miércoles, 17 de abril de 2013

Líbranos del mal



Me doy cuenta de que hay demasiadas almas en esta ciudad cada vez que se abren las puertas y veo el tren atestado. Por sumarme al estorbo citadino evito que los demás pasen antes que yo y a empellones me acomodo en la puerta que mira al otro vagón.
Las voces descontentas por no alcanzar asiento me distraen del grito que el transporte guardaba. Muy tarde (cerraron las puertas) advierto la retahíla de una anciana ronca y muy vivaz, cuyo monólogo ferviente sobre “Jesús, nuestro señor” me causa un inmediato malestar. Pero su pasión me cautiva, lo escucho (soy poco tolerante, pero tolerante al fin) y atiendo a cada gesto, mirada y ademán.
Nos separa una sección de asientos, ella se aferra con la zurda al tubo mientras que la otra mano oscila entre la palma que señala a su interlocutor y el gesto lleno de piedad cada que repite “amén”, como si enseñara una biblia transparente.
“Porque yo he decidido tomarlo en mi corazón. Yo no vengo a convencer a nadie, señora, ni a decirles que están mal. Pero los veo cansados, hartos, que no viven contentos. Míreme a mí, setenta y tres cumplidos y hasta bailo, amén.”
Tiene razón y no sé qué es más gracioso: ella que atribuye su “rejuvenecimiento” a Dios o las evidencias vivas de que Él no está en todo, que la miran como trepanadas, que existen para robar aire aire, incapaces de generar una opinión.
El tren se detiene de nuevo y es una suerte que sea de transborde, el ganado se baja con prisa, si no salivan espuma es por el refresco con que enjugan sus sinsabores y que les forma una pasta blanca en la comisura de los labios con grietas; para algo tienen que usar la lengua y no va a ser para hablar coherencias. Y aunque el vagón está más vacío, afuera fluye la masa humana a empujones, otros se ríen, unos platican, alguno llora, cientos, miles de pasos. Son demasiados.
Y un segundo escándalo aborda el tren. Si la beata no era suficiente, soportamos ahora el llanto de ese niño envuelto en el sucio edredón descolorido de uso. Miro al padre atormentado de gente y calor y de hambre y hartazgo. Mejor le cedo el lugar que se acaba de desocupar; atrás de él viene la madre, en piel igual de oscura y contaminada, con el sudor pastoso y seco en el cabello y los ojos vidriosos por quién sabe qué cosa para calmar el hambre.
Me muevo hasta las puertas que no abren para que puedan pasar y es ella la que toma el asiento. Él, aún con el niño en brazos, se acomoda en el suelo, a los pies de ella y soporta algunas patadas leves con reminiscencia de bronca. Cruzo los brazos sobre el saco y tengo a mi izquierda la viva imagen del desencanto urbano y a mi derecha a la paladina del optimismo sacro.
“Por ejemplo, ¿pa’ qué bautizan a los niños? Quesque para sacarles el diablo. Ignorantes, ¿no saben que ellos nacen puros? Dios no quiere que lo amemos a la fuerza, a fuerza ni los zapatos entran, ¿o no? Déjenlos, que crezcan, que maduren y que ellos solitos encuentren a Dios, que tomen la decisión de quererlo de verdá, amén, ¿o a usté le obligan a querer a alguien? Ah, ¿verdad?”
“¡Cállate!” le dice él a su mujer en un reclamo fiero que nadie oye porque las llantas rechinan y el viento aúlla en las ventanas y alguien vende chicles y la vieja ama a Dios. Pero encima del caldo ruidoso está el llanto del niño. Me duelen los oídos. Seguro la bestiecita no tiene más de cinco meses. ¿Para qué tienen hijos si no pueden con ellos? Y que no me vengan con aquello de los accidentes, me basta esperar a que él voltee, que sepa que lo veo y (¡ahí está!) cuando cruzamos miradas puedo ver en la suya toda la historia: último año en una secundaria con leyes de reclusorio cuyo clima de apatía se disipaba con el fútbol de los recesos, una casa humilde y con “valores”, madre atenta y preocupada, amigos, mona y alcohol. Fiestas de fin de semana y el ligue a la muchacha más bonita (quién sabe bajo qué estándar de belleza). Amor libre, sexo sin compromisos y un régimen de “me vengo afuera” formaron la ruleta rusa en que hace poco más de un año les tocó la bala.
Pero él sólo mira por comprobar que lo estoy viendo y regresa al bulto entre sus brazos. Un golpe en la pierna de ella, “¡la mamila!” y con el alimento prueba suerte, a ver si de una vez se calla. “¿Para qué?”, me pregunto. Él duda y luego acomoda el biberón sobre los labios tiernos y seguramente sucios de baba y mocos. La madre los mira inexpresiva, ya ni siquiera cansada, la cara abotagada sobre el brazo que cuelga del tubo horizontal. “O los quieres demasiado, o no quieres a ninguno” pienso y ella respira, como si sólo existiera para eso.
“Yo leo mi biblia todos los días, amén” dice la anciana a un hombre que sonríe desde su asiento mientras los demás pasajeros suben y bajan, cambian de lugar, le ponen atención y la ignoran. “Déjeme le leo una parte del libro de Juan que me gusta mucho”.
Él ve a la anciana y no sé si está molesto o esperanzado. Le diría que ahí no están las respuestas pero me empieza a doler la cabeza.
 “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío; y he sido glorificado en ellos.” En los ojos de ella hay un montón de ilusiones insulsas, hasta frívolas. Promesas en vestido de quince años acerca de fiestas con cerveza y lugares para bailar muy exclusivos, el cabello al aire por la ventana de un camión entre risas que tenían mucho de inocente y nada de virginal. “Y ya no estoy en el mundo; mas éstos están en el mundo, y yo voy a ti.” Frecuente rival de su madre y adoración de su padre. Encima de todo aquello, el plan infalible de hacer un negocio con sus amistades y hacerse de mucho dinero con poco esfuerzo vendiendo artículos de belleza. Un amor de novela, ella enamorada de un muchacho cercado por dos brujas materialistas con antifaz de maquillaje. “Padre santo, a los que me has dado, guárdalos en tu nombre, para que sean uno, así como nosotros.” Varias peleas y noches llorando en el teléfono de sus amigas, hasta que el cariño se sobrepone a todo y logran consumarlo en la cama de ella.
 “Cuando estaba con ellos en el mundo, yo los guardaba en tu nombre; a los que me diste, yo los guardé, y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que la Escritura se cumpliese.” Me causa gracia que él ya está perdido en la lectura de la vieja, mientras yo estoy a nada de ponerme los audífonos. “Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos.” El biberón se sujeta sólo, movido por una boquita que sólo se detiene para volver a llorar. La mano de él agarra el alimento por inercia, no hay convicción, busca una respuesta. Y yo quiero dársela. “Yo les he dado tu palabra; y el mundo los aborreció, porque no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.”
 “¿Ya qué importa?” pienso, “¿qué podría ser lo peor?, ¿quién te va a condenar?” Entonces me ve y tiene la boca abierta (con lo que odio que la gente deje la boca abierta). Está desesperado.
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” La anciana cierra su libro, se persigna, saborea las últimas frases y repite “no ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal, amén, ¿sí entiende, señor? O sea, yo no soy mejor que usté por tener a Jesús en mi corazón, yo namás vengo a decirle que así soy feliz, ¿y usté es feliz? ¿Son felices?”
Dejo el descaro para otro momento y la carcajada que habría retumbado en la cabeza a todo el vagón se me ahoga en una especie de agrura detrás de la lengua. La anciana ha soltado la bomba y la pareja la mira con interés genuino, con las raíces de su mundo en peligro. Veo en sus caras, en sus ojos, que su respuesta es “no”. Ella busca desesperada el amor en el bulto a sus pies. Él lo está gritando en su cabeza donde se repiten, como una obsesión, las palabras de su suegro, “ahora es tu responsabilidad y te haces cargo”. Se siente el cariño impuesto y yo pienso “¿vale la pena así? ¿Todo esto vale la pena?”
“No estoy buscando que lleguen a rezar, sino que piensen tantito en Dios. Con lo que yo rezo basta pa’ todos nosotros, se lo juro. Ni lo hago por dinero, vea, salgo a las siete para vender mis gelatinas y hace apenas una hora acabé, ¿y cree que me quejo? No me falta nada, porque Jesús nuestro señor está conmigo y con usté si así lo quiere, amén.”
“Él perdona todos los pecados” pienso, “todos”. El muchacho mira el bulto entre sus brazos, cuando ve a su mujer no le encuentra los ojos, hace mucho que hay un velo de rencor entre ellos que los vuelve siluetas borrosas, manchas de lo que alguna vez sintieron.
“Si me permiten, quiero decir una oración por todos nosotros.” Suficiente para mí. Me inclino a la derecha y apoyo la mano en el tubo. Se escucha el “clink” de un anillo de plomo contra el acero inoxidable y miro a la anciana a los ojos. Entonces ella me encuentra y se detiene. Ojos como ésos, muy pocos, no retroceden aunque les eches arena, con la firmeza de las piedras de río. ¡Con qué devoción dice el padrenuestro! De verdad quiere envolvernos a todos.
Él se talla los ojos con la mano sucia, los brazos cicatrizados de malos trabajos en “la obra”, la espalda encorvada. Ella, como sea, encontrará refugio siempre en sus entrañas. ¿Pero él, que tanto le gustaba ponerse antes que todos los demás? Sólo un año de una nueva prioridad impuesta le dan a entender cómo será su vida, cómo podría ser su vida. Cómo no quiere que sea.
La vieja, terminada su oración, se persigna una vez más, los ojos aún con los míos. “Zaragoza, ¿verdad? Pues que pasen buena noche, yo hasta aquí llego. Vayan con bien a su destino y tengan buen día mañana, primero Dios.” Y comparte su sonrisa con todos menos conmigo; antes de bajar me ve con algo muy parecido al odio. Qué irónico.
Última estación de la línea. Camino a las puertas y antes de dejar el vagón, dirijo al muchacho una última sonrisa. Le inclino la cabeza. “Hazlo”, pienso. Sé que se levanta de un golpe, que sale detrás de mí dejando el biberón en el suelo, que su mujer lo toma y le grita (lo puedo oír) “¡la mamila, pendejo!”
Yo sigo mi camino. Estoy contento, fue un día productivo. A mi espalda, él se queda de pie cerca del metro, cansado, harto. Y mira el espacio entre los dos vagones, los cables, las vías. Escucho el grito de la madre, casi un forcejeo y luego los alaridos de miedo e indignación de toda esa gente en el andén. Son demasiados y yo sigo mi camino.

Mario Conde
Abril 2012

lunes, 1 de abril de 2013

Mal sueño



Encontré a la pobre criatura en el paredón de desechos de la clínica veinticinco, donde dejamos los restos de legrados e infantes cuyas deformaciones congénitas no les permitieron respirar más de cinco minutos.
            La vi temblar dentro de su bolsa y primero creí que era una rata, luego pensé que sería uno de esos casos donde dan al infante por muerto sin hacer mayor esfuerzo, pero con este ser es fácil entender la confusión. De no ser por el modo en que temblaba, ninguna otra cosa me hubiera indicado que vivía.

Había una vez un bosque al que nadie quería entrar porque decían que las arañas se daban en los árboles. Cuando éstos quedaban sin una sola hoja, las ramas se movían como juguetonas patitas cuyo único objetivo era soltarse, hasta que se desprendían y bajaban en gruesos hilos de seda. Alberto odiaba aparecer en ese bosque porque siempre terminaba cubierto por una sábana plateada y pegajosa, con cientos de ramitas que corrían por todos lados. Aunque ya no era un bebé, no soportaba las arañas, la cercanía de una era suficiente para hacerlo brincar.
Esa noche, como muchas otras, Alberto había llegado hasta ahí sin saber cómo.
Apenas abrió los ojos ya los sentía húmedos de lágrimas. Se levantó de un salto y todas las telarañas temblaron. Chillidos y traqueteos recorrieron el bosque con un zumbido que crecía y crecía y el niño adivinó que las arañas tenían hambre (si es que podían, porque aquellas que se dan en los árboles nunca comen, sólo mastican).
En una desesperada carrera, Alberto corrió y corrió lo más rápido que pudo, pero sus pies y las telarañas se hicieron una masa pastosa que frenó su carrera. Aunque en aquel bosque no había cielo —ni una nube, ni una estrella, ni la luna— todo el tiempo una luz blanca le mostraba la mancha temblorosa de arañitas que se acercaban desde lejos.
El niño trató de gritarle a sus papás, pero la voz se le ahogaba en la garganta reseca y a cada paso sus piernas se mezclaban más con la telaraña llena de lodo. No se enteró de que los insectos lo habían alcanzado hasta que sintió a los primeros treparle la espalda. Alberto tembló y se sacudió pero las arañas se le pegaban a la piel y le corrían por las piernas, el pecho y los brazos, así que se hundió en la masa-telaraña muy, muy profundo y esperó a que se fueran.

—Señor Rodríguez, ¿puedo hablar con usted un momento?
Sauerbruch llevó al hombre del traje fino lejos de su esposa, que tomaba agua compulsivamente de una botella grande.
—Tuvo una crisis. Una especie de ataque —dijo Sauerbruch y se contuvo para no sonreír. Su interlocutor parpadeó dos veces y negó confundido—. Ansiedad, al parecer.
El sr. Rodríguez tomó el pañuelo de seda que le decoraba el saco y lo llevó a la frente.
—¿Ansiedad de qué?
—Es difícil saberlo —Sauerbruch le sonrió con simpatía—, pero sabe lo que significa, ¿no?
—Que siente —dijo dubitativo el sr. Rodríguez.
—Que piensa —reveló el doctor—. Su hijo tiene actividad cerebral.
El sr. Rodríguez sonrió entre temblores. Volvió a secarse el sudor.
—Si me permite —continuó el doctor y le mostró la pulcritud del corredor, paredes blancas, lozas de mármol—. Me gustaría que lo vieran.
El sr. Rodríguez se volvió hacia su mujer que le devolvió una mirada de lástima. Ella sacó del bolso de piel un frasco de pastillas.
—Por supuesto. Dos minutos, por favor —pidió el sr. Rodríguez y el doctor Sauerbruch asintió con una sonrisa.

El peso de las arañas terminó por hundir a Alberto en la tierra. La tierra se removía bajo él y correteaba hacia los lados, como si también le tuviera miedo a las arañas o como si el terreno abriera un párpado que no tenía ojo. El bosque estaba sobre una caverna subterránea y el niño, con todo y algunas arañas, cayó por varios metros entre las sombras. No encontró mejor modo de caer que sobre su brazo y éste apuntó en la dirección incorrecta; con un crujido similar al de las ramas todos sus huesos quedaron reducidos a astillas.
Alberto se levantó como pudo, con el brazo escurrido y sin gobierno. Lo miró y lloró por mucho tiempo su pérdida; tanto lloró que pronto los habitantes de la cueva lo escucharon: todas las muñecas viejas que habían sido desechadas iban a vivir a esa cueva para hacerse compañía y peinarse unas a otras y cambiarse los vestidos todo el tiempo. Ninguna tenía ya ojos, ¿para qué los querrían en una cueva tan oscura?

Quiero ser muy claro en esto: mi interés en “Alberto” no tiene nada que ver con el morbo o el escándalo. Lo respeto tanto como a cualquier otro ser humano (como a cualquier otro ser vivo) y por eso quiero entender cómo funciona su excepcional anatomía.
            No encontré otro modo de alimentarlo que mediante sueros. Hallar una vena funcional no fue tarea fácil, mucho menos entender el resto de sus funciones corporales. Un pulmón de acero le ayuda a respirar por el orificio que —entendí muy pronto— tiene destinado para esto. La excreción es similar. En cierto modo, normal.
            Curiosamente, no es su aspecto lo que más llama mi atención, sino el funcionamiento interno: el mayor descubrimiento de mi estudio ha sido monitorear su constante y lúcida actividad nerviosa.

Las muñecas lloraron al lado de Alberto con sus cuencas vacías y le ofrecieron ayuda. Lo recostaron en la piedra y a tirones le arrancaron el brazo que no servía; el niño pataleaba y gritaba que necesitaba su brazo, que no quería andar chueco por el mundo. En el lugar del brazo quedó una mancha rojiza que las muñecas cubrieron con un brazo de los suyos y lo cosieron usando algunos de sus cabellos.
Alberto tenía ahora un brazo nuevo, pequeño, de plástico irrompible y agradeció a las muñecas, que cantaron de alegría como si cientos de puertas rechinaran en un pulso constante y simultáneo. Alberto les dijo que lo que él quería era despertar y ver a sus papás. Las muñecas giraron la cabeza y accedieron a llevarlo al gran túnel de la cueva.

La madre del paciente miraba fríamente al vacío, mientras su marido la conducía de la mano y la cintura.
El doctor Sauerbruch abrió la puerta y les cedió el paso.
Monitores, electrodos, computadoras, sueros, intravenosas, pulmones de acero con olor astringente y pulcro, blancura en un delicado orden, apéndices electrónicos que trabajaban en conjunto para que el pitido intermitente no se convirtiera en la nota prolongada que anuncia los finales.
La antesala de consolas y teclados ofrecía, a través de un cristal pulido, una visión atenuada y menos terrible del paciente sobre la cama.
—Hace poco renovamos el equipo —dijo con orgullo Sauerbruch—. Lo último en tecnología al servicio del pequeño, justo como el señor lo pidió. Por ejemplo, computadoras como ésta sólo existen siete en el mundo y tres están en Cambridge. Los neurocirujanos las  usan para medir…
—¿Por qué nos trajo aquí? —interrumpió la mujer con la voz quebrada—. ¿Para qué nos llamó?
Su marido la abrazó. El doctor Sauerbruch tragó saliva y esfumó la sonrisa sin que eso disminuyera la alegría que por mañana le hizo descolgar el teléfono y llamar a los padres de Alberto.

Incluso, podría decir que me he encariñado con el paciente. Me ayuda a sentir la fragilidad de la vida y cómo la biología no termina de asombrarnos con sus interminables variaciones.
            Estoy seguro de que sabe lo que ocurre a su alrededor. Que de algún modo me escucha, siente mi cercanía y sabe que lo cuido. Sabemos que la privación de un sentido agudiza los demás, que existen otros sentidos que apelan a la intuición, a percepciones que no hemos estudiado; hasta donde sé, el “muchacho” podría ser sinestésico, ¿qué clase de talento biológico podrá desarrollar alguien a quien se le han privado la mayoría de sus sentidos?

Las muñecas advirtieron a Alberto que en el último túnel de la caverna iría sólo, pues era un camino lleno de insectos y sombras a los cuales las muñecas temían mucho, además de la gran risa de zapatos rojos que les comía las cabezas. Pero al final del túnel estaba la luz que interrumpe los sueños.
Como estaba ansioso de ver a su papá y a su mamá, Alberto pensó que ningún insecto, sombra o sonrisa de zapatos rojos le impedirían el camino. En la despedida abrazó a cada una de las cientos de muñecas que lloraron con gemidos graves por lo usado de sus baterías; antes de entrar al túnel, éstas le recomendaron que cuando no hubiera ni una pizca de luz, hiciera con sus ojos lo mismo que ellas habían hecho. Les agradeció el consejo y entró al túnel.
Por todo lo largo de éste había ventanas a distintos paisajes. Unas a un campo de noche, otras a un cuarto con muchos dibujos en la pared, a otros túneles, cuartos de paredes blancas, montones de basura. Luego la luz dejó de llegar desde la casa de las muñecas y todo quedó sumido en la penumbra.
Al poco tiempo sintió que pisaba algo bulboso que se desinflaba bajo su pie. Cuando saltó asqueado, pisó otra cosa similar, luego otra y luego otra. Harto de no ver qué pisaba, apoyó un dedo cerca de su lagrimal derecho y empezó a presionar hacia dentro, se ayudó con la otra mano hasta que el dedo estuvo entre el ojo y la cuenca y luego jaló tan duro como pudo; con un chorro tibio y un sonido acuoso el ojo abandonó la cuenca, que ahora le dejaba ver como si la caverna estuviera llena de velas.
Entonces se reveló el suelo cubierto de insectos gordos y bulbosos de patas largas, filosas y torpes cubiertas de grasa rojiza; luchaban por moverse unos sobre otros y se retorcían muy lento a lo largo de todo el lugar.
Un aire frío le estocó la piel y supo que iba a tener que moverse. No las había visto ni escuchado, no caminaban ni volaban, no crecían, pero él sentía que las sombras se acercaban, que lo habían visto. Ahí estaban y lo mejor era correr.

—Entiendo perfectamente lo doloroso que es para usted, señora Rodríguez, pero si me dejara explicarles lo que hemos descubierto —meneó la cabeza como si no encontrara un modo mejor de explicarse—. Alberto es un prodigio.
La mujer no sabía si mirarlo con esperanza o enojo. El sr. Rodríguez cortó el silencio.
—Por favor, siga.
Sauerbruch fue hasta una computadora.
—He monitoreado los impulsos eléctricos que permiten al corazón de Alberto latir y rastreamos qué era lo que los detonaba. A pesar de su particular sistema nervioso, yo intuía que a algo debían conducir —la pantalla mostró una radiografía tridimensional del paciente—. En términos más sencillos, contrario a lo que creímos, Alberto sí tiene pensamientos. Y muy complejos. Alberto está soñando.
—¿Sueña? —el sr. Rodríguez empezaba a entender la obsesión del doctor, sin saber a dónde iba—. Y, ¿no es algo común en… en personas como él?
—Podría serlo —asintió Sauerbruch—. Sería común excepto porque su sueño es constante. Según los monitores, el niño salta constantemente de un sueño a otro.
—Pero, ¿qué sueña? —preguntó la madre confundida.
—Eso es lo que me interesa y frustra a la vez. No podemos saberlo con seguridad. Primero pensé que podrían ser sueños meramente sensoriales: algunos olores, ruidos, incluso conversaciones enteras. Pero cabe la posibilidad de que sueñe con su alrededor. Podría soñar incluso que él se ve diferente, que vive en otro lado.
—Perdón, ¿a qué va todo esto? —balbuceó dolorosamente el sr. Rodríguez.
—Por favor —dijo su mujer.
—Es que… tengo la teoría de que, como su hijo podría no darse cuenta de que está soñando, tal vez sea totalmente consciente de que está dormido. En ese caso, si tiene la voluntad de salir del sueño… podríamos ayudarle desde aquí.
Los ojos de la señora Rodríguez brillaron.
—Déjenme hacerles una demostración —dijo el doctor.

Debo reconocer que en un inicio no le vi más potencial que un campo de cultivo de células madre. Pero con el correr de los años encontré que sus temblores no eran un acto reflejo, sino una respuesta detonada por estímulos del ambiente.
Me he dedicado los últimos meses a tratar de implantarle sensaciones mediante música y cambios de temperatura. Los electrodos registran impulsos que emulan sensaciones básicas: placer y dolor. Pero recientemente creo que responde a emociones más complejas: miedo, nervios, tristeza, confusión. Me desalienta creer que lo más positivo que puede sentir es la tranquilidad.

Corría como si los ojos del Diablo se le pegaran a la espalda. Las sombras estaban más cerca, aparecían de la nada, cubrían todo y si llegaban a la entrada antes que Alberto terminarían por conquistar la luz al final del túnel. No podría despertar.
Las ventanas a lo largo del túnel le mostraron entonces la misma imagen: un cuarto de hospital que en unos casos era blanco y radiante y en otro gris y triste. Por un segundo olvidó a las sombras. El miedo se le escurrió suplantado por la duda, había alguien más ahí, un hombre, sentado a mitad del cuarto de hospital. Cuando el cuarto era triste, veía al hombre solo, inclinado ante una mesa de trabajo; pero cuando había luz, estaba acompañado de unas figuras borrosas que, sin saber el por qué, le infundían una increíble paz a Alberto.
Las sombras se detuvieron cerca de él, no hacían nada más que respirar a una prudente distancia. La voz del doctor cruzó limpiamente la ventana.
Pero no te preocupes, Alberto, aunque no me puedas ver yo sé que sabes que estoy aquí y haré que puedas imaginarme.
La voz se repitió en el mismo tono, en el mismo tiempo. Luego continuó su discurso con más entusiasmo.
Nosotros soñamos aquello que tenemos en la mente, pero no sabemos que está ahí. Y pueden ser cosas que hemos visto, oído, tocado. Pero se dan casos en que el origen es todo un misterio. En un experimento reciente, se ha podido transferir información emocional y cognitiva entre el cerebro de dos ratas. Alberto podría ayudarnos a demostrar que la supuesta “percepción extrasensorial” no es más que un inmenso trabajo del cerebro. Procederé con el experimento. Tengo aquí una grabación del ruido de la lluvia…
Pero no pudo escuchar más. Las sombras huyeron con la fuga de su respiración, los bichos se agitaban nerviosos y el mismo Alberto tembló con violencia, el túnel se llenó con la alegría de una risa aguda y cantarina. La gran risa de zapatos rojos lo buscaba atraída por el olor a muñeca que despedía su nuevo brazo. La alegre canción subía de volumen.
La gran sonrisa de zapatos rojos no corre, sólo está, por eso Alberto no pudo correr mucho. Muy lejos vio la luz al final del túnel cuando sintió que los zapatos rojos le aplastaban la cabeza y presionaron los dientes alrededor de su lengua, hasta que ésta cayó de su boca.

—Es una de esas crisis —dijo Sauerbruch con prisa pero sin alarma. Los signos vitales se habían disparado y reclamaban atención a través de las alarmas electrónicas del paciente. El doctor inyectó algo en una intravenosa, se movió a otra de las computadoras, las bocinas de la habitación callaron la música tenue de organillo que ambientaba el lugar y lo remplazaron por el sonido de la lluvia.
—¿Ahora qué hace? —la sra. Rodríguez se llevó las manos a la boca.
—La lluvia lo relaja —Sauerbruch sonrió—. Estaba teniendo una pesadilla. He buscado todo este tiempo el modo de implantarle sueños agradables. Su subconsciente está en constante renovación, todo estímulo es importante. Estoy seguro que él sabe que ustedes están aquí.
El matrimonio contempló con miedo el cuerpo de Alberto, que en esos momentos temblaba con serenidad, con un pulso constante y agradable.

Afirmo que Alberto piensa y voy a demostrarlo. Él tiene conciencia y voy a ayudarlo a que la desarrolle. Como si fuera mi propio hijo.

—Voy a estimular su sueño —Sauerbruch puso las bocinas cerca de la cama de Alberto—. Cuando responda adecuadamente quiero que lo llamen, que lo toquen y estén cerca, probemos con todos sus sentidos. Tal vez así despierte.
            El sr. Rodríguez sonrió con esperanza y su mujer dejó escapar una lágrima de alegría.

La sonrisa de zapatos rojos lo llevó hasta el final del túnel, su risa se había vuelto un llanto patético. Alberto le pegaba en la cabeza de cabello azul y lo obligaba a ir más rápido o más despacio. Cuando llegaron a la luz, el túnel terminó en una enorme ciudad donde la lluvia mojaba las calles con precipitación constante, sin formar ningún charco. La sonrisa de zapatos rojos empezó a derretirse con el agua en una risa, literalmente, ahogada.
Alberto se talló el ojo e intentó despertar, como le dijeron que pasaría al final del túnel. Pero nada. Buscó por todos lados a sus papás. Empezó a gritarles pero no tuvo respuesta. La calle vacía de edificios blanco y negro en ruinas no tenía más que lluvia. Entonces por un momento pensó que estaba solo.

El sonido de un relámpago será lo bastante fuerte como para llamar su atención. Para demostrar que, en cierto modo, puedo hacerlo responder.

Solo. No existía nadie más en ese mundo reservado para él, nadie con quién hablar ni nadie que lo abrazara. Pensó en lo triste de jamás recibir un abrazo de verdad, podría soñarlos, pero serían falsos; pensó en que nunca le acariciarían la cabeza o lloraría en el hombro de alguien. En lo horrible que sería no reír con un amigo, no recibir un beso en la frente, no escuchar la voz de una conversación, no estrechar la mano de alguien a quien le importara.
Quería despertar y empezó a saltar. Quería despertar así que se pegó la cabeza contra el suelo y se pellizcó, se mordió un brazo y a mordiscos se arrancó el de muñeca y los dientes se le caían mientras gritaba “¡mamá!, ¡papá!”. Gritó por mucho, mucho tiempo. Lloró por mucho, mucho tiempo.
Y le respondieron. Un relámpago cayó cerca de él y una voz o una mezcla de voces distintas lo llamaron con ansia.

Alberto. Alberto. ¡Alberto!

Todo se empezó a aclarar. Los edificios se borraron. La lluvia dejó de escucharse. La luz verdadera apareció.
Alberto parpadeó un par de veces para desempañarse la vista. Ahora con sus dos ojos normales. Su brazo normal.
—Increíble —reconoció la voz del doctor Sauerbruch que lo veía con cara escéptica al pie de la cama—. Estás despierto.
A la izquierda y derecha, mamá y papá miraban, entre preocupados y alegres, cómo despertaba el niño.
Estaba muy débil, no sabía cuánto había dormido, pero eso no impidió que intentara abrazar a los dos al mismo tiempo.
—¿Ma - má?
—¡Está despierto! —lloraba su madre y le llenó la cara de besos. Su padre estrechó la mano del doctor Sauerbruch que reía de excitación por el éxito de su experimento. Alberto tembló con los ojos húmedos.
—Te extrañamos mucho, hijo —dijo su padre mientras se le rompía el nudo de la garganta.
—¡Éxito! ¡Éxito total! —aplaudía Sauerbruch y habló a su grabadora de mano—. Tal como lo supuse, el paciente ha respondido con éxito al estímulo externo. Sin tener una conexión visible con el exterior, ha logrado tomar elementos de su entorno y aprovecharlos para generar imágenes y volverse consciente. Ahora puedo afirmar que el paciente presenta un estado de ánimo positivo: está contento.
La familia miró a Sauerbruch, radiante de alegría.
En menos tiempo del que creía, Alberto se vio fuera del hospital, cargado por su padre que le sonreía como seguramente lo hacen en el paraíso.
—Vamos a casa —dijo la madre con la voz más cálida que el niño jamás había escuchado y recorrieron la calle.
Alberto no dejó de sonreír mientras pensaba qué podía hacer ahora. Tal vez lo llevarían a la escuela, estudiaría mucho, se haría muy inteligente como el doctor Sauerbruch, ayudaría a la gente.
O tal vez podía mostrar lo que vio en sus sueños, como los poetas o los pintores y recorrer el mundo con las historias nacidas de su potente imaginación.
Se aferró al cuello perfumado de su padre y acarició los risos castaños de su madre, mientras caminaban la acera desierta. Y descubrió también lo que era un hueco en el estómago cuando vio, del otro lado de la calle, las ramitas de un árbol seco desprenderse y caer sujetas por un hilo de seda.

Mario Conde
Febrero 2012