lunes, 11 de febrero de 2013

Un juego



Una camilla pulcra de sábanas perfectas espera el milagro luminoso de la ingenuidad. Largas y rígidas líneas centellantes se cuelan por el encaje de las cortinas y limpian todo lo que tocan y alumbran. El silencio no discute con interrupciones.

Vane y Susy jugaban a que sus muñecas de hermosísima piel brillante reían en un edén perfecto de lujos y privilegios como la vida misma de las niñas, cuyas cuatro manos no se daban abasto para llenar de gracias la pequeña ciudad montada en su habitación de princesas. Ordenaban las repisas como rascacielos y con cuadernos para colorear y joyeros de fantasía fabricaron unidades departamentales de montones de bellezas plásticas que sonreían permanentemente, como agradecidas por los bienes que sus manipuladoras les regalaban con risitas amables y encantadoras.
Las muñecas cepillaban las melenas rubias de sus juguetes y llenaban de afeites las mejillas blancas y esponjadas de tanta alegría. Las hacían comprar vestiditos que les probaban frente a los múltiples espejos de las paredes para después pasear sus encantos por las amplias calles de loza blanca en un modesto convertible rosa a escala.

Guantes níveos de tafetán esperan entre una jarra diamantina de tan pulida y una caja nueva de aspirinas (dentro del cartón impecable, en tabletas de aluminio liso, las pastillas apuntan la línea de sus cuerpos en la misma dirección).

Todo lo que las niñas deseaban les era concedido apenas trinaban las agudas y enternecedoras órdenes a sus padres. Desde un helado hasta una nueva habitante, de accesorios plásticos a escala hasta ropa de moda para ellas, nada se les negaba.
Por eso organizaban lujosas fiestas cada que una belleza se unía a la familia que ya se contaba por docenas y hablaban de lo bonitas que se eran y lo mucho que habían comprado y cuánto se querían.
Por ejemplo, se organizó un coctel en el jardín, con piscina inflable incluida, el día que llegó a la ciudad una nueva habitante en su cápsula acartonada con soles estampados en fondo rosa; la recién llegada presumía la moda de las playas más idílicas y casi podían olerse las sales marinas dentro de la caja.
Lo mismo fue cuando llegó aquella muñequita envuelta en los retazos de edredón de un moisés diminuto. Vane y Susy se desvivían por atender a quien les aprendió la exigencia de los infantes hermosos y únicos.
O cuando llegó, en un avión de lujo y con foquitos, una rubia en traje sastre hecho a la medida cargando un bolso-portafolio de piel genuina. Las niñas imitaron a su amorosa madre y jugaban a hacer llamadas importantes, apurar documentos incomprensibles y tomar con el meñique alzado, en tacitas de vajilla china, tés de aromáticas yerbas relajantes.

Un tintineo de plata se apoya en el buró de caoba barnizada con bajorrelieves de corazones. Una mascada de seda con viso perlado estrena su misión de tapabocas y transmite perfumes cítricos y limpios de tan frescos. Todo reposa entre la quietud del aire que acaricia desde el pañuelo desechable más suave hasta la flor de plástico estridente.
Un pestillo broncíneo se descorre y abre paso a la imagen de un camisón violeta que levita a un respiro de distancia sobre la loza blanca.

Susy gritó llena de emoción el nombre de su hermana un día frente a la televisión. Las dos se agitaban de contentas en el sofá de tapizado vainilla mientras en la pantalla la atractiva voz de un presentador resumía las características de un nuevo juguete que dos niñas (apenas igual de felices que Vane y Susy) cuidaban con interés artificial.
Acostumbradas por su vida, ordenaron con sonrisitas de porcelana el favor de sus padres apenas los vieron llegar a casa.
Un cómodo viaje en los asientos de piel del Cadillac de papá, luego cruzaron el umbral de puertas de cristal que abrieron al primer paso de la familia. El cortejo, acompañado de una muñeca doctora y otra enfermera, hizo resonar las suelas finas en los azulejos nacarados del centro comercial, viaje sin escalas hasta la tienda de puertas de arcoíris y chillantes paredes fucsias.
Recorrieron estanterías y mostradores. Una sala de maternidad en rosa y cartón que les mostró a la que sería la próxima y más consentida habitante de la ciudad.

Las sábanas hipoalergénicas se hunden bajo el peso de la inocencia. La tibia suavidad de un capullo de algodón espera bañarse de limpieza y frío. Una camisola blanquecina se desliza gracias a las pantuflas almidonadas que ostentan las orejas de un conejo de sonrisa abultada.
El aire se alegra con agudas risas de hilos áureos, la bandeja de plata refleja un par de manos vistiéndose de tafetán y luego cumple su misión de ofrecer un catálogo de cuchillos diamantinos.

A la ciudad llegó una nueva princesa que merecía el orgullo y la atención de las demás. Casi dos horas tomó preparar un desfile adecuado, con todas las profesionistas y diletantes sonriendo desde sus ventanas y saludando con un gesto inmóvil a la muñeca de ropa holgada y ojos brillantes. La prominencia que decoraba su vientre prometía, en una pequeña cápsula flexible, el retoño de alegría femenina.
Sobre la cama perfecta, Vane y Susy revisaron el complejo funcionamiento de la mujercita, sintetizado en dos agarraderas cerca de las costillas. La piel enternecedora del estómago abultado se removía y dejaba ver al infante de juguete, un feto de expresión tranquila que reposaba sus dos manitas sobre el pecho, más limpio y puro que las consciencias que lo miraban.
Tuvieron que pensar largo rato cómo se podía hacer un juego digno para tal recibimiento.

Cabellos de niña rubia se convulsionan entre risas, un algodón patina con alcohol sobre la piel elástica y blanca de la esperanza. Dos corazones llenos de euforia tratan de contener la emoción para que nada enturbie el proceso. Son dos mujercitas funcionando conforme a lo que dicta la naturaleza.

Vane ganó el “piedra, papel o tijeras” dos veces consecutivas y Susy la abrazó con un agudo “¡felicidades!”. El sueño de todas, como les había dicho su madre, era algún día vivir la alegría de la maternidad.
La ciudad aplaudió la decisión y a manera de audiencia, abarrotaron las ventanas de los edificios que se volvieron un aparato más del enorme cuarto de hospital en que convertirían el mundo que juntas crearon.

Un filo argénteo brilla con firmeza en la mano infantil de uñas perfectas y pintadas de rosa. El alcohol expide su perfume a limpio y asegura la higiene del recién llegado.
Cientos de ojos alegres contemplan el instante en que el filo punza la carne y un quejido leve se acalla antes de llegar a ellos. Dos hermanas se toman de la mano y aceptan las responsabilidades de cuidar a una criatura.
El cuchillo repasa la piel con excesiva velocidad mientras un horizonte rojo brillante se traza y escurre sobre las sábanas pulcramente planchadas. La risa ya no encuentra lugar entre las perlas de leche y ahora unos quejidos inocentes claman por la tregua. Una convulsión dolorosa hace que la paciente del camisón violáceo se incorpore y apresure medio filo dentro de su vientre hasta ahora virgen. Notas agudas de soprano dolida llenan la habitación y las muñecas contemplan maravilladas el concierto de la mancha roja sobre el fondo blanco.
La paciente se levanta de golpe con la gracia de las sílfides y la improvisada doctora agita sus guantes de sangre; intenta, en vano, recuperar el instrumento que se desliza con un tajo y abandona el cuerpo de ternera confundida.
El aria que maravilla a la ciudad resulta en una alarma grotesca para los que viven en la realidad. Zapatos boleados y órdenes de pánico resuenan en las lozas de diversas escaleras. La prisa entorpece con las alfombras de simetrías persas tejidas a mano.
Con aplauso sordo las muñecas observan el milagro de la vida apagada entre tímidas convulsiones de cabello dorado, sobre un charco de cuajos violáceos, mientras los diamantes se apuran desde los ojos inocentes hasta el suelo, disolviéndose a momentos en el aire, como respiradas por demonios invisibles.

Mario Conde
Noviembre 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario