martes, 19 de febrero de 2013

Gestación



GuiMemo dice: Tú y tus mamadas, Pinocho.
AlFonZo dice: ¿Te da culo?
GuiMemo dice: Me das más miedo tú, puto. A huevo que es de esas páginas donde sale de repente la foto de la del Exorcista gritando.
AlFonZo dice: Yo pensé lo mismo, hasta le bajé a las bocinas. Pero neta que no, aunque sí saca de pedo, ¿eh?
GuiMemo dice: ¿Y de qué trata?
AlFonZo dice: Es de agarrar unos puntos pero sin tocar el cuerpo, sino te regresan. Está bien putas difícil.
GuiMemo dice: ¿Y qué tiene de chingón?
AlFonZo dice: Aguanta.
Guillermo se recargó en la silla y el bostezo llenó su cuarto de paredes tapizadas con grupos de metal y caricaturas japonesas. Derretía a lengüetazos un chocolate en la mano izquierda mientras la otra, a modo de titiritero, paseaba una flecha en mundos intangibles y cercanos. Una página tras otra del navegador le distraían el sueño por el puro gusto de llenarse los ojos de imágenes ridículas (gatitos tocando el piano, bebés enseñando el dedo medio, extraños productos chinos) o de noticias de amigos desconocidos y vidas sin importancia mas no por ello menos interesantes.
Mordió el chocolate cuando las bocinas le anunciaron que Alfonso había mandado un nuevo mensaje.
AlFonZo dice: Ahí te va la voladora.
Y le seguía una sucesión de letras, números y signos en color azul claro. Guillermo reconoció el nombre de un foro en línea donde adictos a los videojuegos intercambiaban claves, trucos y puntuaciones, y donde él se había hecho una reputación como jugador consumado a sus escasos trece años.
Un clic después, la dirección electrónica en azul reveló una justificación a la insistencia de Alfonso: “Gestación, el juego maldito” era el encabezado de letras rojas seguido de un pseudo artículo de ortografía deplorable donde se describía, con redacción confusa, un fenómeno viral de los juegos en línea.
A Guillermo le dio flojera leerlo todo, pero en resumen se calificaba a Gestación de “imposible” y que el mismo diseñador del programa refería que “nadie debería terminarlo”.
GuiMemo dice: Qué huevos, ¿no?
AlFonZo dice: Cuánto a que se te abre.
GuiMemo dice: No salgas con una de tus jaladas, ¿eh?
AlFonZo dice: Por tu hermana que no.
En la ventana de conversación apareció una nueva dirección electrónica: la del dominio del juego. Guillermo repasó algunas líneas del artículo; cuando encontraba algo en internet calificado de “maldito” siempre eran hipótesis absurdas y leyendas urbanas plagadas de lugares comunes: el Diablo programando en internet, satanistas que escondían mensajes subliminales, brujos que cargaban símbolos prohibidos o fantasmas que viajaban en correos electrónicos, por decir aquellos que a Guillermo le parecían un poco más imaginativos.
Pero no era el caso de este juego. La supuesta maldición recaía sólo en las palabras de su programador.
“Nadie debería terminarlo” releyó. La ventana de conversación le indicaba que el último mensaje había sido recibido a las 22:51 horas. El orgullo virtual que ostentaba como jugador experto en las redes sociales alimentaba la sed del reto. Dejó la luz encendida, puso el seguro a la puerta, se acomodó en la silla, limpió la base del ratón y probó la precisión del puntero.
GuiMemo dice: Cámara. No me interrumpas.
AlFonZo dice: A huevo. Ahí me dices si lloras.
Un clic sobre la dirección y una nueva ventana ocupó el total de la pantalla y la oscureció. Guillermo se echó para atrás con el pulso acelerado, seguía temiendo la clásica broma de la fotografía gritando pero lo único que apareció fue un círculo blanco, si es que podía llamarse círculo con sus líneas de pixeles gruesos; las bocinas hablaron con una armonía monótona y de pobre calidad, más antigua que los primeros videojuegos que el muchacho había jugado en su vida.
Poco a poco, el círculo se pintaba de rojo, graduándose un tono por segundo. Guillermo resopló con ironía; seguramente Alfonso, acostumbrado a las gráficas tridimensionales y al sonido en alta definición, se había asustado por una programación tan básica. La música de ocho bits era menos variada, reiterativa, a ratos desesperante, pero definitivamente no era sobrenatural.
Cuando la melodía se detuvo y el círculo estuvo completamente rojo, dio otro clic sobre él; el fondo negro se aclaró súbitamente, sobre el blanco cegador aparecían una a una las letras negras rezando las “INSTRUCCIONES”:
1. No toques la piel.
2. No sueltes el botón izquierdo del ratón.
3. No bajes el volumen.
4. Espera a que el pulso se acelere.
5. Juega tres noches seguidas para terminar.
Al final, un guión parpadeaba bajo la leyenda “nombre”. Guillermo escribió Drago, cosa que hacía siempre como primer ritual de todos sus logros en videojuegos, pero al pulsar Enter chasqueó la lengua con incredulidad. “Nombre incorrecto. Escribe tu nombre.” Escribió Drago otra vez y el resultado fue el mismo. Seguramente alguien ya se había registrado bajo el mismo nombre. Pero tampoco aceptaba Drago1, DragoX, Neo, M, GuiMemo ni ninguna otra variación que alguna vez había usado. F5, actualizaba la página y lo devolvía al mismo punto, aún si salía y volvía a entrar la página le demandaba poner su nombre. Guillermo. Cuando pulsó Enter en esa última prueba la pantalla volvió a ser negra y apareció una leyenda en letras blancas: Nos enviaron aquí a vivir, pero no nos dieron un hogar.
Las letras formadas por gruesos cuadros blancos duraron lo justo para leerlas. En la pantalla apareció la silueta mal dibujada de líneas blancas que delimitaban un cuerpo humano y dentro de éste, en cuadrículas grises, dos masas palpitaban al mismo tiempo, una en la cabeza y otra en el pecho. Cerraba el cuadro una sonrisa cuadriculada y dos puntitos mirando al jugador.
Las bocinas repitieron el pulso monótono, ni siquiera podía decirse que fuera una canción, tres o cuatro notas que no distaban unas de otras y un zumbido constante, acompañadas de un tono más agudo que golpeaba dos veces a cada latido del corazón.
Al primer clic aparecieron algunos puntos dentro del cuerpo, centelleantes como estrellas lejanas, que comenzaron a moverse por el interior del cuerpo; excepto el del puntero que el jugador controlaba al centro, que era rojo.
“No soltar el botón izquierdo” se repitió Guillermo.
Probó la sensibilidad del movimiento y con los reflejos agudos de experiencia, detuvo el punto apenas un milímetro antes de tocar la silueta que, pensó, debía ser la piel.
“Ni tocar la piel.”
Con precisión quirúrgica, Guillermo acercó el puntero rojo a uno de los puntos. No hubo cambio en los latidos.
“Espera a que el pulso se acelere, ¿no podían hacerlo más difícil?”
Probó con otro punto y el agudo del corazón vibró con prisa.
Uno a uno, buscó los  puntitos que aceleraban el pulso y los iba “comiendo”, hasta que en el último ocurrió el miedo que había dejado atrás. Apenas lo tocó, un chillido doloroso hizo vibrar las bocinas y la pantalla fue remplazada por la fotografía en blanco y negro de un niño recostado en posición fetal, vomitando lo que parecía una inmensa tripa negra. Guillermo golpeó la silla con la espalda y cerró los ojos, mentándole la madre a Alfonso. Una voz aguda y ronca se abrió paso entre el resto del ruido. “De-re-cha” dijo con el tono de las grabaciones que se reproducen al revés.
Apenas se hizo entender, el ruido dejó lugar a la musiquilla monótona y la fotografía desapareció, cuatro flechas blancas tomaron su lugar en la pantalla negra. Guillermo parpadeó antes de reírse mientras recuperaba la respiración.
“No se puede bajar el volumen. Puta madre”
Tomó el celular y le mando un mensaje a Alfonso: “Pinche susto que me metió, cabrón. Si ya sabía.”
Para evitar una interrupción paterna, cambió bocinas por audífonos y leyó el “jajajajaja XD” de respuesta que mandó Alfonso. Presionó la tecla Derecha y se repitió el mismo inicio de nivel. Si todos somos eléctricos, ¿hay un modo de conectarse con mamá? Otras luces parpadeaban en el dibujo y se movían un poco más rápido. Cuando quedó la última, Guillermo se apartó un poco los audífonos y se preparó para cerrar los ojos, sólo alcanzó a ver un manchón de la nueva fotografía y esperó la nueva indicación de la voz que parecía decir en reversa “Iz-quier-da”. Empiezo a sentir que sería un buen lugar. Un nuevo elemento apareció en la pantalla, un temporizador en cuenta regresiva, cinco, cuatro, tres, dos, uno y apareció la cara de una niña en la pantalla, como un parpadeo, con los ojos en blanco y la boca abierta en un gesto de dolor. Cada que el contador llegaba a cero una nueva cara aparecía acompañada de un pitido como el que usan en la televisión para censurar el lenguaje.
“El Pinocho porque es puto” pensó Guillermo y con voluntad de hierro mantuvo presionado el ratón. Tocó cada uno de los puntos centelleantes ignorando las caras que aparecían, todas con la misma posición y gesto, pero los niños variaban. Terminó el nivel y de nuevo una foto que no se atrevió a ver mientras la voz le indicaba “A-ba-jo”. Una vez más y dormiremos calientitos.
A las caras se había agregado algo que les salía por la boca, como las patas largas de un cangrejo. Guillermo frunció el ceño con ardor en los ojos y los talló mientras tocaba puntos cada vez más rápidos. El puntero había crecido al triple de su tamaño y la silueta dibujada varió su posición, su sonrisa se volvió una expresión neutra.
Un calambre amenazaba con debilitar el dedo que mantenía el juego activo y con la mano izquierda masajeó el antebrazo mientras las caras que vomitaban patas asaltaban monótonamente la pantalla. De nuevo los chillidos cerraron el nivel pero la voz inexpresiva y aguda no señaló ninguna dirección. Guillermo vio, por un segundo, la última fotografía. Un niño recargado sobre una silla lloraba mientras algo desde su interior le levantaba la piel del estómago.
Hasta mañana rezó el juego y la pantalla se cerró.
Con los nervios crispados y una palmada de triunfo, buscó a Alfonso.
GuiMemo dice: Ahí está, cabrón, ya acabé.
AlFoNzo dice: ¿Verdad que está culero?
GuiMemo dice: A ver cómo se pone mañana.
AlFoNzo dice: ¿Lo vas a jugar otra vez?
GuiMemo dice: Pues eso decían las reglas.
AlFoNzo dice: No chingues. Está bien culero.
GuiMemo dice: Vas a ver que lo acabo, puto.
AlFoNzo dice: No mames que neta lo vas a volver a jugar.
En la dirección electrónica del juego sólo aparecía otro temporizador en gráficos de ocho bits, indicándole que no podría volver hasta veintitrés horas y cincuenta y siete minutos después.

Una nueva noche. Cerró la ventana de diálogo. Flexionó los dedos de la mano derecha, los hizo tronar con el pulgar. Entró a la dirección del juego, apareció el mismo círculo blanco y cuando se pintó de rojo, saltó la fotografía de un niño recargado contra un inodoro repleto de algo muy oscuro. Guillermo rió con asco y esperó la indicación.
A-rri-ba. Disculpa, es mejor comer que ser comido. Las imágenes que aparecían cuando el tiempo llegaba a cero esta vez eran tomas en distintos ángulos de niños que habían defecado en el suelo. Con el chillido, el asco de Guillermo suplantó la gracia morbosa. “De-re-cha”, Estoy creciendo de hambre. La silueta por la que se movían los puntos estaba cada vez más torcida, cambió la indiferencia por una tristeza de caricatura, líneas de cuadricula gruesa en ocho bits que daban a entender un sufrimiento que Guillermo podía sentir en el estómago mientras combatía las imágenes y los calambres. Tú me vas a querer, ¿verdad, mamá? “Iz-quier-da.” ¿Nos vas a querer a los dos? “A-ba-jo.” Mejor salir y llorar en lugar de reventar. “Iz-quier-da.” Tú nos escogiste como familia.

Guillermo faltó a la escuela por fiebre.
AlFonZo dice: ¿Qué pedo?, ¿estás bien?
GuiMemo dice: Namás me enfermé, Pinocho.
AlFonZo dice: Estuve leyendo del pinche juego.
GuiMemo dice: Ay, no mames.
AlFonZo dice: Has de estar enfermo por él, cabrón. Vas a ver. No te vayas a morir, ¿eh? Sino, ¿quién me pasa la tarea?
Guillermo ignoró la preocupación de su amigo que, sabía, en el fondo era genuina. Pero Alfonso era un paranoico. Cerró la ventana de diálogo y abrió la dirección del navegador, no sin antes abastecerse de refresco, agua y dulces para contrarrestar el asco.
La primera imagen fue la de una niña que se tapaba la cara. Frente a ella algo como una langosta cubierta de lodo estaba patas arriba. Las otras fotografías compartían, de nuevo, su patrón: ahora niños y niñas en camas de hospital con la boca rasgada o con una mancha de sangre que les brotaba de entre las piernas.
El nuevo puntero tenía forma de un bicho con dos cabezas no muy grande y cada vez era más difícil esquivar los puntos blancos, que circulaban libres por el cuerpo. Pero él era un jugador experto. Respiraba más fuerte, se le acabó el refresco y tomó agua, masticó chocolates y entretenía la cabeza en recuerdos de caricaturas y bromas con los amigos. El fondo de la silueta empezó a parpadear en rojo y verde y Guillermo sintió náuseas y mareos.
Hasta que en uno de los chillidos, mientras escuchaba la orden “A-rri-ba” con la mano frente a los ojos, alcanzó a ver algo que lo desconcertó, pero reaccionó muy tarde, la pantalla era negra de nuevo. Estaba seguro de que la última fotografía era la de alguien sentado con la mano extendida en una mesa y los ojos cubiertos por la otra mano. El juego esperaba, Guillermo quiso convencerse de que había sido su reflejo en la pantalla y mientras se masajeaba el antebrazo dudó en continuar.
No había en toda la red ni un solo video, testimonio o imagen de que alguien hubiera terminado Gestación. Se vio a sí mismo como tema principal en el foro de jugadores, con varios fanáticos en las redes sociales; imaginó una crónica escrita por él y copiada en centenares de blogs donde contaba una experiencia traumática con Gestación y que la había sobrellevado mejor que nadie. El primero en algo, en lo único que se sabía bueno.
Presionó Arriba. Si hubieras puesto atención, ya lo habrías dejado. “A-ba-jo”. Gracias, te necesitábamos. “De-re-cha”. ¿Ya nos oíste llegar? ¿Ya sabes dónde estamos? “A-ba-jo”. El teléfono celular sonó dos veces, pero las llamadas de Alfonso quedaron perdidas. Guillermo se sentía enfermo con la fiebre, el asco, la mano tensa y los ojos quemados por relámpagos de imágenes incomprensibles. Temió a la fatiga, a la epilepsia, al síndrome de túnel carpiano y otras afecciones que tanto había oído mencionar en los foros.
Pero llegó el nivel en que, al tocar el último punto parpadeante, ninguna fotografía apareció. Sólo una nueva leyenda: Somos dos. Siempre llegamos en pares. El dibujo del cuerpo volvió a aparecer, ya ningún cuadrado marcaba el lugar de sus ojos y una mancha de pixeles crecía en su boca abierta y torcida mientras el fondo parpadeaba en verde y blanco. El insecto de dos cabezas que Guillermo controlaba se dividió y una viajó hasta la boca del muñeco. La otra, bajó a la entrepierna. La música de pobre calidad se aceleró y sonó en agudos desconcertantes. Un mensaje de Alfonso iluminó el celular y Guillermo lo tomó por instinto.
La animación cesó y en la pantalla negra se leía: Gracias por recibirnos, te queremos mamá. Pero Guillermo no estaba en el cuarto para leerla, había corrido al baño presa de un ataque de vómito. Los ojos giraban enloquecidos tratando de enfocar cualquier cosa, deslumbrados hasta la ceguera. A cada arcada su boca se retorcía de dolor mientras un reflujo ácido le hacía sufrir ardor en la garganta, un ardor que le creció por las comisuras y le abrió heridas en los labios.
Cuando tuvo un segundo para respirar, se apartó del inodoro con más miedo que asco. Algo se removía entre el agua oscurecida por los despojos de comida chatarra, algo con muchas patas largas que movía con lentitud. Guillermo empezó a llorar, el estómago no dejaba de dolerle. Tomó el celular para llamar a Alfonso y lo primero que vio fue su mensaje.
“¡No termines el juego, no es que nadie lo haya acabado, los que lo terminan no lo cuen[faltan algunas palabras en el texto]”.
No hacía falta terminar de leer. Guillermo lo sintió todo dentro de él mientras el pánico lo abrumaba igual que el retortijón en el estómago; sintió la urgencia de la diarrea en un ardor que se le asentaba en el colon y que crecía, crecía, crecía.

Mario Conde
Noviembre 2011

lunes, 11 de febrero de 2013

Un juego



Una camilla pulcra de sábanas perfectas espera el milagro luminoso de la ingenuidad. Largas y rígidas líneas centellantes se cuelan por el encaje de las cortinas y limpian todo lo que tocan y alumbran. El silencio no discute con interrupciones.

Vane y Susy jugaban a que sus muñecas de hermosísima piel brillante reían en un edén perfecto de lujos y privilegios como la vida misma de las niñas, cuyas cuatro manos no se daban abasto para llenar de gracias la pequeña ciudad montada en su habitación de princesas. Ordenaban las repisas como rascacielos y con cuadernos para colorear y joyeros de fantasía fabricaron unidades departamentales de montones de bellezas plásticas que sonreían permanentemente, como agradecidas por los bienes que sus manipuladoras les regalaban con risitas amables y encantadoras.
Las muñecas cepillaban las melenas rubias de sus juguetes y llenaban de afeites las mejillas blancas y esponjadas de tanta alegría. Las hacían comprar vestiditos que les probaban frente a los múltiples espejos de las paredes para después pasear sus encantos por las amplias calles de loza blanca en un modesto convertible rosa a escala.

Guantes níveos de tafetán esperan entre una jarra diamantina de tan pulida y una caja nueva de aspirinas (dentro del cartón impecable, en tabletas de aluminio liso, las pastillas apuntan la línea de sus cuerpos en la misma dirección).

Todo lo que las niñas deseaban les era concedido apenas trinaban las agudas y enternecedoras órdenes a sus padres. Desde un helado hasta una nueva habitante, de accesorios plásticos a escala hasta ropa de moda para ellas, nada se les negaba.
Por eso organizaban lujosas fiestas cada que una belleza se unía a la familia que ya se contaba por docenas y hablaban de lo bonitas que se eran y lo mucho que habían comprado y cuánto se querían.
Por ejemplo, se organizó un coctel en el jardín, con piscina inflable incluida, el día que llegó a la ciudad una nueva habitante en su cápsula acartonada con soles estampados en fondo rosa; la recién llegada presumía la moda de las playas más idílicas y casi podían olerse las sales marinas dentro de la caja.
Lo mismo fue cuando llegó aquella muñequita envuelta en los retazos de edredón de un moisés diminuto. Vane y Susy se desvivían por atender a quien les aprendió la exigencia de los infantes hermosos y únicos.
O cuando llegó, en un avión de lujo y con foquitos, una rubia en traje sastre hecho a la medida cargando un bolso-portafolio de piel genuina. Las niñas imitaron a su amorosa madre y jugaban a hacer llamadas importantes, apurar documentos incomprensibles y tomar con el meñique alzado, en tacitas de vajilla china, tés de aromáticas yerbas relajantes.

Un tintineo de plata se apoya en el buró de caoba barnizada con bajorrelieves de corazones. Una mascada de seda con viso perlado estrena su misión de tapabocas y transmite perfumes cítricos y limpios de tan frescos. Todo reposa entre la quietud del aire que acaricia desde el pañuelo desechable más suave hasta la flor de plástico estridente.
Un pestillo broncíneo se descorre y abre paso a la imagen de un camisón violeta que levita a un respiro de distancia sobre la loza blanca.

Susy gritó llena de emoción el nombre de su hermana un día frente a la televisión. Las dos se agitaban de contentas en el sofá de tapizado vainilla mientras en la pantalla la atractiva voz de un presentador resumía las características de un nuevo juguete que dos niñas (apenas igual de felices que Vane y Susy) cuidaban con interés artificial.
Acostumbradas por su vida, ordenaron con sonrisitas de porcelana el favor de sus padres apenas los vieron llegar a casa.
Un cómodo viaje en los asientos de piel del Cadillac de papá, luego cruzaron el umbral de puertas de cristal que abrieron al primer paso de la familia. El cortejo, acompañado de una muñeca doctora y otra enfermera, hizo resonar las suelas finas en los azulejos nacarados del centro comercial, viaje sin escalas hasta la tienda de puertas de arcoíris y chillantes paredes fucsias.
Recorrieron estanterías y mostradores. Una sala de maternidad en rosa y cartón que les mostró a la que sería la próxima y más consentida habitante de la ciudad.

Las sábanas hipoalergénicas se hunden bajo el peso de la inocencia. La tibia suavidad de un capullo de algodón espera bañarse de limpieza y frío. Una camisola blanquecina se desliza gracias a las pantuflas almidonadas que ostentan las orejas de un conejo de sonrisa abultada.
El aire se alegra con agudas risas de hilos áureos, la bandeja de plata refleja un par de manos vistiéndose de tafetán y luego cumple su misión de ofrecer un catálogo de cuchillos diamantinos.

A la ciudad llegó una nueva princesa que merecía el orgullo y la atención de las demás. Casi dos horas tomó preparar un desfile adecuado, con todas las profesionistas y diletantes sonriendo desde sus ventanas y saludando con un gesto inmóvil a la muñeca de ropa holgada y ojos brillantes. La prominencia que decoraba su vientre prometía, en una pequeña cápsula flexible, el retoño de alegría femenina.
Sobre la cama perfecta, Vane y Susy revisaron el complejo funcionamiento de la mujercita, sintetizado en dos agarraderas cerca de las costillas. La piel enternecedora del estómago abultado se removía y dejaba ver al infante de juguete, un feto de expresión tranquila que reposaba sus dos manitas sobre el pecho, más limpio y puro que las consciencias que lo miraban.
Tuvieron que pensar largo rato cómo se podía hacer un juego digno para tal recibimiento.

Cabellos de niña rubia se convulsionan entre risas, un algodón patina con alcohol sobre la piel elástica y blanca de la esperanza. Dos corazones llenos de euforia tratan de contener la emoción para que nada enturbie el proceso. Son dos mujercitas funcionando conforme a lo que dicta la naturaleza.

Vane ganó el “piedra, papel o tijeras” dos veces consecutivas y Susy la abrazó con un agudo “¡felicidades!”. El sueño de todas, como les había dicho su madre, era algún día vivir la alegría de la maternidad.
La ciudad aplaudió la decisión y a manera de audiencia, abarrotaron las ventanas de los edificios que se volvieron un aparato más del enorme cuarto de hospital en que convertirían el mundo que juntas crearon.

Un filo argénteo brilla con firmeza en la mano infantil de uñas perfectas y pintadas de rosa. El alcohol expide su perfume a limpio y asegura la higiene del recién llegado.
Cientos de ojos alegres contemplan el instante en que el filo punza la carne y un quejido leve se acalla antes de llegar a ellos. Dos hermanas se toman de la mano y aceptan las responsabilidades de cuidar a una criatura.
El cuchillo repasa la piel con excesiva velocidad mientras un horizonte rojo brillante se traza y escurre sobre las sábanas pulcramente planchadas. La risa ya no encuentra lugar entre las perlas de leche y ahora unos quejidos inocentes claman por la tregua. Una convulsión dolorosa hace que la paciente del camisón violáceo se incorpore y apresure medio filo dentro de su vientre hasta ahora virgen. Notas agudas de soprano dolida llenan la habitación y las muñecas contemplan maravilladas el concierto de la mancha roja sobre el fondo blanco.
La paciente se levanta de golpe con la gracia de las sílfides y la improvisada doctora agita sus guantes de sangre; intenta, en vano, recuperar el instrumento que se desliza con un tajo y abandona el cuerpo de ternera confundida.
El aria que maravilla a la ciudad resulta en una alarma grotesca para los que viven en la realidad. Zapatos boleados y órdenes de pánico resuenan en las lozas de diversas escaleras. La prisa entorpece con las alfombras de simetrías persas tejidas a mano.
Con aplauso sordo las muñecas observan el milagro de la vida apagada entre tímidas convulsiones de cabello dorado, sobre un charco de cuajos violáceos, mientras los diamantes se apuran desde los ojos inocentes hasta el suelo, disolviéndose a momentos en el aire, como respiradas por demonios invisibles.

Mario Conde
Noviembre 2011