miércoles, 30 de enero de 2013

El Truco



Después de la función, no hubo poder humano que borrara la sonrisa del niño.

Se acercaba la feria en San Martín y entre los menores crecía la ansiedad por los carruseles, las canicas, los aviones, las tazas y los carritos chocones, y los padres tenían que lidiar con la euforia general. Fue una semana antes de la inauguración cuando se alzó la primera carpa, que nada tenía que ver con la feria. Apareció como si nada, de la noche a la mañana, al pie del cerro donde pastaban las cabras, atrás de las nopaleras.
“¡Un circo!” gritaban los niño al regreso de la escuela, “¡hay un circo, mamá, hay un circo!” y en todas las casas los padres asentían interesados o condescendientes, para deleite de sus hijos. En todas menos en una. En aquella donde vivía Daniel, que estaba castigado por tirarle piedras a la casita al lado del panteón, donde el velador guardaba las botellas que le entibiaban la cabeza en las noches. No era la primera vez que el niño le metía un susto al señor Jacinto, que no se había atrevido a usar el revólver con que protegía la propiedad ni siquiera para darle un susto. Sólo podía que contentarse con una mentada.
Pero la noche anterior, Daniel no había conseguido ahogar la risa cuando entraba por la ventana y despertó a su padre; iracundo, le advirtió que no se subiría a ningún juego en la feria de San Martín y luego lo obligó a disculparse con el señor Jacinto. El velador asintió, pero en sus ojos quedaba el rencor de quien pide que toda ofensa sea pagada con la misma moneda.
Cuando el niño le avisó a su madre que un circo había llegado, ésta sólo se limitó a ver a su marido.
—No —le dijo el padre—. Tú no vas.
Daniel gritó de coraje y vergüenza, le había dicho en el patio a todos sus compañeros que iba a llegar bien temprano para alcanzar un lugar hasta adelante para gritarle a los leones y que todos vieran que él no les tenía miedo.
—Dije que no, ¿oíste? —el padre subió la voz y fue tal el berrinche del niño que salió de la casa y corrió hasta las nopaleras, mientras los gritos de su madre quedaban atrás. El niño tenía la convicción de ir a la carpa a ver a las fieras y presumir de valiente frente a sus amigos.
Se metió entre los nopales para que no lo vieran por si lo habían seguido y por poco se delata con un grito de impresión cuando encontró varias gallinas muertas y secas en medio de un círculo de pencas marchitas. Luego se escurrió por el campo hasta que vio entre el paisaje gris la carpa de lona roja brillante, tan distinta de todo lo que se veía en San Martín, aún en los tiempos de feria.
Se quedó escondido atrás de un pirul, atento por si oía los gritos de su madre, pero en su lugar escuchó pasos sobre el camino terroso cerca de la carpa. Vio que un hombre muy encorvado iba jalando la cabra de don Andrés hacia el circo. “Han de traer mucho dinero” pensó el niño, pues tan bonita y gorda estaba la cabra y tanto cariño le tenía que don Andrés siempre había dicho que sólo la podía vender por una montaña de oro.
El hombre encorvado se metió a la carpa con la cabra y el niño aprovechó para acercarse. Primero dio un rodeo, buscaba el olor característico de los corrales pero toda la carpa olía a incienso y a leña quemada. Se empezó a poner nervioso y decidió mirar de una buena vez en la parte de atrás.
Alzó muy despacio la lona del piso y pudo ver dos patas de cabra.
—¿Tú qué haces aquí? —le preguntó una voz que venía de los nopales. Daniel se asustó y dejó caer la lona. Creyó que era otro niño el que le hablaba, pero era un hombre muy pequeño, mal encarado, con la cara tiznada.
—Te hablo —le dijo el enano—, ¿qué estás haciendo?
—Nada —el niño seguía asustado.
—Quítate de ahí.
—Es que… quería ver a los leones.
—¿Cuáles leones? ¡Ándale, vete! Regresa en la noche.
—Pero no me van a…
—¡Órale!
Y el enano hizo amago de pegarle y Daniel tuvo que salir corriendo, más enojado que al principio. Ni vería leones, ni lo dejarían salir, ni se iba a enterar qué había en ese circo. El hambre le hizo pensar que lo mejor era volver a casa; no importaba el berrinche, no lo castigarían tanto como para dejarlo sin comer.
En la plaza al lado de la iglesia, un merolico flaco y alto con la cara pintada de blanco invitaba a todo el pueblo a asistir al espectáculo de la carpa roja. “¡Función única y espectacular!” gritaba, “¡magia como jamás han visto sus ojos por aquí!, ¡los mejores trucos de toda su vida! ¡Una sola noche!”, y otros enanos de ropajes bufonescos repartían volantes con el anuncio florido y decorado de “El gran D”.
El niño siguió de largo hasta el camino de terracería en el que, unos metros más adelante, estaba su casa. Tenía ya en la boca la disculpa ensayada de siempre cuando vio en la puerta a sus padres hablando con otro merolico. Por la naturaleza de sus ademanes, adivinó que intentaba convencerlos de asistir a la función; les dio uno de los volantes y se despidió con una exagerada reverencia a la que los padres del niño no contestaron.
El hombre se volvió hacia Daniel y le sonrió bajo un delgado bigote que se enroscaba en las orillas y luego se alejó con graciosos pasos de cojera. El niño creyó que sus padres estallarían en reclamos al verlo, pero sólo miraban con atención la propaganda de “El gran D”.
—¿Qué pasó? —preguntó el niño.
Su papá lo miró un momento, como si buscara la expresión exacta. Movió el bigote y luego entró a la casa.
—Vete a cambiar.
El niño corrió emocionado a su cuarto.

Las calles del pueblo se llenaron de gente por la tarde. La excitación no era normal en San Martín y menos las prisas. Los vecinos no iniciaban sus acostumbradas pláticas; un saludo con la cabeza bastaba para seguir su camino y llegar antes que los demás, todos querían alcanzar un buen lugar. No faltaron los codazos, las mentadas, los ancianos que batallaban con su bastón mientras los más jóvenes les tomaban ventaja. Una muchedumbre inusitada que no sabía cómo reaccionar ante sí misma. Todo el pueblo iba seducido por el misterio, enajenado en la duda.
Desde lejos podía verse la luz roja que salía de la carpa, las nopaleras se ensombrecían y dejaban ver sus espinas negras sobre un fondo nebuloso y carmesí. Los ansiosos espectadores formaron en la entrada una fila tan larga que muchos aseguraron que no había alma en San Martín que no estuviera ahí. Tal vez por cómo la luz movía las sombras o porque era una noche particularmente oscura, pero Daniel le pareció que la carpa estaba más grande que en la tarde.
Unos monstruillos humanos envueltos en túnicas cafés sostenían linternas sordas a lo largo de la fila e iluminaban con llamas verdes las caras de los fascinados pobladores. El hombre encorvado que el niño había visto más temprano hacía sonar un organillo con música festiva y monótona, mientras un trío de urracas bailaban de sus hombros al instrumento y de regreso. La luz que salía de quién sabe dónde proyectaba las sombras del público contra la pendiente del cerro. Entonces escucharon la campana de la iglesia.
Muchos se vieron entre sí con culpa. “Sí’s cierto” decían las señoras, “si era a l’hora de misa”. En medio de la emoción de la carpa, habían quedado ciegos a su rutina; hasta doña Remedios, que recogía las limosnas, estaba ahí. El padre debía estar sólo en su capilla. Alguna voz preocupada en defensa de la costumbre, preguntó a uno de los monstruillos humanos si la función terminaría antes de la misa de las diez.
—Cálmese, sí llega —respondió a través de la capucha, para consuelo de las devotas.
Casi de inmediato se abrió la entrada de la carpa, el organillo sonó más aprisa y los excitados pobladores se empujaron para entrar.
—Todos caben, despacio. Todos caben —decía con voz aguda el enano que había corrido a Daniel en la tarde. Éste tuvo el impulso de acusarlo, “¡él me quiso pegar, papá!” y así vengarse de cómo lo habían tratado, pero habría tenido que dar explicaciones de a dónde fue tras su berrinche. Prefirió fingir un estornudo cuando pasaba a lado del enano y aprovechar para escupirle en la cara. Mientras el hombrecillo se limpiaba con la manga, Daniel sorbía la nariz con una sonrisa de satisfacción.
La tibieza de la carpa contrastaba con el frío del sereno en el cerro. El pueblo se sentaba con actitud ceremoniosa; cuando todos estuvieron dentro, el lugar se sumió en un silencio que sólo rompía el organillo afuera y el rechinido de las gradas cuando la gente se acomodaba. El metal y la madera aguantaron el peso de toda la audiencia; no faltó ni sobró un solo lugar.
La carpa se cerró, el organillo dejó de sonar y los monstruillos apagaron sus linternas de flama verde. La música de tambores, cajas y chirimías se impuso dentro de la carpa.
Una columna de humo se formó en el centro del escenario y de ella salieron dos manos enguantadas que la disiparon, dejando ver una cara pálida como la cera que sonreía ampliamente bajo el delgado bigote enroscado en las orillas. Y sin mediar palabras, el Gran D inició su acto.
Con un movimiento de su mano formó un círculo de fuego en la pista, el cual apagó de un soplido. Sacó flores de sus mangas y pañuelos de sus bolsas; erigió una torre de copas de cristal; luego sirvió vino en una y la usó para llenar otra copa más, sin que la primera perdiera, en apariencia, ni una gota. Dejó sus bigotes marcados en un lienzo cuando se lo puso en la cara; congeló el agua con tocarla e hizo bailar las flamas de un montón de velas rojas.
La extasiada audiencia miró embobada todos los trucos del Gran D y el mago disfrutaba de su público cautivo, aunque de vez en cuando tenía que hacer una seña para indicarles que podían aplaudir, cosa que todos hacían de muy buen gusto tras salir de su estupor.
Pero Daniel no aplaudía. Al ver a sus compañeros de la primaria quiso llamar su atención abucheando al mago, hablando cuando el gran D pedía silencio y soltar una trompetilla cada vez que el mago se inclinaba; pero nadie hacía caso de los juegos de Daniel, ni sus padres ni los otros niños, todos estaban hipnotizados por las ilusiones del mago. Daniel miró al público con desprecio: ellos creían que todo aquello era magia y sólo él sabía que eran trucos sencillos en los que caía la gente tonta. El aro de fuego podía prenderse con alcohol, que se quemaba rápido; el vino podía ser una copa pintada; las flores no eran difíciles de ocultar; los bigotes debían tener tinta… todo debía de ser algo, todo se podía de algún modo. Todo era explicable y pensaba que al día siguiente sorprendería a los demás si explicaba con sencillez lo que ellos habían tomado por milagros.
Después de un prolongado aplauso, el Gran D hizo una pausa; se quedó muy serio, incluso podría decirse que molesto; luego volvió a sonreír y aplaudió dos veces con gesto magnífico; sus asistentes le llevaron un gabinete del tamaño de una maleta grande. Por todo lo largo tenía escrito con una caligrafía exótica “La Puerta” y dibujos de planetas, estrellas, flamas, cabras, murciélagos y gatos.
—¿Quién quiere ser parte del mayor truco de esta noche? —proclamó el Gran D con voz festiva—. ¿Quién es el valiente que me ayudará a mostrar los prodigios de “La Puerta”?
Y el público embobado no contestó. Después de varios segundos de inmovilidad, sólo una manita se alzó entre todos. Daniel quería ser partícipe del engaño. Sabía que el Gran D lo haría desaparecer y pensaba desenmascararlo a mitad del truco. Imaginó la admiración de sus compañeros de escuela, las risas de burla del público, la humillación del mago farsante y sonrió con malicia.
El Gran D le devolvió la sonrisa muy complacido. Pidió un aplauso para el niño y mandó a los monstruillos a que lo ayudaran a bajar de su lugar. Cuando bajaba el último trecho, el niño se volvió a sus padres. Éstos sólo atinaron a saludarlo, entre alegres y confundidos.
Los monstruillos abrieron ambas puertas del gabinete y el niño entró. Sintió el olor de la madera pintada y cómo se le había impregnado el humo del incienso; donde pisaba estaba lleno de polvo y piedritas y era, en verdad, un gabinete en el cual apenas podía entrar un niño tres dedos más alto que él, como si hubiera sido hecho a la medida. La gente lo observaba con interés y por un momento el niño tuvo el impulso de saludarlos, pero la cara del Gran D apareció frente a él, con la sonrisa más extraña que el niño hubiera visto jamás.
—¿Listo?
El niño asintió seguro, ansioso de poner en marcha su plan.
—Listo.
El Gran D, tras un gesto teatral, cerró las puertas del oscuro gabinete.
Nada estorbó el truco, ni el resto de la función.

El niño volvió a su casa con una amplia sonrisa. Sonreía mientras sus amigos lo veían con admiración. Sonreía cuando sus padres le platicaban que el Gran D había girado el gabinete después de cerrarlo y que cuando lo había vuelto a abrir él ya no estaba, y que al repetir el movimiento, de manera inexplicable, había re aparecido cubierto de una fina capa de polvo blancuzco. Sonreía mientras veía los últimos trucos que siguieron al suyo. Sonreía escuchando el organillo.
Incluso sonreía cuando se fue a acostar y cuando durmió. Y cuando le preguntaban cómo había hecho ese truco el Gran D, no decía nada y sonreía.
Al día siguiente la carpa desapareció tan rápido como fue levantada. No se escucharon más las voces de los enanos ni la música del organillo y don Andrés se quejó con los vecinos y el padre de la iglesia. Varias de sus cabras habían sido robadas, entre ellas, su favorita. Otros vecinos también se quejaron de que habían perdido animales. Don Hilario encontró muchas de sus gallinas muertas, con el pescuezo roto y sin sangre. Y en todo San Martín se encontraron más pencas marchitas que de costumbre.
Pero nadie tan preocupado como los padres de Daniel, que pedían ayuda para el pequeño enfermo pues desde ese día, no había soltado palabra ni había dejado de sonreír. Y el niño no dejó de vagar por el patio de la casa, sonriendo, sin saber por dónde caminaba.
Tratando de hacer memoria, los padres del niño no podían recordar con claridad lo que había pasado antes o después de la función, ni siquiera qué los había impulsado a ir. Sólo recordaban claramente el truco y haber visto a su hijo como parte del espectáculo. Llenos de interés, un día le preguntaron “¿cómo fue?, ¿qué había en La Puerta?, ¿qué viste?”. El niño miró al vacío minutos enteros y luego se soltó a llorar. Y lloró y no podía dejar de llorar y tampoco podía dejar de sonreír. Tenía los ojos rojos e hinchados y llenos de angustia, pero no dejaba de sonreír y aún sus sollozos se escuchaban como risas y conforme el llanto era más fuerte, más histérica e insana se oía su carcajada, mientras su mirada pedía consuelo.
¿Qué cosas se verán cuando uno se pierde en una puerta que va a dar al vacío, o cómo correrá el tiempo ahí, donde un segundo puede durar semanas? Nadie puede decir qué horrores hay en otro mundo, ni cómo se verá el cielo desde el infierno; cómo será estar encerrado donde los pies no tocan tierra y uno no se mueve, al lugar donde van todos los gritos del mundo y viven las cosas que sólo se pueden imaginar y ocurren las cosas en las que no queremos pensar; o cómo se verán los ojos del diablo cuando le han visto las patas; ni qué imágenes, colores y sonidos desafían a la mente y la realidad. Daniel lo sabe y no lo puede decir, sólo puede llevar con él la sonrisa trabada de los locos.


Mario Conde
Mayo 2011

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