “y luego se los come” “o nada más los dedos”. Pero “tú estás loco”, “¿cómo va a haber un monstruo?” “¿Tú lo viste?” Y tiembla el compañero que “¡sí, yo lo vi!, estuvo en mi casa”. “Maestra, dice que vio al monstruo”, los niños se frustran porque “no hay ningún monstruo, lo están inventando” y gritan “¡vive cerca de la avenida!”, “¿nunca lo ha visto?”; “el año pasado se comió a un compañero, maestra”, “ya les dije que se fue a vivir con sus papás a otro estado”, “no es cierto, namás encontraron su mochila y sus zapatos tirados”.
Las revueltas terminan tan rápido como iniciaron porque “si no se callan, voy a acusarlos con sus papás” y el miedo los controla bajo la idea de que “el arlequín nos va a comer los dedos”.
En la mesa, frente al niño, humea un plato de pollo con crema. Sin probarlo puede sentir en la boca la mezcla de lácteo y salado, la resequedad de la carne y la pastosidad de su guarnición. Y el niño ni siquiera mete la cuchara, “¿te duele la panza?” porque para la madre no puede haber otra explicación para no comer. El niño apenas abre la boca y “sí, un poquito” pero no basta la explicación, “comiste algo que te cayó pesado”, “sí, digo no” y “¿cómo?, entonces?” porque la madre es muy atenta para aceptar cualquier excusa (¿vale la pena rebelarse, decir la verdad?) “Es que no me gusta” mientras la cara le enrojece de coraje. Pero el “tienes que comer” no entiende las razones del “quiero otra cosa”, “esto es lo que hay” parece el motivo más firme.
De nada vale tratar de imponerse, nunca tendrá la razón. El niño nunca va a ganar. No puede más que intentar una huelga de hambre y de tarea. Planear su venganza. Si pudiera desobedecer, si el arlequín no existiera. Y toda la rabia se concentra en un impulso de las manos, el plato huye desbocado de la mesa; añicos de cerámica vuelan por todos lados y el niño, aunque satisfecho, adivina con miedo lo que le espera.
Al mismo tiempo que la señora Reina pone el plato frente a su hijo suena el teléfono en la sala. El muchacho se frota crema en los brazos mientras su madre negocia “sí… apenas a comer, gracias… ah… no, claro que sí” y echa a su hijo una sonrisa extraña, quizá harta, quizá triste, quizá divertida; “ahorita vamos para allá” cuelga y el muchacho, los brazos recubiertos de fórmula para piel reseca, se levanta con angustia. Ha aprendido a no quejarse, “ni modo, es chamba”.
La señora Reina ayuda al muchacho a ponerse pantalón, calcetines, zapatos, cada prenda es una punzada de calor en el cuerpo de su hijo; sabe que la piel se le va a rozar, como si el sol lo hubiera quemado permanentemente. Pero la madre ha cuidado cada prenda para hacerla lo más suave posible, como el forro que ella ha puesto en el abrigo que cubre el torso de su hijo. Una gorra amplia, un paraguas para evitar el sol. Antes de salir, la señora Reina le sonríe a su hijo y lo besa en la mejilla. El muchacho lo acepta cohibido y siente el beso de su madre fresco “como la crema o el agua”.
La pareja está en la calle. Los adultos fingen no verlos y los pocos niños que pasan por ahí se aterran. El arlequín sale cuando va a comer, cuando algún niño merece un castigo. A su lado “la bruja” que “lo trajo desde el infierno” guía sus pasos; él tras sus lentes oscuros “no puede ver la luz” porque “es como un vampiro”.
La madre cuelga el teléfono y sin mayor molestia va a limpiar el pollo con crema que su hijo ha tirado. El niño tiembla de duda, no sabe si encerrarse en su cuarto o pedir disculpas a su madre o tal vez sea el momento de vengarse, aprovechar que su madre no está viendo y tomar un cuchillo del cajón de cubiertos y en cuanto tenga cerca al arlequín volverse el héroe de la colonia.
Minutos después suena el timbre. Un temblor incontrolable invade al niño, quiere correr pero algo lo ha clavado al asiento. La madre sonríe y va hacia la puerta. “Disculpe usted la molestia, doña Reina”, “ninguna molestia, para eso estamos”, “¿gustan tomar algo?”, “ahorita, según cómo salga todo, gracias”. Se oye su respiración agitada, brillan las perlas del sudor frío y con su poca fuerza, el niño logra obligar a su cabeza a girar y ver a “la bruja” entrar a su casa, con esas ropas oscuras y roídas que huelen “a viejo”; el odio se le vuelve pánico cuando detrás de ella se asoma la figura del arlequín.
Sin mediar más palabras, la madre pone otro plato de pollo con crema frente a su hijo. El arlequín se quita los lentes, la gorra y descubre su calva parcial, algunos cabellos largos y húmedos se revuelven cerca de la coronilla. El niño se revuelve en su asiento cuando mira la piel del monstruo: amarillo y rojo y blanco y carne en porciones intermitentes, colores vivos que se hinchan en algunos puntos; el arlequín se quita el abrigo y lleva el mismo relieve en el torso y los brazos. Se rasca una parte del pecho y el niño puede ver una escama de piel planear hasta el borde de la mesa. La madre tiende a su hijo una cuchara.
“Come”.
El arlequín se sienta frente al castigado, los codos en la mesa, se pasa la lengua por los labios resecos. El aroma de la comida se mezcla con un olorcillo agrio, entre medicina y pomada; el niño mira en el pecho del arlequín manchones de pus reseca del mismo color que su comidan (un blanco-hueso con burbujitas amarillas en el borde).
Una cucharada… tiene la respiración del arlequín frente a él. La alegría de los colores apagada en sus ojos indefinidos; su mirada sin cejas ni pestañas, de párpados rojos, brillantes e hinchados; un traje de polichinela natural que deja ver —en el cuello, los hombros, los brazos— las venas palpitando en azules oscuros. Otra cucharada, mordida al pollo, el arlequín respira con la boca abierta y el niño se imagina su aliento a podrido, imagina en color verde el tufo que le escurre entre los dientes chuecos y amarillentos. Otra cucharada, “ya ves, está muy rico, ¿no?” y la madre, de pie al lado de “la bruja” sonríe complacida de la obediencia del niño que muerde el pollo y le lloran los ojos, la garganta quiere protestar por la mezcla de olores salados, ácidos, fangosos y el arlequín se rasca a momentos y algunos copos de piel festiva se esparcen cerca de la mesa. Cucharada, pollo, sal, pus, escamas. El plato queda vacío y los ojos del niño, rojos y brillantes como los párpados del arlequín que “parece que están al revés”.
La madre felicita a su hijo y da un billete a la señora Reina. Ésta agradece y espera que no tengan que “llegar a esto de nuevo”. El arlequín se cubre y vuelve a ser una silueta enfermiza.
Es ahora o nunca. Apenas le dan la espalda para salir, el niño toma de debajo del mantel el cuchillo y se lanza sobre el arlequín, pero el monstruo se vuelve a tiempo. Un grito torpe, la cara contraída, los dientes expuestos, el niño se asusta y la mano flaquea en el último momento. El cuchillo punza contra la dermis de papel y un ardor como de tizón se enciende en la cintura del arlequín. La madre le quita el cuchillo de un manotazo, la señora Reina pone a su hijo detrás de ella y mira en el suelo el arma de dientes romos, apenas efectivos para la carne cocida.
“Discúlpelo, no sabe lo que hace” y “ya nos vamos”, “pero yo no sabía, no vaya a creer”, “creo lo que vi”, “estoy harta de este niño”, “¿y qué culpa tiene el mío?”; “pero no se preocupe, ¡me va a oír!” y “cuando quiera, mejor mándelo a mi casa” mientras el niño y el arlequín se miran. Uno con miedo y odio, el otro defraudado, triste incluso.
Ya en la calle, el muchacho va triste bajo su gorra, la señora Reina trata de hacer una plática alegre. Sabe que se le pasará, así nació y está acostumbrado a toda clase de muestras de odio. “Tú eres muy especial”.
El niño va a su cuarto, derrotado. No pudo liberar a la colonia del horror. “Igual y no es un monstruo” se pone a pensar, “está enfermo y ya” y “mañana le voy a decir a los demás para que vayamos a apedrear su casa en la noche”. La madre se da vueltas por la sala, teléfono en mano y una amiga de chismes y críticas del otro lado de la línea. “Creo que está ofendida”, “te dije que tu hijo andaba en malos pasos”, “¿qué vamos a hacer?”, “ya no va a querer sacar a su hijo a ninguna casa, pídele disculpas.”
Desde la cama, el niño oye a su madre en el umbral de la puerta, “al rato vas a ir y te vas a disculpar con el arlequín, ¿qué tal que se enoja contigo?”. El niño ya no tiene miedo, “no me va a comer los dedos”. “Pues debería, para que no estés agarrando lo que no debes.”
“La casa del diablo” vuelve a llenarse del olor sabroso de la comida de la señora Reina, las hierbas de olor y el chile humean en un par de tazones para ella y su hijo. Le ha besado la cabeza toda la tarde y el arlequín sonríe, irónicamente, como pocas veces. En casa puede andar libre y mostrar orgulloso su piel de bufón que los vecinos mantienen en secreto “para evitarles molestias”, “es mejor si nadie fuera de la Colonia se entera”. “El monstruo” se sienta a la mesa e incluso tiene ganas de tamborilear una canción con los dedos, aunque le duelan.
La señora Reina pone sal, servilletas, agua de horchata, prepara la mesa para comodidad de su hijo y amorosamente le acompaña en la canción que éste se ha puesto a tocar. El arlequín aplaude con golpes ardorosos y festeja la llegada de los tazones, la música hogareña compensa el silencio de la calle. Se hace de noche. El tazón humea frente al arlequín “con carne extra, porque hoy hiciste un buen trabajo” y los ojos de su madre lo inundan de cariño. Él huele su plato y con la misma sonrisa mira solícito a su madre.
“¿Puedes quitarles las uñas, por favor?” y luego el niño, avergonzado, toca el timbre.

Mario Conde
Junio 2012

miércoles, 17 de abril de 2013

Líbranos del mal



Me doy cuenta de que hay demasiadas almas en esta ciudad cada vez que se abren las puertas y veo el tren atestado. Por sumarme al estorbo citadino evito que los demás pasen antes que yo y a empellones me acomodo en la puerta que mira al otro vagón.
Las voces descontentas por no alcanzar asiento me distraen del grito que el transporte guardaba. Muy tarde (cerraron las puertas) advierto la retahíla de una anciana ronca y muy vivaz, cuyo monólogo ferviente sobre “Jesús, nuestro señor” me causa un inmediato malestar. Pero su pasión me cautiva, lo escucho (soy poco tolerante, pero tolerante al fin) y atiendo a cada gesto, mirada y ademán.
Nos separa una sección de asientos, ella se aferra con la zurda al tubo mientras que la otra mano oscila entre la palma que señala a su interlocutor y el gesto lleno de piedad cada que repite “amén”, como si enseñara una biblia transparente.
“Porque yo he decidido tomarlo en mi corazón. Yo no vengo a convencer a nadie, señora, ni a decirles que están mal. Pero los veo cansados, hartos, que no viven contentos. Míreme a mí, setenta y tres cumplidos y hasta bailo, amén.”
Tiene razón y no sé qué es más gracioso: ella que atribuye su “rejuvenecimiento” a Dios o las evidencias vivas de que Él no está en todo, que la miran como trepanadas, que existen para robar aire aire, incapaces de generar una opinión.
El tren se detiene de nuevo y es una suerte que sea de transborde, el ganado se baja con prisa, si no salivan espuma es por el refresco con que enjugan sus sinsabores y que les forma una pasta blanca en la comisura de los labios con grietas; para algo tienen que usar la lengua y no va a ser para hablar coherencias. Y aunque el vagón está más vacío, afuera fluye la masa humana a empujones, otros se ríen, unos platican, alguno llora, cientos, miles de pasos. Son demasiados.
Y un segundo escándalo aborda el tren. Si la beata no era suficiente, soportamos ahora el llanto de ese niño envuelto en el sucio edredón descolorido de uso. Miro al padre atormentado de gente y calor y de hambre y hartazgo. Mejor le cedo el lugar que se acaba de desocupar; atrás de él viene la madre, en piel igual de oscura y contaminada, con el sudor pastoso y seco en el cabello y los ojos vidriosos por quién sabe qué cosa para calmar el hambre.
Me muevo hasta las puertas que no abren para que puedan pasar y es ella la que toma el asiento. Él, aún con el niño en brazos, se acomoda en el suelo, a los pies de ella y soporta algunas patadas leves con reminiscencia de bronca. Cruzo los brazos sobre el saco y tengo a mi izquierda la viva imagen del desencanto urbano y a mi derecha a la paladina del optimismo sacro.
“Por ejemplo, ¿pa’ qué bautizan a los niños? Quesque para sacarles el diablo. Ignorantes, ¿no saben que ellos nacen puros? Dios no quiere que lo amemos a la fuerza, a fuerza ni los zapatos entran, ¿o no? Déjenlos, que crezcan, que maduren y que ellos solitos encuentren a Dios, que tomen la decisión de quererlo de verdá, amén, ¿o a usté le obligan a querer a alguien? Ah, ¿verdad?”
“¡Cállate!” le dice él a su mujer en un reclamo fiero que nadie oye porque las llantas rechinan y el viento aúlla en las ventanas y alguien vende chicles y la vieja ama a Dios. Pero encima del caldo ruidoso está el llanto del niño. Me duelen los oídos. Seguro la bestiecita no tiene más de cinco meses. ¿Para qué tienen hijos si no pueden con ellos? Y que no me vengan con aquello de los accidentes, me basta esperar a que él voltee, que sepa que lo veo y (¡ahí está!) cuando cruzamos miradas puedo ver en la suya toda la historia: último año en una secundaria con leyes de reclusorio cuyo clima de apatía se disipaba con el fútbol de los recesos, una casa humilde y con “valores”, madre atenta y preocupada, amigos, mona y alcohol. Fiestas de fin de semana y el ligue a la muchacha más bonita (quién sabe bajo qué estándar de belleza). Amor libre, sexo sin compromisos y un régimen de “me vengo afuera” formaron la ruleta rusa en que hace poco más de un año les tocó la bala.
Pero él sólo mira por comprobar que lo estoy viendo y regresa al bulto entre sus brazos. Un golpe en la pierna de ella, “¡la mamila!” y con el alimento prueba suerte, a ver si de una vez se calla. “¿Para qué?”, me pregunto. Él duda y luego acomoda el biberón sobre los labios tiernos y seguramente sucios de baba y mocos. La madre los mira inexpresiva, ya ni siquiera cansada, la cara abotagada sobre el brazo que cuelga del tubo horizontal. “O los quieres demasiado, o no quieres a ninguno” pienso y ella respira, como si sólo existiera para eso.
“Yo leo mi biblia todos los días, amén” dice la anciana a un hombre que sonríe desde su asiento mientras los demás pasajeros suben y bajan, cambian de lugar, le ponen atención y la ignoran. “Déjeme le leo una parte del libro de Juan que me gusta mucho”.
Él ve a la anciana y no sé si está molesto o esperanzado. Le diría que ahí no están las respuestas pero me empieza a doler la cabeza.
 “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos.” En los ojos de ella hay un montón de ilusiones insulsas, hasta frívolas. Promesas en vestido de quince años acerca de fiestas con cerveza y lugares para bailar muy exclusivos, el cabello al aire por la ventana de un camión entre risas que tenían mucho de inocente y nada de virginal. “Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti.” Frecuente rival de su madre y adoración de su padre. Encima de todo aquello, el plan infalible de hacer un negocio con sus amistades y hacerse de mucho dinero con poco esfuerzo vendiendo artículos de belleza. Un amor de novela, ella enamorada de un muchacho cercado por dos brujas materialistas con antifaz de maquillaje. “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.” Varias peleas y noches llorando en el teléfono de sus amigas, hasta que el cariño se sobrepone a todo y logran consumarlo en la cama de ella.
 “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.” Me causa gracia que él ya está perdido en la lectura de la vieja, mientras yo estoy a nada de ponerme los audífonos. “Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.” El biberón se sujeta sólo, movido por una boquita que sólo se detiene para volver a llorar. La mano de él agarra el alimento por inercia, no hay convicción, busca una respuesta. Y yo quiero dársela. “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”
 “¿Ya qué importa?” pienso, “¿qué podría ser lo peor?, ¿quién te va a condenar?” Entonces me ve y tiene la boca abierta (con lo que odio que la gente deje la boca abierta). Está desesperado.
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” La anciana cierra su libro, se persigna, saborea las últimas frases y repite “no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal, amén, ¿sí entiende, señor? O sea, yo no soy mejor que usté por tener a Jesús en mi corazón, yo namás vengo a decirle que así soy feliz, ¿y usté es feliz? ¿Son felices?”
Dejo el descaro para otro momento y la carcajada que habría retumbado en la cabeza a todo el vagón se me ahoga en una especie de agrura detrás de la lengua. La anciana ha soltado la bomba y la pareja la mira con interés genuino, con las raíces de su mundo en peligro. Veo en sus caras, en sus ojos, que su respuesta es “no”. Ella busca desesperada el amor en el bulto a sus pies. Él lo está gritando en su cabeza donde se repiten, como una obsesión, las palabras de su suegro, “ahora es tu responsabilidad y te haces cargo”. Se siente el cariño impuesto y yo pienso “¿vale la pena así? ¿Todo esto vale la pena?”
“No estoy buscando que lleguen a rezar, sino que piensen tantito en Dios. Con lo que yo rezo basta pa’ todos nosotros, se lo juro. Ni lo hago por dinero, vea, salgo a las siete para vender mis gelatinas y hace apenas una hora acabé, ¿y cree que me quejo? No me falta nada, porque Jesús nuestro señor está conmigo y con usté si así lo quiere, amén.”
“Él perdona todos los pecados” pienso, “todos”. El muchacho mira el bulto entre sus brazos, cuando ve a su mujer no le encuentra los ojos, hace mucho que hay un velo de rencor entre ellos que los vuelve siluetas borrosas, manchas de lo que alguna vez sintieron.
“Si me permiten, quiero decir una oración por todos nosotros.” Suficiente para mí. Me inclino a la derecha y apoyo la mano en el tubo. Se escucha el “clink” de un anillo de plomo contra el acero inoxidable y miro a la anciana a los ojos. Entonces ella me encuentra y se detiene. Ojos como ésos, muy pocos, no retroceden aunque les eches arena, con la firmeza de las piedras de río. ¡Con qué devoción dice el padrenuestro! De verdad quiere envolvernos a todos.
Él se talla los ojos con la mano sucia, los brazos cicatrizados de malos trabajos en “la obra”, la espalda encorvada. Ella, como sea, encontrará refugio siempre en sus entrañas. ¿Pero él, que tanto le gustaba ponerse antes que todos los demás? Sólo un año de una nueva prioridad impuesta le dan a entender cómo será su vida, cómo podría ser su vida. Cómo no quiere que sea.
La vieja, terminada su oración, se persigna una vez más, los ojos aún con los míos. “Zaragoza, ¿verdad? Pues que pasen buena noche, yo hasta aquí llego. Vayan con bien a su destino y tengan buen día mañana, primero Dios.” Y comparte su sonrisa con todos menos conmigo; antes de bajar me ve con algo muy parecido al odio. Qué irónico.
Última estación de la línea. Camino a las puertas y antes de dejar el vagón, dirijo al muchacho una última sonrisa. Le inclino la cabeza. “Hazlo”, pienso. Sé que se levanta de un golpe, que sale detrás de mí dejando el biberón en el suelo, que su mujer lo toma y le grita (lo puedo oír) “¡la mamila, pendejo!”
Yo sigo mi camino. Estoy contento, fue un día productivo. A mi espalda, él se queda de pie cerca del metro, cansado, harto. Y mira el espacio entre los dos vagones, los cables, las vías. Escucho el grito de la madre, casi un forcejeo y luego los alaridos de miedo e indignación de toda esa gente en el andén. Son demasiados y yo sigo mi camino.

Mario Conde
Abril 2012