miércoles, 19 de junio de 2013

Habrá algo

Piensa que podría ocurrir un día cualquiera. Esta noche, por ejemplo, que como todas las demás cenarás leche y pan con la tele prendida, luego tu mamá te dará un beso en la frente y te mandará a dormir. Piensa que, igual a cualquier otra noche, te acostarás sin esperar nada más que un descanso. No habría por qué esperar nada más, porque nunca pasa nada.
Imagina que esta noche despiertas y giras en tu cama, sin sobresaltos ni presentimientos. Te despiertas de la nada como tantas veces nos ocurre a cierta hora de la madrugada. Por lo negro de tus párpados sabrás que todavía no hay que levantarse y que faltará mucho para la escuela. Entonces oirás crujir la bolsa de plástico que tu mamá pone en el bote de basura y quizá te asustes un poco, apenas una cosquilla en el pecho que te hará sonreír. Pensarás que fue alguno de tus deshechos, la botella de jugo o la bolsa de frituras que ha cambiado de sitio.
Tu mente elegirá esta noche para darte una advertencia: hay al menos una pequeña posibilidad de que esa bolsa no se haya movido sola. Tal vez sea una mala sincronía por mirar en internet toda la tarde las supuestas fotografías de fantasmas o que viste esa película que tu madre no quería que vieras, tal vez oíste la historia de un familiar que estuvo de visita o leíste el librillo de leyendas de tu ciudad. O tal vez no viste nada de eso y entonces te preocupará pensar ¿de dónde pudo salir esa advertencia?
La bolsa va a repetir su sonido. Abrirás un ojo, el que tenga menos lagañas. Lo único visible será la cortina, apenas más clara que las sombras del cuarto. Tomarás el celular del buró y un botón al azar encenderá la pantalla, serán las tres de la mañana cuando apuntes el reloj hacia el bote de basura.
Te incorporarás un poco en la cama cuando oigas (jurarás oír) que algo se desliza rápido en el suelo, como una hoja contra los azulejos. Pensarás que puede ser tantas cosas: una rata, una cucaracha, alguien desde el pasillo, alguna respiración. Como ninguna te tranquilizará también pensarás que pueden ser tus sábanas. Alumbrarás el piso para no ver nada.
Querrás volver a dormir pero tus ojos no cerrarán, apenas toques la almohada te estarás preguntando si el bote ha cambiado de lugar, como una sensación de haberlo visto más cerca de la cama. Tratarás de hacer memoria pero uno nunca pone atención a esos detalles, creerás que sólo imaginas que se movió de lugar, pero aún tendrás el presentimiento y sabrás que debe ser por algo. Girarás de nuevo en la cama y te taparás con la cobija hasta la cabeza, con un huequito para respirar, a la espera de otro sonido.
Entonces, entre el silencio y las sombras, con todo el cuerpo en alerta sentirás que la cama se mueve, que el colchón tiembla, algo lo empuja. No te moverás y abrirás los ojos para ver si es un mareo o algo. Podría ser tu pecho que se pondrá a latir tan fuerte que golpeará los resortes del colchón y te sorprenderá la cantidad de miedo que puedes llegar a sentir en poco tiempo, porque casi no piensas en tus miedos o en las cosas que te rodean y que no se pueden explicar con facilidad.
Por un momento creerás que llamar a tu mamá es una buena idea, pero ¿qué le dirás cuando llegue, encienda la luz y vea que no hay nada que temer? Aunque tú sabrás que lo hay, de algún modo lo sabrás. Asomarás la cabeza desde tu refugio y la acompañará la mano que esgrime el celular, la pantalla recorrerá las paredes y el techo, tus afiches, muñecos o muebles se verán transformados por la noche, con formas que intimidan, ojos que desconciertan. De nuevo te incorporarás y alumbrarás el piso. La bolsa de basura crujirá otra vez y cuando la ilumines te convencerás de que el bote ha cambiado de lugar una vez más.
Moverás la luz por todos lados y te darás cuenta que tu habitación tiene ocho esquinas y que no puedes atender ver todas al mismo tiempo. Mirarás la ranura que separa el clóset del piso, tratarás de colar la luz debajo del escritorio, cada mueble tiene un espacio donde algo podría esconderse. De nuevo tu cabeza, por advertencia o por molestar, te recordará el único lugar que no alcanza la luz. Como cada noche, estarás dormido sobre el escondite perfecto.
Pero nunca te ha pasado nada, siempre duermes sobre la misma cama y despiertas sin daño alguno. Pensarás que esta noche no tiene que ser diferente, pero muchas cosas habrán sido diferentes para ese momento. Es probable, también, que no pase a más y por la mañana te rías y lo cuentes para que todos te vean con admiración y respeto o tu madre tendrá alguna explicación racional y se burle de ti por haber tenido miedo. Aún así, te taparás con las cobijas hasta la cabeza, hasta que el sueño caiga de nuevo.
Y aunque la tranquilidad llegue a pasos cortos, tu cabeza se entretendrá en el silencio. Porque todo va a ceder repentinamente. Sea lo que sea, estará callado. Tal vez la luz del celular lo asuste y así tendrás en el aparato un valioso aliado. O tal vez le advierta que acababas de despertar. Entonces creerás que Eso, sea lo que sea, esperará a que duermas para salir con calma y ser libre por toda tu habitación; tal vez se asome por el borde de la cama y te mire dormir, imagina que puede tener unos ojos muy grandes y muy blancos, o unas cuencas amplias con ojillos diminutos y hundidos. Tal vez sonría, tal vez te odie. Y aunque nunca te ha hecho nada, en ese momento te convencerás de que está ahí.
Tal vez él sepa que sabes y tal vez eso no le guste.
Iniciarás un duelo de silencio, esconderás la pantalla del celular y te taparás la boca. Los ojos se te humedecerán y nada deberá salir de tu garganta. Fingirás que duermes, que bajas la guardia. Luego sentirás el aire en tu coronilla y saberás que hay un punto vulnerable. Imaginarás, como ahora, que podría subir por la ranura entre tu cama y la cabecera y que juguetearía con tu cabello, que podría acariciarte. Muy despacio hundirás la cabeza y procurarás hacer el mínimo de ruido. Querrás salir de la cama de golpe, encender la luz, llamar a mamá. Pero tal vez él, que sabrá que has despertado, estará esperando justamente que hagas eso.
A veces sospechas de su existencia y por eso sientes miedo cuando tu mano cuelga por el borde de la cama, o cada que te sientas antes de dormir para dejar las pantuflas crees que algo te tomará de los tobillos. Puede hacer eso mismo esta noche. Mirar bajo la cama no será una opción y pensarás que es mejor estar con la mirada fija en el techo, con la atención a los cuatro costados del colchón.
Guardarás silencio por mucho tiempo. Tu mente divagará por lugares tenebrosos y tu cuerpo estará cansado de la inmovilidad. Perderás el duelo de silencio y la telilla blanca que es la cortina se perderá en un parpadeo.
Es tan sólo una posibilidad. Puede ser que, como cualquier otra mañana, tu madre te despierte y te diga que debes prepararte para ir a la escuela. En un principio te confundirás, querrás recordar un sueño, el que sea. Pero el sol puede disipar el miedo y los muebles habrán perdido su silueta amenazante. El día te pondrá a salvo. Aún así, te pararás sobre el colchón y saltarás lejos de él para bajar de la cama. A salvo desde la puerta, pegarás el cuerpo al piso y tratarás de ver si hay algo debajo.

Es tan posible que, como cualquier mañana, desayunes y luego vayas a la escuela sin volver a pensar en lo ocurrido durante esta noche como es posible que inicies el día con cierta intranquilidad porque quizá mañana despiertes y encuentres un rasguño en la cabecera de la cama.

-Mario Conde
Julio 2012