viernes, 30 de mayo de 2014

Pareidolia

Pareidolia                                                    

Sus manos dejaron un fantasma de sudor sobre la mesa, dos manchas opacas en el vidrio; el pecho arriba-abajo-arriba-abajo acompasaba los jadeos cada vez más rápidos; las rodillas flaquearon pero no había un hueco para descansar en el suelo lleno de añicos de porcelana, los restos del florero que un minuto atrás le describía con voz cancina el modo en que una niña era maltratada por un hombre que no era su padre; describía la desesperación de la criatura que intentó meterse bajo un mueble mientras el hombre le rompía la blusa para reposar el fuego de un cigarro sobre la espalda de ella, cómo se retorcía de impotencia y lloraba mientras el hombre mantenía su quehacer a sangre fría. El retrato hablado de un abuso que obligó a Israel a callarlo de un empujón.
Al terror del objeto que hablaba le sobrevino el de pensar lo que diría su madre al ver el nuevo florero, el nuevo centro de mesa de la cocina, roto como tantas otras cosas en la casa, como cada vez que Israel desviaba los ojos a algún punto y se encontraba con alguna cara. No una cara definida, sino algo parecido, una sugerencia de rostro.
En el caso del florero, las dos asas a los costados eran sus ojos y un relieve curvo cerca de la base parecía una sonrisa. Una cara surrealista como muchas otras que cobraban vida frente a los ojos de Israel.
Buscó la escoba y el recogedor, era lo menos que podía hacer; un modo de minorizar un desastre que la madre no hubiera entendido aunque él supiera explicarlo. Siempre le espetaba la pregunta denigrante: “¿por qué haces eso?” Lo mejor que Israel había respondido era “me dio miedo” y eso sólo hizo que su madre lo tomara por alguna especie de idiota. Desde ese momento le aseguraba a las señoras con las que hablaba en la calle que su hijo tenía algo mal y poco faltó para llevarlo al doctor, aunque las demás mujeres le insistían que era una etapa, que a los diez años todos los niños hacen cosas similares, que hay que ser pacientes.
Lo cierto es que a Israel no le desagradaba la idea de ir al doctor, de hecho la anhelaba; pero la decisión con que su madre lo decía frente a las otras mujeres no era la misma cuando estaban a solas. O no había tiempo o no había dinero o no había razón, porque a veces su madre le aseguraba que eso lo hacía para llamar la atención, por ser grosero o porque le gustaba verla sufrir. Nada más falso para Israel. Lo último que quería era ser esa continua molestia para ambos.
Dejó el recogedor a un lado del bote de basura de la cocina para que su madre viera el cadáver-florero. Cuando le sobrevino la calma tenía dos cosas muy claras: lo que él veía no era real y tenía que hacérselo saber a su madre.
Cuando ésta llegó su reacción fue la esperada: un insulto rabioso dicho en voz muy bajita junto a la amenaza a Israel de que se alejara para no resultar herido y el consecuente aislamiento de la madre en su habitación. Israel se sentó al pie de la puerta oyendo el programa de entrevistas en la televisión; después de veinte minutos sabía que ella saldría en cualquier momento para desquitar la ausencia que le costó un florero y cocinar lo que había salido a comprar.
Las pantuflas de su madre frotándose advirtieron a Israel que la puerta se abriría de golpe.
—Hazte a un lado, que voy a hacer la comida —advirtió la mujer con voz grave mientras se amarraba el cabello. Aunque el desprecio se vuelva costumbre no deja de herir, todo lo contrario; Israel rascaba vestigios de voluntad en el fondo de la mente para estar cerca de su madre y un cosquilleo le corría de la garganta al estómago cada que ella se molestaba, una mezcla de vergüenza y auto-enojo. Cruzó las manos sobre su barriga chirriante de nervios y se paró en el centro de la cocina; la espalda de la mujer furiosa iba de la estufa al lavadero a la estufa al refrigerador a la alacena.
—Me asustó —dijo con voz tan inaudible que la mujer no respondió. Israel tuvo que aclararse la garganta y repetir con un falsete infantil—. Me asustó.
—¿Qué cosa? —preguntó la madre casi interrumpiendo.
—El florero —Israel sudaba, las palmas húmedas se frotaban en la playera.
—¿Qué? —la voz de la mujer fue aguda, la cara torcida; el modo de preguntar que desacredita al interlocutor, que lleva un “no te entiendo” explícito. O más bien un “no se te entiende”.
—El florero me asustó —la voz le flaqueó de tal modo que casi se le ahoga entre los dientes. Su madre resopló sin voltear, la nunca negó a izquierda y derecha—. Yo me imaginé que me asustaba. Me habló —su madre le perdía atención a cada palabra; él sentía cómo le subía el color en medio de su ridícula explicación—. Me dijo que le estaban pegando a una niña, que le ponían cigarros en la espalda y que no era su papá el que la trataba así y el florero le hacía como la niña, lloraba y gritaba como ella.
Su madre se volvió con la boca torcida de hartazgo, abierta en amenaza mientras hallaba las palabras.
—No vuelves a ver televisión —dijo entre pausas—. Te hacen decir puras babosadas.
—¡No, mami, de veras!
—¡Deja de inventar cosas y vete a tu cuarto!
—¡No estoy inventando! Es de veras. O sea, no es que pase de veras, es que lo veo y… y me… imagino…
Pasaba otra vez. Miró los pantalones de mezclilla de su madre. Una bolsa en cada nalga como ojos muy abiertos y ceñudos, con pestañas diminutas, marrones. La caída del trasero y la presión de la prenda formaban una boca alargada, cuyo centro —en la entrepierna— era una abertura redonda, una mueca de sorpresa.
—Imagino… que me hablan…
—Estás loco —sentenció la madre sin verlo, sin dejar de mostrarle su otra cara, la nueva.
—“¿Sabes que estoy muy vacía?” —le dijo una voz que parodiaba a la de su madre, con lentitud y gravedad, distorsionada—. “¿Sabes que aquí se metía tu padre? Pero ya no me llena. Hace mucho tiempo que no me lo como. ¿Te digo algo? Yo también doy besos. Quiero que me llenen, que me llenen mucho. ¡Y él se va a llenar a otro lado! ¡Y a mí me deja vacía!”
Cada alucinación era hipnótica para Israel, el miedo que le producían era contrario al modo en que quedaba embobado. Sólo cuando empezaban a gritar —pues todas terminaban en gritos— su cuerpo se destrababa y siempre respondía con un impulso violento. Con el florero fue un empujón, con su madre fue correr, huir a su cuarto, pero el mundo seguía su distorsión y fue a estrellarse contra el borde de la pared.
A mitad de camino entre la preocupación y el hastío su madre le ayudó a levantarse y, ungido el chichón con saliva, le puso azúcar para el dolor.
—¿Qué no estás viendo? Ya te he dicho que no corras en la casa. ¿Por qué no te fijas? —y otros reclamos de este jaez eran el consuelo emocional para el miedo de Israel.
—Es que me asusté —dijo el muchacho con la voz ahogada.
—Ash, ¿qué te voy a hacer?
—No por ti, es que…
Más de una vez había llegado a este punto de conversación como una frontera incruzable. ¿Cómo podía explicárselo? ¿Cuáles eran las palabras?
—Vi una cara.
Su madre no reaccionó, guardó el azúcar y masajeó la cabeza del niño antes de preguntar—. ¿Cómo que una cara? ¿Dónde?
No le hablaría del pantalón.
—En el florero.
—¿La cara de alguien? —su molestia era fingida, empezaba a alterarse.
—No. Como la cara del florero.
—Ah, te la imaginaste.
—Sí, es que es eso. Me la imagino.
—Pues ya no lo hagas.
—No sé cómo.
—Deja de pensar en caras. No inventes nada. Un florero es un florero.
—Pero también me dicen cosas.
Hablar más habría sido peor. En ese momento su madre lo miraba como si algo le hubiera crecido en la cara, un grano verde, una verruga con patas de araña, una cortada llena de sangre.
—Déjame hacer la comida, por favor, ahorita te llamo.
Israel se acostó con la almohada sobre los ojos y las ganas de llorar atoradas en un punto entre la lengua y la nariz. Entendió que si el problema estaba en su cabeza, nadie fuera de ella sabría del miedo de encontrar alguna cara en cualquier cosa, de cerrar los ojos a la fuerza o moverlos para no ver nada fijamente. Costumbres terribles adquiridas por años de malas experiencias.
La hora de la comida fue una tregua desagradable. Comieron rápido mientras la televisión hablaba por ellos. Después cada uno se encerró en las obligaciones de su condición; la madre entre los trastes y el sillón, Israel entre su cama y los cuadernos.
Por la noche apareció otra de las viejas batallas de la casa. Con la cabeza en la almohada y la manga de un suéter sobre los ojos, Israel repetía cada palabra que se colaba con furia por debajo de la puerta, vomitadas por sus padres como si los muros fueran de mortero.
—Encima vienes como si no hubieras hecho nada. Ya te dije que estoy cansado. ¿De trabajar? ¿Si no de qué? No soy estúpida. Ya vas a empezar; ¿qué quieres? Nada. ¿Entonces? Se me acabó el dinero. Mañana te doy. Ya fuiste a gastarte todo, de seguro. Te doy más de lo que veo acá. Si supieras gastar. Y además cínico, ni siquiera sales tan tarde. Tú qué vas a saber, ni trabajas. Sé bastante, fíjate. Ya cállate. No te dejan trabajar tan tarde, he llamado. Sí, ya me dijeron que te metes en lo que no te importa. ¿Que no me importa? Estás inventando cosas…
A cada pleito, en cada insomnio, repetía los reclamos y enojos; le molestaba la brusquedad de su madre, aunque la entendía; después de todo no descartaba la posibilidad de que su padre tuviera secretos desagradables que, como el pantalón había dicho, entristecían a su madre. Esperaría al día siguiente para tratar de averiguar esos secretos, una cara podía darle la respuesta. Después de todo, había sido otra cara la que le había sembrado la duda.

Terminaban las clases del turno matutino y en varios salones se comentaba el ridículo de aquel niño de quinto, ése que movía la cabeza como si quisiera verlo todo, al que se le trababan las palabras o se quedaba pasmado viendo al vacío.
Israel había esperado la salida con ansia, pero al imaginar que el camino del salón a la entrada de la escuela estaría lleno de burlas, quería esperar a que el patio se vaciara para salir.
Del otro lado del aula, Julio y una triada de pequeños simios burlones celebraban la ocurrencia del recreo, cuando aprovecharon una de las constantes distracciones de Israel a mitad del patio para bajarle el pantalón; con prisa, otro de los cómplices había echado una buena cantidad de basura entre las piernas del muchacho para que éste tardara en volver a cubrirse. Entorpecido por la sorpresa, había dado un espectáculo ridículo de cuando menos un minuto a todos los que estaban a su alrededor y coreaban la desgracia de “Tontín”, como llamaban a Israel por sus orejas grandes y su aire distraído.
El niño sintió el olor de la basura subirle desde las piernas. Seguramente la maestra haría algún comentario al respecto cuando fuera el turno de revisarle el trabajo del día. Aunque acudir a ella aumentaría las burlas, era el único asidero de protección que Israel sentía; si los alumnos no estuvieran acomodados por el orden de la lista, se habría sentado frente a ella todos los días, no en la butaca más aislada.
Llegó el turno de que él y sus vecinos de lugar hicieran fila. Julio lo miró desafiante, la sonrisa plastificada. Israel avanzó a traspiés hasta el frente del salón antes de pisar algo resbaloso; uno de los pequeños simios soltó la carcajada y la contagio entre los que miraban a “Tontín”: una bolsa transparente con plasta de chicharrones y salsa le salía por una pierna del pantalón.
Julio perdió la preocupación de ser acusado y rió, rió sobre todos los demás, tan fuerte que daba saltitos en su asiento, tan fuerte que abrazó su mochila azul oscuro y amarillo deslavado. Su mochila con dos bolsas superiores, pequeñas, una a lado de la otra. Bajo ellas, una más grande, con el cierre abierto desde el cual se asomaban lápices de colores, como lenguas afiladas… colmillos que bailaban… la mochila se reía mientras el mundo se desdibujaba…
—“¡Tontín! ¡Tontín! ¡Ríete, Tontín! ¡Yo me río de todo! ¡De tu cara y la cara de todos y de Julio cuando le pega su papá! ¡Se pone a llorar porque le ponen la rodilla en la espalda! ¡Ríete, Tontín, como se rió Julio cuando se pintó la boca y se echó polvo azul en los ojos y collares y pulseras y lo vieron! ¡Lo vieron y lo patearon!”
—¡Isra!
Una compañera lo hizo avanzar de un empujón, había detenido la fila en otro ataque de ausencia; la maestra lo miró extrañada, los demás con gracia, pero Julio no sabía si seguir con la risa, ya no le nacía.
—¿Todo bien, Israel? —la maestra pasó las hojas de su cuaderno.
—Sí, maestra —el muchacho no quitaba la vista de Julio, un sabor amargo le inundó la garganta.
—¿De qué se ríen todos? —preguntó la maestra, suspicaz, como si la pregunta fuera para Israel y el grupo.
—De nada —dijo el niño, ya no le importaba su cuaderno ni las “MB” que la maestra le marcaba; abandonó la fila y caminó directo hacia Julio, los que estaban alrededor miraban con sonrisa muda, esperaban que fuera a denunciar la travesura del recreo.
—¿Qué le pasa? —Julio alternaba los ojos entre él y la maestra.
—A mí no me pega mi papá.
Algunos se rieron, Julio no movió un músculo. Las mejillas levantadas como sombra de sonrisa, los ojos empañados, nada más. Ni una pestaña temblaba.
—A mí no me pegan por pintarme como mujer. Yo no quiero ser una señora como tú.
Las risas que le siguieron iban del nervio a la pena ajena; Julio no pudo contestar, ni siquiera siguió a Israel con la mirada o acompañó la burla cuando éste corrió a vomitar al bote de basura; entre la preocupación de la maestra y el coro de risas no hizo nada hasta que sus amigos lo obligaron a levantarse con empujones cuando sonó la campana para salir; ellos no sabían que ahí donde ponían las manos para empujar, Julio sentía el calor de los verdugones hechos por la rodilla de su padre.

La náusea después de hablar con la mochila duró hasta varios minutos después de haber salido de la primaria. Ni siquiera había atendido a las burlas de los otros estudiantes.
Algo como una satisfacción culposa le nació en el pecho. Si algo tenían en común todas las caras es que sólo necesitaban de ojos y boca para ser; existían para ver y contar. Israel imaginó la cantidad de ojos que debían estar abiertos en todo momento, con la mirada fija en cada secreto del mundo; camino a casa trató de pensar en todas las bocas que decían las verdades más inconfesables en los timbres más escabrosos: estridentes agudos, voces graves y submarinas, coros replicantes y difusos, rumores rasposos y lentos. Sólo él podía oír esos secretos al costo de un ataque impredecible por visión.
En menos de veinticuatro horas había obtenido un chichón y una mancha de vómito en el suéter, y aún le faltaba asegurarse de que las caras no mintieran, de que aquello no nacía sólo de algo que funcionaba mal en su cabeza, sino que respondía a hechos reales. Quería experimentar de nuevo.
Entró al mercado que quedaba de camino y curioseó entre los corredores. Cerca de esa entrada, la más remota del conjunto de locales, estaban las carnicerías. Contrario a su costumbre, Israel trataba de fijar la mirada en algo que semejara ojos o boca, pero como suele ocurrir que las cosas que aparecen cuando no son deseadas huyen a las búsquedas escrupulosas, el niño tardó más de lo que creía en encontrar una cara, la cual fue a hallar en el delantal plástico de un repartidor de carne que platicaba con un locatario.
Bastó mirar esos “ojos” de sangre unos segundos para sentir que el mundo se volvía a asfixiar en sus oídos. La voz de esa cara creció como una alarma que se acercaba, se hacía más claro el grito largo, angustioso, lleno de pavor.
“¡La mató! ¡Ella quiso defenderse, pero él tenía un cuchillo! ¡Le dio en la espalda y no se moría! ¡Le dio y le dio y le dio y no se moría! ¡Ella no le hizo nada no le hizo nada no le hizo nada…!”
El delantal lloraba sangre e Israel también mientras repetía la acusación contra el repartidor que lo miraba con espanto.
—¡Él la mató! —gritó el niño y vendedores y amas de casa se volvieron a la escena—. ¡Él la mató, la mató!
Un espasmo caliente le recorrió el cuerpo y sintió que algo se le rompía en cada pierna, en cada brazo, en el estómago y la espalda; una maraña de calambres lo hizo caer ciego de dolor, con los dedos retorcidos y la mandíbula casi trabada, lo bastante floja para repetir “¡la mató, la mató!”
Algunos acudieron en ayuda del niño, otro más llamó a la policía, muchos formaron un cerco para evitar el escape del asesino.
Cuando el delantal dejó de llorar en sus oídos y el cuerpo se libraba de dolores, la realidad volvió a cobrar dimensión para Israel. Oía a las mujeres gritar indignadas, las llamadas telefónicas, los vendedores discutir.
—Cálmate, niño. ¿Cómo te sientes? —preguntó un hombre mayor a lado de él.
—Acuéstate, corazón —le dijo una señora con voz muy dulce, pero Israel no quería seguir ahí. Lo llenarían de preguntas, lo creerían loco, quizá lo subirían a la misma patrulla que al asesino. Con el cuerpo entumido por el dolor, se levantó con toda la prisa que pudo y huyó entre la gente que lo llamaba.
Israel estaba ya en su casa cuando llegó un policía y varios de los curiosos oían al repartidor declarar, con la voz ahogada, que no era un asesino, que esa mañana lo único que había matado era una puerca y no de buena manera, pues era el primer animal del que daba cuenta desde que había entrado a trabajar en el matadero.
Aunque para unos quedó en el susto y para otros en una broma negra, el repartidor, su amigo el locatario y aún el policía se preguntaban, ¿cómo se había enterado aquél niño?

Por la noche, tuvo lugar una escena aún más incómoda que la rutinaria riña matrimonial. Sentados frente al televisor, la familia formaba un silencioso triángulo donde la madre miraba alternativamente a su hijo y a su esposo, con el ansia de que el primero fuera a dormir para estallar contra el segundo; el padre mantenía la vista en el televisor sin mayor esfuerzo, no le apetecía ver a su mujer y de vez en cuando miraba a Israel, incómodo por la mirada que él le clavaba. El niño movía los ojos entre el suelo y su padre. No lograba ver cara alguna.
—Israel, ya es tarde, vete a dormir —dijo su madre al terminar un programa, no se preocupó en ocultar su molestia ni siquiera cuando el niño se revolvió en el sillón individual—. ¿Oíste?
—¿Qué pasó, Isra? ¿Todo bien? —el padre, que entendía la ventaja de tener al niño ahí, fingió un repentino interés por las miradas de su hijo.
Israel los miró con miedo, pero no podía distraerse. Su padre giró lo suficiente para mostrar la corbbata sobre el torso, como una nariz Moai; la bolsa izquierda en la camisa era el único ojo del tuerto y el pliegue del pantalón la boca alargada y saliente.
Las manos del niño se inundaron de sudor, los ojos se le dilataron y el corazón le latió con fuerza, algo muy similar a la euforia lo cubrió y el pantalón habló arrastrando las palabras, con esa alegría espantosa de los ebrios.
“¡Qué tarde, pero qué tarde! ¡Qué falda más corta! Y lo que traigo aquí, ¡incontrolable! ¡Un campeón! Lo envolvieron como nunca; vulgar, como debe ser, ¡puerco, puerco el cabello rojo! ¡Hasta el asiento del coche se rompió, de tan puerco! ¡Ah, la fuerza! ¡La presión!”
—¡Israel!
Su madre lo sacudió con fuerza; el niño había pasado el último minuto sonriendo a algún punto perdido frente a su padre, mientras unas breves convulsiones lo hacían babear entre quejidos muy bajos. Su aparente calma se interrumpió con la voz de la mujer y se volvió un nerviosismo tan alto que empezó a sudar a chorros; se inclinó hacia delante con el vientre ardiendo y escondió el pequeño bulto que había formado en el pantalón.
—¿Quién tiene el cabello rojo, papá? —soltó el niño aún con pequeños espasmos.
Para caer de la sospecha a la certeza basta un leve empujón. Dos segundos se miraron los padres de Israel antes de que la tensión aumentara a tal grado que el comportamiento del niño pasó a segundo plano.
—¿Perdón, Isra…?
—Es pintado.
La madre se levantó y encaró al marido.
—¿Es o no?
—Otra vez, ¿de qué hablas?
—¿Qué le pasó al asiento del coche? —preguntó Israel antes de salir corriendo, guiado por una necesidad desconocida, urgente y bella.
Llegó a su habitación y apenas se rascó la entrepierna, se derrumbó con unos curiosos estertores en las piernas; una fuerza liberadora corrió por su cuerpo, salió en otro quejido y le nubló la cabeza. Embriagado por esa náusea de placer, escuchó como en sueños que dos personas salían de la casa, que se abría la puerta de un coche y luego una serie de gritos lo acompañaron al desmayo.

El frío en las lozas del piso lo despertó. La ventana seguía oscura y el silencio había reemplazado cualquier señal de vida fuera de la habitación. Quietud de madrugada.
Israel se incorporó despacio y recobró la memoria que se escabulle los primeros segundos tras el sueño. Abrió la puerta con cuidado y se asomó al pasillo, ninguna luz, ni un movimiento, sólo un rumorcillo que escapaba por debajo de la puerta de sus padres, el sonido inconfundible de su madre sollozando.
Desde la ventana de la sala comprobó la ausencia del coche.

La culpa se le asentó como un sabor amargo y persistente. En algún momento creyó que le había hecho un favor a su madre, pero su carácter, agrio de por sí, tenía ya el patetismo de la melancolía. La madre se veía tan absorbida por su propia pena que cualquier sentimiento o situación concerniente a su hijo le era ajena, y ése era el menor de los males, pues un día la encontró el niño sentada con los ojos muy fijos en el televisor apagado; cuando le preguntó si estaba bien, la madre se levantó con furia sin siquiera mirarlo y fue a encerrarse a su cuarto mientras Israel la oía murmurar: “culpa”.
Esta frustración fue el combustible para la venganza escolar. Mientras unos no olvidaban que “Tontín” había vomitado el mismo día que le bajaron los pantalones, otros empezaban a mirarlo con recelo, principalmente Julio.
Israel aprovechaba cada vez que iba al baño para entrevistarse con el inodoro del fondo, aquel que sabía quién lloraba en los baños y por qué razón, quién se metía a tocarse mirando fotografías, quién se había hecho en los pantalones, incluso quién tenía poco dinero y debía llevar la misma ropa interior de lunes a viernes.
Las entrevistas terminaban siempre en un impulso corporal irreprimible y aleatorio: vómito, diarrea, ataques de risa, espasmos a manera de puñetazos contra la pared, convulsiones de placer o un llanto desconsolado; respuestas que mermaron el cuerpo del niño y lo volvieron más enclenque de lo que era y que le tintaron unas ojeras siniestras y una piel pálida y espectral.
Por supuesto que alguien buscó una explicación a que el niño supiera esa cantidad de secretos y lo acusaron de espiar en los baños.
Nada pudo hacer la supervisora de la escuela frente a ese niño de mirada perdida que le describió detalladamente el modo en que ella robaba dinero del bote guardado al fondo del tercer cajón en el archivero de la izquierda; aquel que contenía las ganancias de la comida vendida en el recreo. Después el niño pidió ir con urgencia al baño y la mujer tardó media hora en levantarse del escritorio, con las uñas astilladas de tan mordidas.

Era la primera vez que Israel estaba en control de sus alucinaciones desde que habían empezado, dos años atrás, cuando a raíz de las peleas de sus padres empezó a hablar solo en su habitación; anhelaba un amigo con quien platicar, una voz de respuesta que nació de una máscara colgada en la pared, ésa con cara de viejito que había usado para un bailable en vísperas de la muerte de su abuelo, el que le seguía todos los juegos.
Imaginaba a la máscara hablarle con la voz del viejo hasta el día en que perdió el control de la pelota con que jugaba y en un rebote descolgó la cara del clavo que la mantenía en la pared. Piezas de nariz y mejilla se repartieron por el piso y el viejito mutilado no volvió a hablar, pero las caras empezaron a aparecer.
Entendió Israel, a esos dos años de distancia, que ya entonces su máscara-abuelo le hablaba de sus padres y todo lo que pasaba en casa. Creía recordar, con vaguedad, algunas palabras acerca de su madre y un hombre que no era su padre cruzando varias puertas; el recuerdo le hizo doler el pecho y algo parecido a la diarrea le aconsejó no pensar más en aquello. No pudo evitar, sin embargo, dar vueltas alrededor de su cama y esperaba ver una cara de consuelo mientras preguntaba por el regreso de su padre.
Su madre prefería que deambulara a solas, donde su excentricidad no estorbara a las penas por las que ella pasaba. Pero una tarde que la mujer recibió en casa a una amiga, quedaron tan absortas en el cotilleo que no advirtieron al niño de pie cerca de ellas, con la boca entreabierta y un tenue hilillo de baba colgando de su labio.
Para cuando se dieron cuenta de su presencia, el niño ya había cambiado la vista de la bolsa de la visita a su dueña.
—Le falta dinero porque su hijo lo agarra. Compra unas cosas que son para adultos y las guarda en el fondo del ropero.
No agregó más y corrió a su cuarto, antes de que los espasmos de placer lo llenaran de sueño.
La madre de Israel pasó el resto de la visita entre disculpas exageradas, acusando el comportamiento de su hijo a una suerte de trastorno mental desencadenado por la reciente huída de su padre. Su amiga sostuvo esa sonrisa tan mal disimulada de las mujeres ofendidas, pero en el camino de regreso hizo un inventario del monedero, por sugestión se vio convencida de algo que ni siquiera sospechaba y al llegar a su casa fue directo al cuarto de su hijo, quien miró horrorizado el descubrimiento de su tesoro pornográfico.
Menos de una hora después de terminada la visita, la madre de Israel recibió la llamada de su amiga.
—Tu niño tenía razón.
Y entonces le levantó el castigo al pequeño vidente, a quien le había negado la comida.

Como suele ocurrir con todos los prodigios, la noticia corrió entre las mentes simples. A la semana siguiente, la amiga volvió acompañada de una mujer ansiosa sobre el futuro de su relación con un hombre viudo. Obligado por su madre, Israel miró a la mujer de pies a cabeza y halló en su collar la cara reveladora: “está casado”.
Las mujeres trataron de entender cómo es que lo sabía e Israel, que no podía expresar su frustración por la falta de fuerzas, masculló un amargo “el collar me lo dijo”, quería así que su madre reaccionara acerca de la maldición que cargaba en sus hombros, pero la atención recayó en el collar, que había sido un regalo del hombre en cuestión.
Pronto, las consultas se hicieron frecuentes, las mujeres discutían las revelaciones de Israel mientras éste vomitaba o corría o tenía accesos de fiebre. Su único consuelo era recibir más atención de la madre que le compraba juguetes y regalos con el dinero generado en las consultas; le daba de comer en abundancia pues se le notaba cada vez más desmejorado. El día a día eran las náuseas, los desmayos, el vómito, la risa o el llanto, la teatralidad con que la madre realzaba estos síntomas, la fascinación de las amas de casa, los alumnos aterrados, los maestros siempre pendientes de él.
Después de tanto tiempo su madre al fin le creía, pero no le daba la dimensión adecuada a su “don”.
—Haz un esfuerzo, no seas egoísta. Lo estás haciendo por el bien de los demás.
Pero Israel no veía el bien que la verdad podría hacer. Por la verdad es que su padre se había ido; la verdad impidió que lo molestaran en la escuela, pero lo aisló de todos, temerosos a su propia verdad; la verdad le causaba ascos, dolores de cabeza, falta de aire, debilidad; su madre no sabía lo que era lidiar con la verdad, pues había muchas cosas que no se podían decir, por pudor o extrañeza. Las caras describían detalles de hábitos, cuerpos, sonidos, movimientos. Hechos muy escabrosos de oír como para repetirlos. A consecuencia de esto, las verdades se le almacenaban en forma de malestares físicos. El niño se vio hecho un guiñapo de sí mismo.
Entendió —a mitad de una convulsión de escalofríos— que aquello de lo que quería deshacerse era para los demás un don terrible y no lo dejarían renunciar a él. Ahí estaba el resto de su vida y más le valía resignarse.

Un día ni siquiera se levantó; agostado por el panorama, no le apetecía enfrentar a los compañeros, o los maestros, o a su madre y la llamada telefónica que podría recibir para agendar una nueva consulta. Cuando no escuchó a su hijo alistarse para la escuela, la madre de Israel interrumpió su noticiero matutino para encontrarse con el retoño consumido entre las cobijas; los ojos hundidos, la boca partida de tan seca, el cabello ralo y delgado untado sobre la piel pegada a los huesos. No lo regañó. Le acarició la cabeza y fue a prepararle un desayuno abundante.
Después ayudó al niño a salir de la cama y asearse para comer juntos y platicaron de lo que ocurría en la televisión. Por primera vez en treinta días hablaban de algo distinto a las visiones, las visitas, incluso se evitó el tema del padre. Eran ellos y los sándwiches dorados en sartén, la leche con chocolate, el humor tibio del sol por la ventana.
—Vamos al doctor —le dijo la madre al final del desayuno y ningún postre hubiera sido más dulce que esa noticia. Podría, al fin, declarar su problema a una opinión profesional, harían reaccionar a su madre. Tratarían de curarlo.
El cuerpo recompuesto por un ánimo alegre, el niño se alistó solo y en menos de una hora salían en búsqueda de algún consultorio particular.
En el camino, Israel gozó el placer de quien falta a una responsabilidad y miró la mañana con ojos que había olvidado suyos: los de niño. E hizo planes para después de la consulta, algún juego, más televisión quizá. Platicar con su madre. Despreocupada, fresca de problemas, alegre se veía más joven; Israel se vio esa misma tarde jugando fútbol con ella o ayudándola a cocinar, imaginó que paseaban en el supermercado y lo dejaba llevar el carrito; que ella se reía y le contaba de cuando era niña, que hacían figuras de plastilina. Imaginó a su mamá como esas mamás de la televisión.
Televisión. Su madre le tenía una noticia: había llamado a una revista matutina, uno de esos programas de concursos sencillos y noticias irrelevantes hechos para entretener el exceso de simpleza. Estaban muy interesados en el caso de Israel y programarían una entrevista. La madre irradiaba alegría por una promesa de fama mientras todo volvía a sumirse para Israel. La escala de visiones aumentarían junto al acoso y el cansancio. Cientos llegarían ansiosos de verdades incapaces de entender, verdades imposibles de soportar.
Llegaron al consultorio en la avenida y la madre dejó a Israel con la desolación crecida en la boca del estómago para tomar un número y esperar el registro. El niño se dejó caer en una butaca, otra vez las piernas sueltas, otra vez los brazos desganados. Quedó de frente a los autos y miró el semáforo más próximo.
Un auto y un microbús llegaban derrapando al color rojo e hicieron rugir los motores.
Carente de fuerzas para resistirse o voltear, las caras furiosas del frente de los autos lo atraparon, los faros contraídos de ira, las facias amplias y groseras.
“¡No ganas, cabrón, no ganas! ¡A mí nadie me pasa, nadie nos hace menos! ¡Te partimos la madre! No vas a ser el primero que nos lo llevamos de una calle a otra, por acá abajo. ¡Gah! ¡Gah! ¡Búscanos! ¡Búscanos y te arrastramos! Te arrastramos y no la cuentas, ¡gah!, dos ya no se han parado, ¿quieres ver? ¿Quieres ver? ¿Quieres ver?”
Israel se sintió infectado por la rabia del microbús y en el trance no se notó salir de la pequeña accesoria donde estaba el médico particular, ni cómo se acercaba a la avenida.
Aunque la madre lo llamó primero por inercia, reconoció al tercer llamado la cara de su hijo poseída por las visiones. Miró que el niño no se detenía y el semáforo iba a cambiar. Un auto y un microbús rugían con promesa de arrancón.
Israel sintió, en algún punto del inconsciente, la dicha de ponerle fin a las torturas y las preocupaciones y las molestias y todo. Se entregó al sonambulismo despierto. Sus pies entraban ya a la línea amarilla que indicaba el fin de la banqueta cuando alguien lo sacudió por el hombro, en carrera frenética la madre había interrumpido la visión e Israel, con el acostumbrado malestar, fue presa de un ataque de ira. Los brazos se le acalambraron y soltó la tensión en un golpe a su madre. La mujer, mal apoyada por la prisa, no pudo evitar ceder su peso hacia la avenida en el momento que el microbús y el auto se liberaron del freno.
Hubo gritos y pitazos, gente escandalizada.
Israel, presa de la conmoción, no sentía el chorro caliente que le había salpicado la cara. Los transeúntes hicieron círculo, el chofer se golpeó la cabeza contra el costado del microbús, los policías aullaron con sus sirenas.
Nada más desolador que ese niño solitario que miraba el accidente como un idiota obstinado.

Y aún, entre aquella masa reblandecida de sangre que mantenía cierta forma de mujer, le pareció ver una cara que reía o lloraba o nunca supo de qué eran sus gemidos apagados.

Mario Conde
-Mayo 2014


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