martes, 21 de mayo de 2013

Los niños del castillo



Con la campana llegaron los gritos de júbilo y se indicaba el fin de otro día de borrar pizarras, pasar lista, tomar dictados y rayar bancas. Seis de la tarde y la primaria Miguel Hidalgo despedía a los alumnos del turno vespertino con el sol enrojecido a medio asomar tras la barda que separaba la calle del patio de juegos. Excepto por alguna junta o revisión o una plática casual entre docentes, para cuando el cielo ennegrecía ya sólo quedaba el velador.
Don Juan, fiel a su costumbre, no salió hasta estar seguro que ningún niño quedaba en el terreno; sólo entonces iniciaba su ronda, armado de revólver y quinqué; tan viejo como era, poco sabía o quería saber de otros métodos de iluminación, después de todo le resultaba innecesaria, a veces podía recorrer cada pasillo en la completa oscuridad de la media noche; conocía la escuela como a su propio cuerpo, pues aún era un niño cuando su padre murió presa de los peligros a los que se enfrentaban los albañiles de su tiempo y el patrón de la obra consideró un gesto muy amable dejar que el niño Juan tomara el lugar de su padre cargando botes de mezcla.
Desde entonces le habían advertido que esos edificios no estarían en paz, porque la de su papá no era la única vida que había tomado la construcción. Y no eran pocas las historias sobre edificios cimentados con cadáveres, a veces de los mismos albañiles, a veces de niños cuyos huesos y alma darían protección a cientos de castillos y pilares a lo largo y ancho de la ciudad.
Los niños de la primaria tenían su propia historia: que la escuela había sido levantada sobre un panteón revolucionario; un cuento que se repetía en todas las escuelas de la zona por igual. Para Don Juan era un relato ingenuo, demasiado tibio para la realidad; lo pensaba cada noche que se sentía observado, que miraba sobre su hombro atento a alguna silueta y llevaba la mano al revólver deseando que aquello que lo seguía tuviera aún cuerpo para recibir el plomo.
Esa vez, de algún piso del edificio más cercano a la entrada, el ruido de una puerta que se forzaba bajó por las escaleras en un traqueteo sordo. Don Juan quedó inmóvil a mitad del patio, se frotó la pierna izquierda, la acalambrada, y miró por largo rato las aulas, o más bien, las manchas oscuras de las aulas contra un cielo negro tenuemente pintado por el amarillo de las luces callejeras. Esperó con los ojos muy abiertos hasta que en una de las ventanas vio pasar un brillo intermitente, débil, que cruzaba el aula.
A la hora del recreo, si los ánimos estaban para ese tipo de historias, los alumnos contaban que un niño había muerto durante el terremoto del 85, cuando una de las inmensas puertas de metal había perdido sus goznes y aplastó la vida del infante. Otros contaban que un maestro borracho lo encerró como castigo y perdido en su vicio se olvidó de abrir el salón, donde el niño pasó el fin de semana hasta que murió de frío; otra versión era que ese maestro no había matado a un niño, sino al conserje, que en una pelea lo había tirado del último piso. En un intento torcido por infundir conducta, los maestros contaban que sí había muerto un niño, por culpa de un compañero que lo derribó de un empujón y fue a desnucarse en una de las bancas, por eso no debían jugar pesado.
El viejo resopló con sorna al recordar la cantidad de invenciones estúpidas que hacían los niños, siempre tan simples, tan ilógicas, tan manipuladas. Él había visto huesos en el pilar de las escaleras que en ese momento subía, los albañiles los pusieron ahí y le ordenaron callar, por eso Don Juan no tenía miedo. O tal vez sí, pero era un miedo permanente que empezó el primer día que pisó ese terreno y estaba acostumbrado a él.
Llegó al pasillo del segundo piso, donde había visto la luz y apagó el quinqué. Cojeó hasta el segundo salón y miró el interior a través de la ventana: los pupitres se manchaban oblicuamente con el alumbrado público, carentes de la vida que les daban los alumnos. Forzó un poco la chapa y abrió la puerta de golpe, si eran ladrones esperaba asustarlos; si eran fantasmas al menos entrarían en una calma inmóvil como tanto le habían repetido los amigos de su padre cuando el patrón, en otro gesto de solidaridad, había conseguido que el niño Juan pudiera estudiar en la misma escuela que había construido.
Cuando dio un paso al centro de los pupitres, la puerta se cerró en un bramido metálico. Don Juan se volvió al instante pero no se movió, sólo oía que alguien jugueteaba con el candado de la puerta antes de ver al brillo intermitente correr por el pasillo.
—Pinches escuincles —dijo a media voz Don Juan con la certeza de que esa noche aquello que lo molestaba no era alma en pena, sino el cuerpo de un vivo. No sería la primera vez que los niños se metían a romper los cristales y los focos con tal de ver al día siguiente al conserje y al maestro perder tiempo de clase. Él nunca hizo cosas así, aunque lo hubiera querido. En su niñez, hablar de más o de manera inadecuada le costaba varios golpes en las manos con una regla de madera, algún jalón de patillas o un acto de humillación frente a sus compañeros y pensó que cualquiera superaría el miedo si al quedar huérfano fuera obligado a ostentar unas orejas de burro de cartón, a sabiendas de que sería maltratado por sus compañeros a la salida de la escuela.
Cojeó por el pasillo del segundo piso y se mantuvo alerta de cualquier ruido, de cualquier sombra o silueta. Pensaba que ojalá los espíritus sí salieran de los pilares, así asustarían al intruso de esa noche. Que ojalá fueran ciertas las historias de que una cabeza aparecía dentro del retrete del último baño de niños; o de las manos de cien muertos que salían de la tierra en la jardinera al fondo de la escuela, donde tiraban los pupitres inservibles; que existiera ese grupo de niños fantasma que por la noche hacían guardia en el patio y lloraban por aquella vez que murieron durante una excursión. Deseaba que todas esas leyendas infantiles y absurdas fueran ciertas, así nadie se atrevería a entrar a la primaria.
Entonces el aire se cortó por la vibración de una ventana en el piso superior. Don Juan subió lo más aprisa que su pierna coja le permitió. Los sonidos se repetían, algo arañaba una ventana, o lo golpeaba, como un dedo alargado que jugueteaba con ella. Era el último salón, en el piso más alto donde, contaban, un niño había dado muerte a otro enterrándole la regla de metal en el ojo. Pero cuando Don Juan estuvo adentro, no vio siluetas ni fantasmas ni luces intermitentes, sólo el golpe. El ahora inconfundible sonido de una piedra contra la ventana.
Don Juan encendió su quinqué, más molesto que antes y lentamente se acercó al cristal. Esperaba ver alguna pandilla de niños o algo similar; pero del otro lado de la calle, en la banqueta varios metros abajo de él, vio dos figuras luminosas, radiantes y blancas. Y Don Juan juraba que lo estaban viendo. Su cuerpo tembló y la cabeza no le respondía, los ojos fijos en los puntos de luz. El terror lo hubiera mantenido ahí toda la noche de no ser porque otra piedra más voló hasta la ventana y terminó por romperla. Don Juan dio un paso atrás y dejó escapar el miedo que cada noche se le acumulaba en la garganta, cuando repasaba una y otra vez la historia de su vida en ese lugar maldito, cuando se lamentaba de haber vuelto ahí, una vez terminados sus estudios, para trabajar como conserje y velador.
Dejó caer la lámpara y se tendió en el suelo, presa del pánico y lloró largamente sin consuelo alguno.

El sol volvió a salir y se reiniciaron las clases, ese salón fue el objeto de las pláticas del día, una leyenda más a la colección. El director de la primaria Miguel Hidalgo entró al salón con el conserje detrás de él e inspeccionaron el vidrio roto a la vista de los alumnos. Detrás de todo el grupo dos niños intercambiaban miradas culpables, pero no decían nada, ni siquiera por presumir. Eso habría hecho que todos supieran que ellos habían rondado la calle por la noche, guiados por las historias de fantasmas y aparecidos de la escuela. Una de ellas contaba que si se apedreaba la ventana del último salón del edificio más alto, verían aparecer una figura fantasmal.
Los niños guardaron silencio mientras el director maldecía en contra de los grupos de vandalismo y la inseguridad en las calles y preguntó al conserje si no había visto nada más durante su ronda nocturna. Este se guardó de no hablar en voz alta frente a los alumnos, pero le aclaró al director que la verdad ni siquiera se había atrevido a estar demasiado tiempo en los pasillos. Que desde el segundo piso había visto a un hombre muy viejo parado en mitad del patio y que le habían estado abriendo las puertas.
Y que desde su cuarto, a lado de la conserjería, había oído el cristal quebrarse pero le dio miedo salir, porque se escuchaban unos lamentos horribles, que erizaban la piel y bajaban por las escaleras.


Mario Conde
Agosto de 2012

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