miércoles, 30 de enero de 2013

El Truco



Después de la función, no hubo poder humano que borrara la sonrisa del niño.

Se acercaba la feria en San Martín y entre los menores crecía la ansiedad por los carruseles, las canicas, los aviones, las tazas y los carritos chocones, y los padres tenían que lidiar con la euforia general. Fue una semana antes de la inauguración cuando se alzó la primera carpa, que nada tenía que ver con la feria. Apareció como si nada, de la noche a la mañana, al pie del cerro donde pastaban las cabras, atrás de las nopaleras.
“¡Un circo!” gritaban los niño al regreso de la escuela, “¡hay un circo, mamá, hay un circo!” y en todas las casas los padres asentían interesados o condescendientes, para deleite de sus hijos. En todas menos en una. En aquella donde vivía Daniel, que estaba castigado por tirarle piedras a la casita al lado del panteón, donde el velador guardaba las botellas que le entibiaban la cabeza en las noches. No era la primera vez que el niño le metía un susto al señor Jacinto, que no se había atrevido a usar el revólver con que protegía la propiedad ni siquiera para darle un susto. Sólo podía que contentarse con una mentada.
Pero la noche anterior, Daniel no había conseguido ahogar la risa cuando entraba por la ventana y despertó a su padre; iracundo, le advirtió que no se subiría a ningún juego en la feria de San Martín y luego lo obligó a disculparse con el señor Jacinto. El velador asintió, pero en sus ojos quedaba el rencor de quien pide que toda ofensa sea pagada con la misma moneda.
Cuando el niño le avisó a su madre que un circo había llegado, ésta sólo se limitó a ver a su marido.
—No —le dijo el padre—. Tú no vas.
Daniel gritó de coraje y vergüenza, le había dicho en el patio a todos sus compañeros que iba a llegar bien temprano para alcanzar un lugar hasta adelante para gritarle a los leones y que todos vieran que él no les tenía miedo.
—Dije que no, ¿oíste? —el padre subió la voz y fue tal el berrinche del niño que salió de la casa y corrió hasta las nopaleras, mientras los gritos de su madre quedaban atrás. El niño tenía la convicción de ir a la carpa a ver a las fieras y presumir de valiente frente a sus amigos.
Se metió entre los nopales para que no lo vieran por si lo habían seguido y por poco se delata con un grito de impresión cuando encontró varias gallinas muertas y secas en medio de un círculo de pencas marchitas. Luego se escurrió por el campo hasta que vio entre el paisaje gris la carpa de lona roja brillante, tan distinta de todo lo que se veía en San Martín, aún en los tiempos de feria.
Se quedó escondido atrás de un pirul, atento por si oía los gritos de su madre, pero en su lugar escuchó pasos sobre el camino terroso cerca de la carpa. Vio que un hombre muy encorvado iba jalando la cabra de don Andrés hacia el circo. “Han de traer mucho dinero” pensó el niño, pues tan bonita y gorda estaba la cabra y tanto cariño le tenía que don Andrés siempre había dicho que sólo la podía vender por una montaña de oro.
El hombre encorvado se metió a la carpa con la cabra y el niño aprovechó para acercarse. Primero dio un rodeo, buscaba el olor característico de los corrales pero toda la carpa olía a incienso y a leña quemada. Se empezó a poner nervioso y decidió mirar de una buena vez en la parte de atrás.
Alzó muy despacio la lona del piso y pudo ver dos patas de cabra.
—¿Tú qué haces aquí? —le preguntó una voz que venía de los nopales. Daniel se asustó y dejó caer la lona. Creyó que era otro niño el que le hablaba, pero era un hombre muy pequeño, mal encarado, con la cara tiznada.
—Te hablo —le dijo el enano—, ¿qué estás haciendo?
—Nada —el niño seguía asustado.
—Quítate de ahí.
—Es que… quería ver a los leones.
—¿Cuáles leones? ¡Ándale, vete! Regresa en la noche.
—Pero no me van a…
—¡Órale!
Y el enano hizo amago de pegarle y Daniel tuvo que salir corriendo, más enojado que al principio. Ni vería leones, ni lo dejarían salir, ni se iba a enterar qué había en ese circo. El hambre le hizo pensar que lo mejor era volver a casa; no importaba el berrinche, no lo castigarían tanto como para dejarlo sin comer.
En la plaza al lado de la iglesia, un merolico flaco y alto con la cara pintada de blanco invitaba a todo el pueblo a asistir al espectáculo de la carpa roja. “¡Función única y espectacular!” gritaba, “¡magia como jamás han visto sus ojos por aquí!, ¡los mejores trucos de toda su vida! ¡Una sola noche!”, y otros enanos de ropajes bufonescos repartían volantes con el anuncio florido y decorado de “El gran D”.
El niño siguió de largo hasta el camino de terracería en el que, unos metros más adelante, estaba su casa. Tenía ya en la boca la disculpa ensayada de siempre cuando vio en la puerta a sus padres hablando con otro merolico. Por la naturaleza de sus ademanes, adivinó que intentaba convencerlos de asistir a la función; les dio uno de los volantes y se despidió con una exagerada reverencia a la que los padres del niño no contestaron.
El hombre se volvió hacia Daniel y le sonrió bajo un delgado bigote que se enroscaba en las orillas y luego se alejó con graciosos pasos de cojera. El niño creyó que sus padres estallarían en reclamos al verlo, pero sólo miraban con atención la propaganda de “El gran D”.
—¿Qué pasó? —preguntó el niño.
Su papá lo miró un momento, como si buscara la expresión exacta. Movió el bigote y luego entró a la casa.
—Vete a cambiar.
El niño corrió emocionado a su cuarto.

Las calles del pueblo se llenaron de gente por la tarde. La excitación no era normal en San Martín y menos las prisas. Los vecinos no iniciaban sus acostumbradas pláticas; un saludo con la cabeza bastaba para seguir su camino y llegar antes que los demás, todos querían alcanzar un buen lugar. No faltaron los codazos, las mentadas, los ancianos que batallaban con su bastón mientras los más jóvenes les tomaban ventaja. Una muchedumbre inusitada que no sabía cómo reaccionar ante sí misma. Todo el pueblo iba seducido por el misterio, enajenado en la duda.
Desde lejos podía verse la luz roja que salía de la carpa, las nopaleras se ensombrecían y dejaban ver sus espinas negras sobre un fondo nebuloso y carmesí. Los ansiosos espectadores formaron en la entrada una fila tan larga que muchos aseguraron que no había alma en San Martín que no estuviera ahí. Tal vez por cómo la luz movía las sombras o porque era una noche particularmente oscura, pero Daniel le pareció que la carpa estaba más grande que en la tarde.
Unos monstruillos humanos envueltos en túnicas cafés sostenían linternas sordas a lo largo de la fila e iluminaban con llamas verdes las caras de los fascinados pobladores. El hombre encorvado que el niño había visto más temprano hacía sonar un organillo con música festiva y monótona, mientras un trío de urracas bailaban de sus hombros al instrumento y de regreso. La luz que salía de quién sabe dónde proyectaba las sombras del público contra la pendiente del cerro. Entonces escucharon la campana de la iglesia.
Muchos se vieron entre sí con culpa. “Sí’s cierto” decían las señoras, “si era a l’hora de misa”. En medio de la emoción de la carpa, habían quedado ciegos a su rutina; hasta doña Remedios, que recogía las limosnas, estaba ahí. El padre debía estar sólo en su capilla. Alguna voz preocupada en defensa de la costumbre, preguntó a uno de los monstruillos humanos si la función terminaría antes de la misa de las diez.
—Cálmese, sí llega —respondió a través de la capucha, para consuelo de las devotas.
Casi de inmediato se abrió la entrada de la carpa, el organillo sonó más aprisa y los excitados pobladores se empujaron para entrar.
—Todos caben, despacio. Todos caben —decía con voz aguda el enano que había corrido a Daniel en la tarde. Éste tuvo el impulso de acusarlo, “¡él me quiso pegar, papá!” y así vengarse de cómo lo habían tratado, pero habría tenido que dar explicaciones de a dónde fue tras su berrinche. Prefirió fingir un estornudo cuando pasaba a lado del enano y aprovechar para escupirle en la cara. Mientras el hombrecillo se limpiaba con la manga, Daniel sorbía la nariz con una sonrisa de satisfacción.
La tibieza de la carpa contrastaba con el frío del sereno en el cerro. El pueblo se sentaba con actitud ceremoniosa; cuando todos estuvieron dentro, el lugar se sumió en un silencio que sólo rompía el organillo afuera y el rechinido de las gradas cuando la gente se acomodaba. El metal y la madera aguantaron el peso de toda la audiencia; no faltó ni sobró un solo lugar.
La carpa se cerró, el organillo dejó de sonar y los monstruillos apagaron sus linternas de flama verde. La música de tambores, cajas y chirimías se impuso dentro de la carpa.
Una columna de humo se formó en el centro del escenario y de ella salieron dos manos enguantadas que la disiparon, dejando ver una cara pálida como la cera que sonreía ampliamente bajo el delgado bigote enroscado en las orillas. Y sin mediar palabras, el Gran D inició su acto.
Con un movimiento de su mano formó un círculo de fuego en la pista, el cual apagó de un soplido. Sacó flores de sus mangas y pañuelos de sus bolsas; erigió una torre de copas de cristal; luego sirvió vino en una y la usó para llenar otra copa más, sin que la primera perdiera, en apariencia, ni una gota. Dejó sus bigotes marcados en un lienzo cuando se lo puso en la cara; congeló el agua con tocarla e hizo bailar las flamas de un montón de velas rojas.
La extasiada audiencia miró embobada todos los trucos del Gran D y el mago disfrutaba de su público cautivo, aunque de vez en cuando tenía que hacer una seña para indicarles que podían aplaudir, cosa que todos hacían de muy buen gusto tras salir de su estupor.
Pero Daniel no aplaudía. Al ver a sus compañeros de la primaria quiso llamar su atención abucheando al mago, hablando cuando el gran D pedía silencio y soltar una trompetilla cada vez que el mago se inclinaba; pero nadie hacía caso de los juegos de Daniel, ni sus padres ni los otros niños, todos estaban hipnotizados por las ilusiones del mago. Daniel miró al público con desprecio: ellos creían que todo aquello era magia y sólo él sabía que eran trucos sencillos en los que caía la gente tonta. El aro de fuego podía prenderse con alcohol, que se quemaba rápido; el vino podía ser una copa pintada; las flores no eran difíciles de ocultar; los bigotes debían tener tinta… todo debía de ser algo, todo se podía de algún modo. Todo era explicable y pensaba que al día siguiente sorprendería a los demás si explicaba con sencillez lo que ellos habían tomado por milagros.
Después de un prolongado aplauso, el Gran D hizo una pausa; se quedó muy serio, incluso podría decirse que molesto; luego volvió a sonreír y aplaudió dos veces con gesto magnífico; sus asistentes le llevaron un gabinete del tamaño de una maleta grande. Por todo lo largo tenía escrito con una caligrafía exótica “La Puerta” y dibujos de planetas, estrellas, flamas, cabras, murciélagos y gatos.
—¿Quién quiere ser parte del mayor truco de esta noche? —proclamó el Gran D con voz festiva—. ¿Quién es el valiente que me ayudará a mostrar los prodigios de “La Puerta”?
Y el público embobado no contestó. Después de varios segundos de inmovilidad, sólo una manita se alzó entre todos. Daniel quería ser partícipe del engaño. Sabía que el Gran D lo haría desaparecer y pensaba desenmascararlo a mitad del truco. Imaginó la admiración de sus compañeros de escuela, las risas de burla del público, la humillación del mago farsante y sonrió con malicia.
El Gran D le devolvió la sonrisa muy complacido. Pidió un aplauso para el niño y mandó a los monstruillos a que lo ayudaran a bajar de su lugar. Cuando bajaba el último trecho, el niño se volvió a sus padres. Éstos sólo atinaron a saludarlo, entre alegres y confundidos.
Los monstruillos abrieron ambas puertas del gabinete y el niño entró. Sintió el olor de la madera pintada y cómo se le había impregnado el humo del incienso; donde pisaba estaba lleno de polvo y piedritas y era, en verdad, un gabinete en el cual apenas podía entrar un niño tres dedos más alto que él, como si hubiera sido hecho a la medida. La gente lo observaba con interés y por un momento el niño tuvo el impulso de saludarlos, pero la cara del Gran D apareció frente a él, con la sonrisa más extraña que el niño hubiera visto jamás.
—¿Listo?
El niño asintió seguro, ansioso de poner en marcha su plan.
—Listo.
El Gran D, tras un gesto teatral, cerró las puertas del oscuro gabinete.
Nada estorbó el truco, ni el resto de la función.

El niño volvió a su casa con una amplia sonrisa. Sonreía mientras sus amigos lo veían con admiración. Sonreía cuando sus padres le platicaban que el Gran D había girado el gabinete después de cerrarlo y que cuando lo había vuelto a abrir él ya no estaba, y que al repetir el movimiento, de manera inexplicable, había re aparecido cubierto de una fina capa de polvo blancuzco. Sonreía mientras veía los últimos trucos que siguieron al suyo. Sonreía escuchando el organillo.
Incluso sonreía cuando se fue a acostar y cuando durmió. Y cuando le preguntaban cómo había hecho ese truco el Gran D, no decía nada y sonreía.
Al día siguiente la carpa desapareció tan rápido como fue levantada. No se escucharon más las voces de los enanos ni la música del organillo y don Andrés se quejó con los vecinos y el padre de la iglesia. Varias de sus cabras habían sido robadas, entre ellas, su favorita. Otros vecinos también se quejaron de que habían perdido animales. Don Hilario encontró muchas de sus gallinas muertas, con el pescuezo roto y sin sangre. Y en todo San Martín se encontraron más pencas marchitas que de costumbre.
Pero nadie tan preocupado como los padres de Daniel, que pedían ayuda para el pequeño enfermo pues desde ese día, no había soltado palabra ni había dejado de sonreír. Y el niño no dejó de vagar por el patio de la casa, sonriendo, sin saber por dónde caminaba.
Tratando de hacer memoria, los padres del niño no podían recordar con claridad lo que había pasado antes o después de la función, ni siquiera qué los había impulsado a ir. Sólo recordaban claramente el truco y haber visto a su hijo como parte del espectáculo. Llenos de interés, un día le preguntaron “¿cómo fue?, ¿qué había en La Puerta?, ¿qué viste?”. El niño miró al vacío minutos enteros y luego se soltó a llorar. Y lloró y no podía dejar de llorar y tampoco podía dejar de sonreír. Tenía los ojos rojos e hinchados y llenos de angustia, pero no dejaba de sonreír y aún sus sollozos se escuchaban como risas y conforme el llanto era más fuerte, más histérica e insana se oía su carcajada, mientras su mirada pedía consuelo.
¿Qué cosas se verán cuando uno se pierde en una puerta que va a dar al vacío, o cómo correrá el tiempo ahí, donde un segundo puede durar semanas? Nadie puede decir qué horrores hay en otro mundo, ni cómo se verá el cielo desde el infierno; cómo será estar encerrado donde los pies no tocan tierra y uno no se mueve, al lugar donde van todos los gritos del mundo y viven las cosas que sólo se pueden imaginar y ocurren las cosas en las que no queremos pensar; o cómo se verán los ojos del diablo cuando le han visto las patas; ni qué imágenes, colores y sonidos desafían a la mente y la realidad. Daniel lo sabe y no lo puede decir, sólo puede llevar con él la sonrisa trabada de los locos.


Mario Conde
Mayo 2011

lunes, 14 de enero de 2013

Bola de fuego



—Ni te tardastes nada, Charrascas; así te ha de urgir.
—Uno que sí corre, pinche Cuino. Hay qu’ir más al baño, ¿eh?
—Si esto es puro amor —golpes en la barriga—. Y corres porque te da culo el panteón, pinche chismoso.
—Ps no se me vaya a aparecer tu jefa.
—Ya cállense, cabrones. Sírveme, ándale —a media voz el muchacho flaco de chamarra con forro de lana.
—Ya espantaste al Zuñi, Charrascas. No se nos vayaparecer el perro de ojos amarillos.
—Síguele chingando, pinche gordo. Y nos debes veinte varos a cada uno. ¿Pecsi o Escuer, Zuñi?
—Dámelo así —vaso de plástico con Tonayan.
—No te hagas el machito, Zuñiga. Se trata de que nos dure.
—Si se acaba yo voy por el otro, ya —un trago de mezcal.
—No la chingues. Mejor tómatelo con Escuer.
—Déjalo, Cuino, que el atascado eres tú. ¿Pa’ qué lo mezclas todo?
—Es un calentón, Charrascas. Me lo enseñó mi jefe.
—¿A poco tu papá te deja tomar?
—Te vale madres, ¿no, putito?
—Ta bien, pues —Zuñiga y el vaso limpio—, otro con Pecsi.
—¿Tas pedo o te andas miando, Charrascas?
—No, güey, es que… la tienda está bien pinche lejos…
—¿Vistes algo? —preguntó Zuñiga muy serio.
—No, pero…
—¿Vistes o no?
—¡No, pues!
—Oh, chinga, ¿tonces qué chiles pelas? —otra rama de pirul a la hoguera.
—Ps es que ya van a dar las tres.
Varios tragos en silencio.
—Más miedo me dan los borrachos y los coyotes. Y acá les tengo preparada la que hace niños.
—No mames, pinche Cuino, ¿quién te dio esa madre?
—Mi jefe, güey. Con ésta se chinga a los que quieren madrugarnos con la cerveza.
—Dijimos que nada de fuscas, gordo.
—¿Y qué le van a hacer con sus machetitos, cabrón? No jodas, Charrascas. ¿No ques comuna bola de fuego. Apenas vea la lumbre, se la vacío todita.
—También son guajolotes negros, ¿verdá, Zuñi?
—¡Son puras mamadas! Si el don Esteban es re bien pedote, hay veces que mi agüelo no puede cerrar porquel don da el borrachazo en la mesa y está de terco. Pa’ mí quél se chingó al morrito.
—¿Tú crees? —Zuñiga muy serio.
—¿O qué, güey? ¿Fue la bruja? —risa.
—Pásame un cigarro, Charrascas.
—¿Y las gallinas? ¿Y el borrego de la Muela, güey? Toma, Zuñiga —cajetilla.
—Mi jefe ya le había dicho al tuyo que su puerta andaba mal. Yo digo que se les metió un pinche coyote. Y la Muela… por piruja, de seguro. Le calentó el guayabo a Ramiro mientras seguía con el Jake, a huevo le van a matar a su animal.
—Ya cállate, pinche gordo. ¿Tú qué vas a saber?
Silencio.
—¿Me das un cigarro?, Zuñi.
—No te hagas el machito, Zuñiga. Tamos chupando tranquilos, ¿qué no?
—Si no vas a ayudar, ¿pa qué vienes?
—Mi pinche agüelo questá igual que ustedes. Tiene miedo por el morro de mi carnala. Mamadas. Y si sí fuera la bruja, ¿qué le van a durar tres pinches güeyes?
—Vinimos namás a hacer guardia. Hay que ver si es ella y pa’ dónde se va.
—Y ya, si hoy no vemos nada, a lo mejor sícierto lo que dice el Cuino, ¿no, Zuñi?
Silencio.
—Tu jefe no se enteró porque todavía no se mudaban, Cuino —humo de cigarro—. Tu agüelo sí se ha de acordar de esto, Charrascas.
Silencio.
—¿De qué?
—¿No le has preguntado?
—No lagas democión, pinche Zuñiga y ya cuenta.
—Cuando estaba más morro me acuerdo que había salido del pueblo con mi tío, Apenas estaban levantando la iglesia. Íbamos regresando allá por el puente blanco y desde donde está el agüegüete vimos en el cerro una bola de fuego. Primero era como esas estrellas que parecen focos mal puestos, luego hasta creí questaban quemando basura en el cerro. Mi tío me jaló y me dijo que no la viera.
—No mames, güey —risa.
—¡Shhh! Síguele, Zuñi.
—Total, veníamos por ahí antes de la fábrica de pinturas, dondiantes había agaves, y vimos una casita que no’staba cuando salimos. Mi tío dice que sí’staba, pero no creo porque hasta nos soprendimos y por eso nos acercamos a ver. Y es quél dice que sí’staba, pero que no era de nadie y esa vez había luz. Se asomó y miró un rato. Le dije que quería ver y cuando me carga veo el cuarto vacío. Pu’s no sé cómo chingados, algo nos asustó o no sé, pero así volteamos y cuando volvimos a ver la casa había una señora viéndonos en la esquina. Muy vieja y ya no digan fea, toda sucia y no sé si nos veía como contenta o qué, parecía loca porque estaba medio encuerada, nada más envuelta en un jorongo. Mi tío se espantó, casi me tira, y sechó a correr conmigo. Yo ni sabía qué pedo, pero también me asusté. Otro, ¿no? Porfa. Con Pecsi.
—Este güey nos está choreando.
—Cállate, pinche Cuino. A ver, Zuñi, síguele.
—…
—¡Órale!
—Ahí de ti si me quieres creer, puto. Si no, a chingar a su madre.
—Bájale de huevos, Zuñiga.
—¡Shhh! ¡Cállense! Creo que oí algo.
Silencio. Aullido.
—Ay, cabrón. Pinche perro.
—Tu perro de ojos amarillos, Charrascas.
—No le hagas caso, Zuñi. Yo te creo. Síguele.
Silencio.
—Pu’s ya, llegamos y mi tío le contó a mis papás de la vieja esa. Me acuerdo que se quedó a dormir ahí en la casa. Pero ya en la noche… yo me dormía en el mismo cuarto de mi hermanito, mis papás en el otro y mi tío se quedó en la sala. Así, yo estaba bien jetón y de repente sentí un madrazo.
—¿En el cuarto de tu…?
—Sh.
—Cuando me desperté oí a mi papá y a mi tío gritar y mi carnalito chille y chille. Yo ni sabía, ni escuché, namás sentí que mi mamá me jaló y me sacó del cuarto. Pu’s yo le pregunté que qué pasaba y ella me abrazó y me acuerdo que rezaba. Entonces del techo de lámina oímos pasos, como de gallo… pus eran de guajolote, pero bien pinche rápido, que se movía del cuarto al otro lado de la casa. Y salen hacia el patio mi papá y mi tío, mi papá con este machete. Yo escuché que mi tío le decía a mi papá algo de una bruja y ahí fue cuando me espanté.
—No mamen, güeyes, ¿qué pedo?
—Es el aire, Charrascas. ¿Y luego?
—Entonces mi hermanito empezó a gritar y también mi mamá. Me acuerdo que gritó bien culero, fuerte como si le pegaran, y se metió conmigo al cuarto. Vi… no mames… vi, haz de cuenta, a mi carnalito (tenía como cuatro meses) pegado a la ventana, pegado por el hombro. Y la sombra de una cabeza y una mano del otro lado. Se lo’staba chupando la bruja. Mi mamá le empezó a gritar a mi papá y cuando él vio, se salió a rodear la casa. Pero dice que afuera no podía caminar, que no se podía, se sentía pesado, que le dio mucho sueño. Mi jefa fue por la escoba, porque dicen que les hacen daño y empezó a pegar ahí donde oíamos las uñas del guajolote raspando el vidrio. Mi tío ya le había gritado a los vecinos. Unos ‘taban tomando y cuando loyeron decir que una bruja, se pusieron a tronar cuetes, porque con eso se’spantan. Mi jefa namás alcanzó a agarrar a mi carnalito cuando se soltó de la ventana. Encontramos a mi papá recargado en la pared, chillando y con las piernas todas rasguñadas quién sabe de qué. No la mataron, dice que namás se asustó. Le dijeron a los vecinos y entre todos quemaron la casita ésa, pero se quemaron las cosas, a la casa no le pasó nada y mejor así la dejaron. Pero no la mataron…
Silencio largo. Fuego crepitando. El Charrascas traga saliva y se muerde los labios.
—Oye, Zuñiga… pero tú no tienes hermano —el Cuino parpadea.
—Pues no —trago y silencio.


Mario Conde
martes 13, diciembre 2011

domingo, 6 de enero de 2013

Muñequita linda



Rosita recibió el paquete con entusiasmo y la sonrisa de la ilusión renovada.
—Era de tu abuela —dijo el padre antes de encender su cigarro, satisfecho por la cara radiante de la niña. En seis años de vida, ella había pasado ya muchas tristezas y cualquier pequeño respiro, como recibir un regalo, siempre era motivo de alegría para ambos.
Quitó con manos ansiosas el listón que envolvía la caja blanca tapizada de florecitas moradas en marca de agua, el cartón se había gastado en las orillas y una mancha de humedad teñía de marrón la parte inferior. El olor a naftalina le recordó a Rosita las visitas a aquella casa en el cerro que habían cesado con la muerte de su abuela.
—Gracias —dijo a su padre que sonreía tras la cortina de humo. En la caja había una muñeca grande como el torso de la niña, con largos caireles rubios que salían de un sombrero de tafetán blanco. El vestido del mismo color se ampliaba con una pequeña crinolina que le cubría el nacimiento de las piernas móviles, terminadas en zapatitos de tacón bajo. Las manos iban cubiertas por guantes de encaje blanco, lo que remataba su aire de pequeña novia.
Rosita inclinó hacia atrás a la muñeca para ver cómo los párpados ocultaban mecánicamente los ojos azul brillante, mientras su boca marcaba una sonrisa imperturbable.
—¿Cómo se llama? —preguntó Rosita.
—No sé. Tu abuela le decía “Muñequita” —y con la boca llena de humo, el padre empezó a cantar—. “Muñequita linda, de cabellos de oro…”
Por su vestido, Rosita la dio a conocer entre las otras muñecas como la Noviecita y esa misma tarde celebró una fiesta de té para presentarla en la sociedad del dormitorio. Tras el fracaso de no poder cantar lo mismo que su padre, sacó la vajilla fina y sentó a la muñeca en un lugar privilegiado, junto a Tábata, Mamita y Flor, asegurándole que sería la cuarta favorita.
Desde su cuarto, el padre escuchó con paciencia los juegos hasta bien entrada la noche, cuando finalmente todas las muñecas guardaron silencio.

Por la mañana, Rosita se despertó muy temprano por un cosquilleo en el bajo vientre y fue al baño con los ojos empañados de modorra. Cuando regresó al cuarto, notó que había dejado pasar un detalle: sobre el baúl de los juguetes, donde acomodaba a las muñecas, sólo una de sus cuatro favoritas veía hacia enfrente. Las otras tenían el cuello completamente torcido, con las cabezas vueltas hacia la pared.
La niña las vio un momento sin entender cómo se habían acomodado así. Fue hacia Flor y cuando le giró la cabeza y vio las cuencas vacías, un escalofrío recorrió sus manos y la dejó caer. Mamita y Tábata habían sufrido la misma tortura, caras perladas y sonrisas de durazno mancilladas por la ceguera.
Pero la Noviecita miraba el vacío con sonrisa imperturbable, orgullosa de sus ojos azules.
Rosita sintió como cuando un perro muy grande le ladraba enojado o cuando los rayos caían cerca de la casa y los truenos agitaban las ventanas. Sintió fría la espalda, las manos húmedas y un hueco en algún punto del cuerpo, tal vez el estómago o la boca porque no habló hasta que llegó al cuarto de su padre y lo despertó.
El padre, atento a los ojos llorosos de la niña, se levantó y fue a revisar el baúl de juguetes
—¿Qué hiciste? —le preguntó el padre.
—Yo no fui.
—¿Entonces?
La niña se tomó las manos a la altura del vientre y sus ojos se dispararon hacia la Noviecita que los veía tranquila, con la frialdad omnisciente de las cosas viejas.
El padre se puso en cuclillas miró a los ojos a la niña y le sonrió con calma.
—No pasa nada. A lo mejor se metió un gato o un pájaro, a esos animales les gustan las cosas brillantes; seguramente vio los ojos de tus muñecas y los quiso agarrar. No te asustes. Vamos a desayunar, ¿sí?
Rosita asintió un poco más tranquila y dijo que se quería cambiar. Una vez sola, se paró frente a la Noviecita, tragó saliva mordiéndose los labios y luego le murmuró:
—Tú eres mi favorita.
En la cocina, al padre le asaltaba un recuerdo. Que él de niño también temía a las muñecas, justamente cuando su madre había llevado aquella a casa.

Ese día, Rosita prefirió jugar en el patio. Sobre su triciclo perseguía una pelota amarilla, sucia y algo desinflada y le pegaba con un palo de escoba. La casa se iluminaba con el eco de las risas y los gritos de la niña, del triciclo oxidado que chirriaba al avanzar, del golpe hueco del palo contra el suelo. Y todo eso calló repentinamente. En la ventana de su cuarto había aparecido una silueta blanquecina, borrosa en el cristal sucio, pero comprensible. La Noviecita la veía desde dentro.
La voz temblorosa de la niña interrumpió el cigarro de su padre, que fumaba en el pasillo de la casa. Cuando salió, Rosita apuntaba a la ventana con el ceño fruncido, enojada con la muñeca.
—A lo mejor la dejaste ahí —le dijo su padre—. ¿No? Cuando fuiste por la pelota al baúl.
—No, la pelota estaba aquí afuera.
—Entonces el palo, o algo más —dijo el hombre pisando la colilla—. Sigue jugando, yo voy a ver.
Rosita no se movió hasta que vio aparecer detrás de la muñeca la silueta de su padre, que apartó la mancha blanca del cristal y la volvió a sentar en el baúl.
Esa noche, la niña tardó en conciliar el sueño por tener frente a ella los ojos azules y tranquilos y la sonrisa que parecía decirle “¿por qué tienes miedo?, si yo estoy aquí”. Primero tuvo el impulso de voltearla o acostarla, para que mirara hacia otro lado; luego pensó que la Noviecita podía ofenderse. Mejor se tapó con la colcha hasta la cabeza y trató de pensar en los cachorros de la veterinaria y en la resbaladilla del parque y las manzanas con chile.
Despertó por una picazón en la nariz. Cuando se rascó, jaló varios hilos sedosos y sintió que éstos arrastraban algo pesado. Eran cabellos. Rosita abrió los ojos, sobre la misma almohada estaba la mirada a medio abrir de la Noviecita y supo que la había visto dormir desde quién sabe qué hora de la noche.
La niña saltó de la cama con un espasmo de terror y lloró entre gritos. Apenas unos segundos después, su padre entraba en el cuarto con los ojos vidriosos.
—¿Qué te pasa?
—¡Ahí está! —lloraba la niña con el índice hacia la cama.
—¿Te asustó? —el padre tenía la voz entorpecida.
—¡Se metió a mi cama, se metió a mi cama!
El hombre se talló los ojos y miró la muñeca. La Noviecita brillaba con la luz de la ventana como un auténtico espectro, pero fuera de eso no daba señal alguna de moverse. El padre sonrió.
—A lo mejor… —buscó las palabras—, quiere ser tu amiga. ¿No? Yo creo que no le gusta estar sola.
—¡No quiero que se quede conmigo! —gritó Rosita— ¡No quiero que me saque los ojos!
—¡No puede hacerte nada, hija, es una muñeca! —pero sabía que la niña no iba a cambiar su historia. Ya nada podía quitarle de la cabeza que la Noviecita estaba viva y el padre sabía que demostrar lo contrario sería difícil. No era la primera que decía eso de la muñeca.
Rosita fue a dormir con su padre y sólo se calmó hasta que él le dijo que la llevaría a comer helado después del desayuno. La niña lo esperó ansiosa en el coche mientras él revisaba que todas las ventanas estuvieran cerradas y pensó que también podrían ir a los juegos y al cine. Ya en la plaza comercial, sobre los hombros de su padre, la niña habló y habló de todo lo que veía y le gustaba pensar; disfrutó cada minuto fuera de casa y agradeció los mimos de su padre con abrazos y besos. Pero cuando se hizo tarde, Rosita pidió que fueran a otro lado, a los parques donde los adultos hablaban de noche, con luces y café y música, que fueran otra vez al cine o que pasearan por la calle. Cualquier cosa era mejor que regresar.
—Vamos a la casa. La Noviecita duerme conmigo, ¿sí?
—¿Y si te hace algo? —dijo y se aferró al asiento del coche.
—No me puede hacer nada. Soy tu papá. A los papás no nos pasa nada —y la abrazó con fuerza.
Pero cuando llegaron, mientras cruzaba el patio en brazos de su padre, Rosita alcanzó a ver su pelota totalmente desinflada. Hundió los ojos en el cuello de su papá y adivinó lo que le esperaba en el cuarto: el palo de escoba partido por la mitad al lado de un pedal de triciclo.
La noche le resultó incómoda por estar atenta a cualquier ruido en el otro cuarto, al final del pasillo. Un grito, un quejido o un llanto muy tenue e iría en auxilio de su padre de inmediato. Y a pesar de que no escuchó nada, su sueño no le dio ningún reposo.
Cuando salió el sol, esperó en la cocina a su padre que entró con los ojos enrojecidos y la mirada turbia, en una mano una botella vacía y en la otra la muñeca que dejó sobre la mesa. Rosita los observó a ambos en silencio; a su padre no le gustaba el ruido cuando despertaba con una botella en la mano.
—No hace nada —dijo él, casi de mal humor.
—¿Y mis muñecas?
—Mejor dime tú qué les pasó —abrió el refrigerador—. Mira, Rosa, si lo que quieres es asustarme…
—¡No, no, de veras! ¡Tú la viste!
Una punzada de desesperanza le oprimió el pecho, si su padre dejaba de creerle nadie la iba a defender de la Noviecita.
—Bueno —sacó un cartón de leche y un par de huevos—. Pues ya ves, no hace nada. A lo mejor sólo quería dormir con alguien.
Y por la espalda de Rosita bajó lentamente un escalofrío, dejando su rastro molesto como una gota de aceite. Miró con ojos muy abiertos a la muñeca acostada sobre la mesa que con los parpados cerrados parecía dormir plácidamente y un nuevo pensamiento la asaltó: ¿y si podía ver con los ojos cerrados? La Noviecita podía estar mirando, en ese mismo instante, cada uno de sus gestos de angustia y ella no lo sabría. Estaba indefensa. Como si todo el tiempo durmiera a su lado.
—Ayúdame con el desayuno, ándale —dijo su padre.
En todo el día no hizo nada más que mirar a la muñeca. Cada vez que tocaba otro juguete, éste corría peligro y por miedo de que la Noviecita se encelara hasta de su padre, Rosita no habló con él a menos que fuera muy necesario.
Cuando llegó la hora de acostarse la niña se sometió a un verdadero ejercicio de voluntad. Quitó las colchas de la cama y acomodó a la Noviecita sobre la almohada, luego se quedó un momento de pie: el apagador estaba cerca de la puerta, del otro lado del cuarto. No iba a correr el riesgo de apagar la luz y luego hundirse en la oscuridad, donde la Noviecita la estaría esperando.
Optó por dormir con la luz prendida y el problema se reducía a lidiar con el gesto reposado de la muñeca, esa sonrisa que nada decía, que no se podía torcer y que hacía imaginar a Rosita panoramas siniestros, por ejemplo, que por la noche abriría la pequeña boca para mostrar una cavidad oscura y profunda, sin lengua.
Luchó contra el sueño lo más que pudo, aunque su cuerpo le exigía el descanso de la noche anterior. Apenas cerraba los ojos, sacudía la cabeza; se pellizcó, se mordía los labios, hizo juegos con sus manos, miraba el foco directamente hasta que le ardía la luz y aunque poco a poco el sopor la vencía y se soñaba en el patio, el parque o el cine, interrumpía sus sueños de golpe al recordar que la Noviecita la miraba.
Hasta que se soñó ahí mismo, acostada sobre la cama. Soñó que oía sobre la almohada el siseo de la tela y por el rabillo del ojo veía los caireles y el sombrero moverse. Lento, muy lento. La muñeca giraba la cabeza hasta ella y abría los ojos para verla y la niña sentía en la garganta un grito sin aire, pero por más que abrió la boca, sólo escapaba un tenue aliento entre sus dientes. Y entonces la Noviecita cantaba con voz grave y sin dejar de sonreír: “muñequita linda… de cabellos de oro…”.
Empezó a temblar con esas convulsiones que recordaba de las mañanas muy frías, donde perdía el control de los brazos y sus dientes castañeaban. En un arrebato de fuerza y con un golpe que trascendió más allá del sueño, la tiró de la cama y gritó una sola palabra, como si fuera su única oportunidad de gritar.
Los pasos apurados de su padre le dieron aliento y alivio. Se cubrió la cara con las manos y giró sobre la sábana.
—¿Qué pasó? ¿Qué tienes? —de nuevo, su padre cargaba la confusión del sueño interrumpido con violencia.
—¡Llévatela! ¡Llévatela!
El padre se inclinó sobre la Noviecita que yacía con los ojos cerrados, inmóvil, sonriente. Preguntarle cualquier cosa a su hija estaba de más, la niña ya se había creado una pesadilla que la muñeca siempre iba a recordarle.
—Sí, hija, me la llevo —le dijo besándole frente—. No te asustes. Me la llevo a mi cuarto. Tú duérmete, ¿sí?
Pero ni Rosita ni su padre durmieron. Ella sudaba frío abrazada a la almohada y cualquier ruido o sombra que descubría en el cuarto la hacían saltar. Mientras él, frente a la botella de ron, bebía al lado de la muñeca. Recuerdos añejos se le aparecían tan claros como películas. La muñeca en casa de su madre, los regaños, la fobia, los gritos. Las noches de insomnio, los ojos azules, la oscuridad. La luz, la madre de Rosa. Después los miedos, la muñeca, los reclamos, los golpes, los gritos, el alcohol. De nuevo las sombras, la niña muy pequeña, él solo. La rudeza de su madre, su apoyo férreo, su amor incondicional. La muñeca.

Aunque la Noviecita cambió de dormitorio, los siguientes tres días no mejoraron para la niña, que ahora temía acercarse al cuarto de su padre donde la muñeca estaba aprisionada en su caja.
—¿Por qué no la tiras? —preguntó Rosita con un nudo en la garganta.
—Tienes que ser fuerte —repetía el padre con tristeza, refugiado tras el cigarro.
La muñeca descansaba en su caja sobre el tocador, como un altar sin veladoras y que manchaba la pared con una sombra marrón, tenue y húmeda. Cada noche, Rosita sentía escuchar a través de las paredes la canción burlona de la muñeca, con la ironía de su sonrisa perpetua. Y cada día veía a su padre más nervioso y consumido, una mano sostenía el cigarro y la otra hundida en la bolsa del pantalón, revolviéndola mientras se paseaba de un lado a otro. A veces lo sorprendía con la canción de la abuela entre los labios, “muñequita linda… de cabellos de oro…” Él también tenía miedo.

La cuarta noche, en esos raros momentos en que Rosita podía dormitar con calma, un aire frío le acarició las mejillas. La niña tembló un poco, giró en su cama y se tapó con la colcha, pero de inmediato volvió a descubrirse la cara. La puerta estaba abierta, no por completo, apenas marcaba una línea azul brillante en la oscuridad. Antes de acostarse, se aseguró de que la puerta estaba bien cerrada y que el aire no podía abrirla; pero ahí estaba, emparejada, formando una línea vertical de luz que se interrumpía a casi medio metro del suelo por una silueta informe. Y desde ella, apenas perceptible, brillaba un puntito frío, intermitente y azul.
Rosita se replegó en la cabecera y abrazó la colcha. Se quedó paralizada un momento, sin darse cuenta de cuándo mojó la cama. ¿Cuántas noches la había visto dormir? ¿Cuántas noches ese ojo azul se había asomado por la puerta, como una venganza pasiva? La niña tembló con el aliento entrecortado y gimió tenuemente. Y como si la hubiera escuchado, la muñeca se apartó muy lento de la puerta.
Pero ésta seguía entreabierta y Rosita reprimió el llanto, no podría volver a dormir pensando que la muñeca la esperaba en el pasillo, que la puerta seguía abierta y que algún motivo tenía para vigilarla.
Se deslizó fuera de la cama con los ojos plantados en el umbral. Sintió la humedad en los muslos y la colcha, el pantalón se le pegaba a la piel. Ignoró la incomodidad y el olor y se acercó a la puerta sin hacer ruido. Aunque tenía la cara brillante de lágrimas y las manos temblaban sin control, algo distinto del miedo le crecía en el pecho, algo caliente. Por eso no llamó a su padre, sino que fue hasta la puerta y la abrió para revisar, con los nervios crispados, la oscuridad del corredor.
Estaba ahí.
De pié, en la mitad del pasillo, con su sonrisa de hielo y los ojos tan abiertos que parecían ver todo lo que estaba a su alrededor sin perder detalle, dominaba la oscuridad. Rosita respiró rápidamente, el eco de sus jadeos rebotaba en las paredes mientras tenía en la cabeza, como una idea fija, la canción. “Muñequita linda… de cabellos de oro…” A los pies de la Noviecita, como si las hubiera dejado caer cuando la niña se acercó, unas tijeras largas con las hojas oxidadas.
El calor en el pecho de Rosita empezó a crecer. Se acumularon las noches de insomnio y los sustos y las pesadillas y los juguetes rotos y los ojos de sus muñecas y se dejó ir sobre la Noviecita. Una patada, un grito de rabia y el juguete cayó sin defenderse. Luego la niña tomó las tijeras y la acuchilló en el vientre. Rasgó el vestido con las hojas, le pegó en la cara y le gritó que la odiaba al mismo tiempo que imaginaba a la Noviecita gritar de dolor, llenó su mente de alaridos estridentes y agudos como los de ella misma y para callarla, hundió las tijeras en el cuello de la muñeca, luego en la cara, las piernas y terminó en el ojo derecho. La Noviecita moría inmóvil bajo la ira de la niña.
En medio de la refriega el padre prendió la luz del pasillo y encontró a su hija deforme por la ira, con la pijama mojada, la cara húmeda y las manos temblorosas. Cuando Rosita quiso correr hacia su padre con las tijeras en la mano, éste retrocedió. La niña tiró a un lado el arma y se dejó caer.
—¡Mátala! ¡Mátala! —le gritó a su padre, mientras le abrazaba los pies.
Él, por toda respuesta, encendió otro cigarro con mano temblorosa y asintió. No le dijo nada más. No podía decirle nada.

Pusieron la caja con la muñeca en el asiento de trasero del coche y fueron a un baldío cercano.
Rosita vio a su padre hacer un pequeño montículo de basura que después regó con gasolina, sudando el ron de horas antes. Ambos en pijama, ambos temblorosos.
El padre sacó un cigarro y lo puso en su boca. Prendió un cerillo y la flama osciló frente a él. Con una última mirada de súplica y odio, Rosita le pidió que terminaran. Él encendió su cigarro y luego dejó caer la llama.
La niña miró la hoguera a través de sus lágrimas, mientras el hombre sacaba la caja grande tapizada de florecitas. Sus sombras se alargaban más allá del terreno en un halo amarillento y trémulo.
El padre cerró los ojos y relajó las manos. La caja cayó en el fuego. Y ardió. Y cuando la caja quedó hecha cenizas vieron cómo la piel de la muñeca se oscurecía y revelaba un esqueleto brillante de metal o porcelana que se cubría de hollín mientras el cabello, el vestido, los guantes y hasta los ojos azules ardían; de sus cuencas salieron delgadas lenguas siniestras. Y aún en ese pequeño suplicio infernal, la Noviecita no perdió su sonrisa, como un último y torcido gesto de despedida.
Rosita se sintió aliviada y el crepitar de las llamas callaba, de cierto modo, los gritos de la muñeca, pero no su canción. La sintió en su cabeza y los ojos se le enfriaron y ya no lloraba, sólo dejó que el aire le secara las lágrimas y un hipo nervioso tomó el lugar del llanto.
El padre fumaba a su lado y le puso una mano en el hombro.
—Eres muy fuerte, hija —le dijo sonriendo. Rosita no podía pensar. El miedo se había ido, pero no el calor en el pecho. Y tal vez nunca se iría.
El padre estaba orgulloso. No cualquier persona habría soportado los nervios. Repitió “eres muy fuerte” pensando que la niña se había defendido donde muchos habrían cedido, donde la cordura de algunos se habría quebrado. En una situación que para algunas personas significaba abandonar su vida y su familia, la niña demostró que podía cuidarse sola, que nada iba a hacerle daño y que esa fuerza la sacaría adelante aunque el pasado estuviera lleno de sombras, gritos y reclamos. Ella era tan fuerte como él, habían sobrevivido a la misma soledad y al mismo miedo.
Con el cuerpo cubierto de temblores, la niña se acercó a la hoguera y la contempló con odio, mientras él bendecía la memoria de la abuela y pensaba en el siguiente regalo de su hija. Luego llevó la mano a la bolsa del pantalón y jugueteó con los ojos de las muñecas.

Mario Conde
Febrero 2012

jueves, 3 de enero de 2013

Mal congénito


Mira, mana, no quiero que me mientas. Te voy a contar lo que pasó y ya después me dices si te estás burlando, ¿eh? Espérame, te cuento. ¿Viste a la muchacha que llegó hace rato? ¿Ya ves que te dije que algo muy malo traía?, no era malo por enferma (de ésos pues todo el tiempo), sino malo malo.
Y eso que no has visto nada, si ahorita que estás en recepción andas a las carreras, imagínate en maternidad. Ahorita estás aprendiendo a aguantar. Lo que sea de cada quién, pero cuando una ve sufrir a otra porque ya viene el niño, como que compartimos la urgencia, ¿no?. Pues te digo que llegó ésta, con las prisas y todo pero venía sola. Dijo que así se subió al taxi, el chofer la acompañó hasta la ventanilla y ahí nos la dejó; el pobre estaba bien espantado porque la muchacha pegaba unos gritos, ¿te acuerdas?, ¿a poco no enchinaban la piel? Por eso te dije que mejor yo la ayudaba con los papeles, es que luego son muy difíciles. Pues le pregunté “¿dónde está tu marido?” y ella dice “no tengo marido”, “bueno, el papá o tu novio o alguien”, le digo, pero ella nada más gritaba que le dolía y que no tenía nada.
Tú te quedaste hasta que la pasamos a piso, ¿no? ¿En serio? Pues si hasta aquí se escuchaba, imagínate el cuarto. Tuvimos que calmar a las otras, sobre todo las primerizas que luego luego piensan en los dolores. Yo fui a ver a la niña varias veces y ya se me hacía que se iba a morir. Mira que esos ojos yo no los había visto en ninguna; no eran de puro dolor, eran como de angustia, como de terror, y se la pasaba sude y sude. “Me quiero ir” me decía, al principio me dio risa porque las primerizas luego dicen mucha babosada, pero igual se me hacía raro. “Me quiero ir” decía y luego “me lo quiero quitar” y le daban las contracciones; yo le decía que no se moviera tanto, se estaba sacudiendo mucho y me dio miedo por el niño.
Ya como a las quinientas llegó el doctor y le explicó que no podíamos darle anestesia porque el parto ya estaba cerca, que tenía miedo por el niño. La verdad es que luego los doctores son medio sangrones con las que se quejan mucho. Dicen que “ahí van a hacerlos con gusto y luego no los quieren”. Total, se preparó todo y yo pedí asistir el parto. Es que… no sé qué me daba o qué me hacía pensar, pero yo quería ver todo el tiempo a la niña.
Venía muy débil, desde que la estábamos monitoreando ya sabíamos que no tenía muchas esperanzas. Pero yo digo que no se murió por el parto. La verdad se murió cuando vio al niño.
Qué pena me da contigo, vas a pensar que somos malas, pero si te lo cuento es para que nos entiendas y nos digas la verdad.
Resulta que a medio parto, cuando el doctor ya había visto la cabeza, me habló aparte así con los ojos. Siempre siento re feo cuando nos hablan así porque quiere decir que el niño viene mal y no quieren que la mamá se entere. Y sí, venía un niño malo.
De entrada la muchacha había sangrado mucho, pero cuando limpiamos al niño tenía todavía la piel roja, como que no se le caía la sangre. Yo nunca había visto a un niño así, era como si estuviera enfermo y como si no lo estuviera, ¿me entiendes? Osea, deforme. Más bien, no tenía forma de niño. Y así tal cual, la mamá lo vio y se murió. Lupita la quiso reanimar, pero ya no pudo.
Hasta el doctor estaba como paralizado, le daba cosa agarrar al niño. Tan acostumbrados que están a la sangre y a ver niños así, ¿pues vas a creer que casi me lo aventó? Nada más le echó un ojo a la mamá y se fue al baño. Lupita y yo limpiamos al bebé, muy calladas las dos. Cuando un niño viene mal pues una siente feo por él, ¿no?, pobrecito; pero éste nos daba miedo. Haz de cuenta que la cabeza estaba más chica, aplanada, como de sapito, pero le crecía de atrás así, aplanada… como de esos dinosaurios, ¿sí sabes?; primero creímos que no tenía labios, pero es que las encías se le salían y abría mucho la boca, hasta se le veían algo así como dientes. Y los deditos estaban todos pegados, más bien parecían patas como de puerquito. Perdón, pero así se veían. Es normal que los niños salgan arrugados, pero éste estaba como muy enclenque dentro de su piel y no podíamos limpiar bien la sangre. Y como lloraba muy feo hasta pensamos que era el niño el que estaba sangrando, pero no le encontramos heridas. No sé, estaba muy raro.
Pues lo pasamos a una incubadora. Por eso me fui a comer antes, estaba bien nerviosa y ya sabía que me iba a tocar turno largo, toda la noche. Cuando regresé a maternidad, ya te imaginarás, las enfermeras hablando del “niño feo”. A mí no me gustaba que le dijeran así, se me hacía grosería. Pero la verdad es que no había otro modo de decirle. Estaba feo. A los que vienen mal les dicen enfermitos o por el nombre que ya le hayan puesto sus papás, pero éste que no le habían encontrado ningún familiar, ¿cómo querías que le dijeran?
¿Te han dicho algo? ¿No? Bueno, ve tú a saber lo que inventan. Dicen que cuando le hicieron la autopsia a la mamá tenía todo deshecho por dentro, como licuado; que cuando lo quisieron llevar a los cuneros todos los niños empezaron a llorar y mejor lo regresaron a la incubadora… ¿ya sabes lo que te quiero decir?
Yo me sentía mal por el bebé, aunque me diera miedo.
Pues total, que dio la noche y para mí es bonito el turno porque cuidamos a los niños. Pero con ése ni sabíamos qué hacer. Según que una trabajadora social iba a verlo mañana para saber qué hacer con él, porque no creas, como se llevan a unos a otros nos dicen que ya no les demos de comer, o que les demos pura agua con sal. Sí, mana, cuando te lo dicen se siente feo. Pero mientras, con ése, ninguna se animaba a darle biberón. Daba miedo porque, encima, ni lloraba. Estaba muy quieto.
Pues es un niño, dije y me ofrecí para darle de comer, y ahí van todas de chismosas a acompañarme. Nos acercamos en lo que estaba listo el biberón. No lloraba pero respiraba bien fuerte, con la boca abierta, hasta pensamos que igual y le hacía daño la leche porque sonaba con flema.
Empezaron a hablar de la mamá y de cómo había llegado y todas terminaban diciendo lo mismo: que estaba muy raro, que estaba muy feo. Y en esas estaban, hablando del niño feo y que el niño feo cuando, y te lo juro por lo que quieras, el niño habló.
Primero abrió los ojos, así grandes, como de adulto ya. Imagínate a un niño así, recién nacido, abriendo los ojos y viéndonos a todas y luego hablando con una voz como rasposa o grave. Así, fue muy rápido pero para mí fue tan impresionante que creo que nunca se me va a olvidar. Ellas dicen “el niño feo”, él abre los ojos y luego nos dice “más feo está el mundo, y se va a acabar”.
Nos echamos a correr, grite y grite. Namás alcancé a ver que dejaba caer la cabecita a un lado, como si se hubiera desmayado.
Te lo juro, ahí lo dejamos, nadie lo tocó. Como no nos atrevimos a entrar, te hablamos a ti, que eres nueva, nada más para que nos dijeras qué hacía. No te rías, no estoy jugando. No, no es novatada. Ya, te pido perdón. Si estás mintiendo mejor dime, porque… ¿no había nada? ¿Segura? No me digas eso, por favor. Ni cómo trabajar tranquila pensando que a lo mejor escapó y sigue vivo por ahí.


Mario Conde
Agosto 2011