sábado, 4 de mayo de 2013

El arlequín



“Si no te callas, le voy a hablar al arlequín” y el niño reprime su siguiente grito lloroso. Piensa un modo de seguir el berrinche en silencio, quiere que su madre entienda que merece “el hámster grandote” que ha visto en el mercado; aunque “no es cierto” porque “bajaste el promedio este mes” por “culpa de la maestra” y así prolongan la discusión. Pero cede a medio pensamiento, la madre usó la amenaza más certera de la colonia Aguazul, que ostenta un título invisible por tener los niños mejor portados del municipio. Cualquier intento de rebelión es reprimido al instante por la mención del arlequín.
Se considera que el niño, con su promedio de ocho y una sola llamada de atención en la escuela “tiene un serio problema de conducta”; cada paso que dan de la escuela a su casa va matizado de regaños, la mujer pregona a los desconocidos las faltas del niño que sigue el camino de su madre con una mueca de rencor y las mejillas rojas. Sin embargo, conforme avanzan la palidez gana terreno en su cara. Llegan a la esquina con el altar de la virgen, la madre se persigna y el niño la toma de la mano, pero no mira el altar, sino la casa a media calle con la puerta hundida en la banqueta, ahí donde “nunca abren las cortinas” y “siempre tienen los focos apagados”.
La madre siente el miedo del niño, le acaricia la mano y retoma el camino contenta. Ella y los vecinos han llenado la casa de mitos: “si juegas aquí de noche, te agarran y te encierran”, “no patees las piedras, porque son huesitos de niño”, “si gritas afuera de su ventana, él viene en la noche y grita afuera de la tuya” y la calle está siempre tranquila, los adultos se saludan en silencio, intercambian miradas cómplices mientras los infantes corren hasta la siguiente esquina. “Pobres de los que viven cerca de él”.
Pocos, muy pocos, saben que el interior de la casa luce muy normal, acaso un tanto desordenado. No existen las “montañas de zapatitos” ni las supuestas “caritas colgadas de la pared”, muebles roídos por el tiempo y marcos con pinturas de perritos en colores pastel reflejan la poca luz de las solitarias veladoras, una por cada habitación. El aire se llena de un aroma que se adivina delicioso, la señora Reina cocina algún caldo bien especiado para ella y su hijo que reposa en una pequeña alberca inflable dentro del baño. El agua le ayuda a evitar las llagas que deja la resequedad, “una enfermedad muy rara que tiene” le marcó piel y destino: todo su cuerpo “está rojo como si sangrara”, excepto por unas líneas pálidas que surcan su anatomía, “parecen caminitos” y le dan un aspecto “como la tierra seca cuando se agrieta”.
La silueta de payaso ardiente frota sus brazos a la soledad de la vela; una toalla remueve las pequeñas virutas grises originadas por el exceso de piel; al muchacho le brillan los ojos de lágrimas, pero respira con fuerza y se contiene, a fuerza de repetir la operación dos veces al día, alguna resistencia al dolor se ha logrado. A la mitad del suplicio cotidiano, la señora Reina lo llama a comer. Dos calles más allá el niño ha tenido que encerrarse en su cuarto y golpear la almohada para que su madre no note el berrinche. Ella también anuncia que “está servido”; con las encías adoloridas de tanto presionar los dientes, el niño debe obedecer de inmediato pues “se va a enfriar” y eso le valdría otro regaño. Lo mismo en la casa de los vecinos y al lado de los vecinos y así en toda la colonia. Madres e hijos se sientan a comer puntualmente y nadie dejará las verduras “porque no me gustan” o “no tengo hambre”, nadie ha comido en la calle y todo es “por favor” y “gracias”.
Cuando terminen de comer, ningún niño saldrá a la calle, hay tarea que hacer y nada debe dejarse para el último momento. Los maestros en las primarias de la zona envían notas de felicitación a los padres y no deben lidiar con ningún problema de actitud “porque una buena educación en casa se nota en la escuela”. Los maestros fingen no saber del arlequín, los niños se alían víctimas de la conspiración y tratan de hablar del tema con sus compañeros que viven más allá de la colonia Aguazul. Circulan rumores de que “es un monstruo que vive” “en la casa de una bruja”, “nunca prenden la luz porque” “dicen que le gusta matar niños en la oscuridad” “y luego se los come” “o nada más los dedos”. Pero “tú estás loco”, “¿cómo va a haber un monstruo?” “¿Tú lo viste?” Y tiembla el compañero que “¡sí, yo lo vi!, estuvo en mi casa”. “Maestra, dice que vio al monstruo”, los niños se frustran porque “no hay ningún monstruo, lo están inventando” y gritan “¡vive cerca de la avenida!”, “¿nunca lo ha visto?”; “el año pasado se comió a un compañero, maestra”, “ya les dije que se fue a vivir con sus papás a otro estado”, “no es cierto, namás encontraron su mochila y sus zapatos tirados”.
Las revueltas terminan tan rápido como iniciaron porque “si no se callan, voy a acusarlos con sus papás” y el miedo los controla bajo la idea de que “el arlequín nos va a comer los dedos”.
En la mesa, frente al niño, humea un plato de pollo con crema. Sin probarlo puede sentir en la boca la mezcla de lácteo y salado, la resequedad de la carne y la pastosidad de su guarnición. Y el niño ni siquiera mete la cuchara, “¿te duele la panza?” porque para la madre no puede haber otra explicación para no comer. El niño apenas abre la boca y “sí, un poquito” pero no basta la explicación, “comiste algo que te cayó pesado”, “sí, digo no” y “¿cómo?, entonces?” porque la madre es muy atenta para aceptar cualquier excusa (¿vale la pena rebelarse, decir la verdad?) “Es que no me gusta” mientras la cara le enrojece de coraje. Pero el “tienes que comer” no entiende las razones del “quiero otra cosa”, “esto es lo que hay” parece el motivo más firme.
De nada vale tratar de imponerse, nunca tendrá la razón. El niño nunca va a ganar. No puede más que intentar una huelga de hambre y de tarea. Planear su venganza. Si pudiera desobedecer, si el arlequín no existiera. Y toda la rabia se concentra en un impulso de las manos, el plato huye desbocado de la mesa; añicos de cerámica vuelan por todos lados y el niño, aunque satisfecho, adivina con miedo lo que le espera.
Al mismo tiempo que la señora Reina pone el plato frente a su hijo suena el teléfono en la sala. El muchacho se frota crema en los brazos mientras su madre negocia “sí… apenas a comer, gracias… ah… no, claro que sí” y echa a su hijo una sonrisa extraña, quizá harta, quizá triste, quizá divertida; “ahorita vamos para allá” cuelga y el muchacho, los brazos recubiertos de fórmula para piel reseca, se levanta con angustia. Ha aprendido a no quejarse, “ni modo, es chamba”.
La señora Reina ayuda al muchacho a ponerse pantalón, calcetines, zapatos, cada prenda es una punzada de calor en el cuerpo de su hijo; sabe que la piel se le va a rozar, como si el sol lo hubiera quemado permanentemente. Pero la madre ha cuidado cada prenda para hacerla lo más suave posible, como el forro que ella ha puesto en el abrigo que cubre el torso de su hijo. Una gorra amplia, un paraguas para evitar el sol. Antes de salir, la señora Reina le sonríe a su hijo y lo besa en la mejilla. El muchacho lo acepta cohibido y siente el beso de su madre fresco “como la crema o el agua”.
La pareja está en la calle. Los adultos fingen no verlos y los pocos niños que pasan por ahí se aterran. El arlequín sale cuando va a comer, cuando algún niño merece un castigo. A su lado “la bruja” que “lo trajo desde el infierno” guía sus pasos; él tras sus lentes oscuros “no puede ver la luz” porque “es como un vampiro”.
La madre cuelga el teléfono y sin mayor molestia va a limpiar el pollo con crema que su hijo ha tirado. El niño tiembla de duda, no sabe si encerrarse en su cuarto o pedir disculpas a su madre o tal vez sea el momento de vengarse, aprovechar que su madre no está viendo y tomar un cuchillo del cajón de cubiertos y en cuanto tenga cerca al arlequín volverse el héroe de la colonia.
Minutos después suena el timbre. Un temblor incontrolable invade al niño, quiere correr pero algo lo ha clavado al asiento. La madre sonríe y va hacia la puerta. “Disculpe usted la molestia, doña Reina”, “ninguna molestia, para eso estamos”, “¿gustan tomar algo?”, “ahorita, según cómo salga todo, gracias”. Se oye su respiración agitada, brillan las perlas del sudor frío y con su poca fuerza, el niño logra obligar a su cabeza a girar y ver a “la bruja” entrar a su casa, con esas ropas oscuras y roídas que huelen “a viejo”; el odio se le vuelve pánico cuando detrás de ella se asoma la figura del arlequín.
Sin mediar más palabras, la madre pone otro plato de pollo con crema frente a su hijo. El arlequín se quita los lentes, la gorra y descubre su calva parcial, algunos cabellos largos y húmedos se revuelven cerca de la coronilla. El niño se revuelve en su asiento cuando mira la piel del monstruo: amarillo y rojo y blanco y carne en porciones intermitentes, colores vivos que se hinchan en algunos puntos; el arlequín se quita el abrigo y lleva el mismo relieve en el torso y los brazos. Se rasca una parte del pecho y el niño puede ver una escama de piel planear hasta el borde de la mesa. La madre tiende a su hijo una cuchara.
“Come”.
El arlequín se sienta frente al castigado, los codos en la mesa, se pasa la lengua por los labios resecos. El aroma de la comida se mezcla con un olorcillo agrio, entre medicina y pomada; el niño mira en el pecho del arlequín manchones de pus reseca del mismo color que su comidan (un blanco-hueso con burbujitas amarillas en el borde).
Una cucharada… tiene la respiración del arlequín frente a él. La alegría de los colores apagada en sus ojos indefinidos; su mirada sin cejas ni pestañas, de párpados rojos, brillantes e hinchados; un traje de polichinela natural que deja ver —en el cuello, los hombros, los brazos— las venas palpitando en azules oscuros. Otra cucharada, mordida al pollo, el arlequín respira con la boca abierta y el niño se imagina su aliento a podrido, imagina en color verde el tufo que le escurre entre los dientes chuecos y amarillentos. Otra cucharada, “ya ves, está muy rico, ¿no?” y la madre, de pie al lado de “la bruja” sonríe complacida de la obediencia del niño que muerde el pollo y le lloran los ojos, la garganta quiere protestar por la mezcla de olores salados, ácidos, fangosos y el arlequín se rasca a momentos y algunos copos de piel festiva se esparcen cerca de la mesa. Cucharada, pollo, sal, pus, escamas. El plato queda vacío y los ojos del niño, rojos y brillantes como los párpados del arlequín que “parece que están al revés”.
La madre felicita a su hijo y da un billete a la señora Reina. Ésta agradece y espera que no tengan que “llegar a esto de nuevo”. El arlequín se cubre y vuelve a ser una silueta enfermiza.
Es ahora o nunca. Apenas le dan la espalda para salir, el niño toma de debajo del mantel el cuchillo y se lanza sobre el arlequín, pero el monstruo se vuelve a tiempo. Un grito torpe, la cara contraída, los dientes expuestos, el niño se asusta y la mano flaquea en el último momento. El cuchillo punza contra la dermis de papel y un ardor como de tizón se enciende en la cintura del arlequín. La madre le quita el cuchillo de un manotazo, la señora Reina pone a su hijo detrás de ella y mira en el suelo el arma de dientes romos, apenas efectivos para la carne cocida.
“Discúlpelo, no sabe lo que hace” y “ya nos vamos”, “pero yo no sabía, no vaya a creer”, “creo lo que vi”, “estoy harta de este niño”, “¿y qué culpa tiene el mío?”; “pero no se preocupe, ¡me va a oír!” y “cuando quiera, mejor mándelo a mi casa” mientras el niño y el arlequín se miran. Uno con miedo y odio, el otro defraudado, triste incluso.
Ya en la calle, el muchacho va triste bajo su gorra, la señora Reina trata de hacer una plática alegre. Sabe que se le pasará, así nació y está acostumbrado a toda clase de muestras de odio. “Tú eres muy especial”.
El niño va a su cuarto, derrotado. No pudo liberar a la colonia del horror. “Igual y no es un monstruo” se pone a pensar, “está enfermo y ya” y “mañana le voy a decir a los demás para que vayamos a apedrear su casa en la noche”. La madre se da vueltas por la sala, teléfono en mano y una amiga de chismes y críticas del otro lado de la línea. “Creo que está ofendida”, “te dije que tu hijo andaba en malos pasos”, “¿qué vamos a hacer?”, “ya no va a querer sacar a su hijo a ninguna casa, pídele disculpas.”
Desde la cama, el niño oye a su madre en el umbral de la puerta, “al rato vas a ir y te vas a disculpar con el arlequín, ¿qué tal que se enoja contigo?”. El niño ya no tiene miedo, “no me va a comer los dedos”. “Pues debería, para que no estés agarrando lo que no debes.”
“La casa del diablo” vuelve a llenarse del olor sabroso de la comida de la señora Reina, las hierbas de olor y el chile humean en un par de tazones para ella y su hijo. Le ha besado la cabeza toda la tarde y el arlequín sonríe, irónicamente, como pocas veces. En casa puede andar libre y mostrar orgulloso su piel de bufón que los vecinos mantienen en secreto “para evitarles molestias”, “es mejor si nadie fuera de la Colonia se entera”. “El monstruo” se sienta a la mesa e incluso tiene ganas de tamborilear una canción con los dedos, aunque le duelan.
La señora Reina pone sal, servilletas, agua de horchata, prepara la mesa para comodidad de su hijo y amorosamente le acompaña en la canción que éste se ha puesto a tocar. El arlequín aplaude con golpes ardorosos y festeja la llegada de los tazones, la música hogareña compensa el silencio de la calle. Se hace de noche. El tazón humea frente al arlequín “con carne extra, porque hoy hiciste un buen trabajo” y los ojos de su madre lo inundan de cariño. Él huele su plato y con la misma sonrisa mira solícito a su madre.
“¿Puedes quitarles las uñas, por favor?” y luego el niño, avergonzado, toca el timbre.

Mario Conde
Junio 2012

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